Soy el Ulises de la Ilíada
“Gracias por el favor, buen hombre”. “No hay de qué”. El joven pulsó la cuerda, que dio a oír una nota regular en el espacio hambriento de la llanura. “Has aprendido el método para tensar el arco”. Sus manos se estrecharon en señal de despedida. “¿Puedo conocer su nombre?”. “Soy el Ulises de la Odisea. Deséame suerte”.
Pocos metros más adelante Odiseo encontró a una muchacha cubierta con caperuza roja. Era decididamente Atenea disfrazada de pastora, portando una cesta con ácidos y cocaína. «Harás un largo viaje más allá de las cobardías de los hombres. Aprende de este relato, porque es la enseñanza que ofrece la literatura». Puestos de acuerdo, recalaron juntos en las discotecas de la costa al volante de un coche robado. En una redada Atenea fue detenida y acusada de tráfico de estupefacientes, a lo cual Odiseo logró por ventura escapar. Tras esto se dio al alcohol, al juego y a las mujeres, tres placeres que terminan siempre por producir resaca, y entre excitaciones y dolores de cabeza consiguió olvidar a su antigua diosa y derrochó todo el dinero que le quedaba. Una mañana despertó tumbado en la acera, entre gente que salía para el trabajo, arreboladas las calles por la luz enharinada del alba. A aquella vez siguieron otras, y sus días se convirtieron en un deambular cansino a la deriva entre los edificios, mendigando dinero para pan y cigarrillos. Conoció en los suburbios a seis o siete desarrapados más que vivían de pasar costo, ocupación que no pareció demasiado indigna a Odiseo. “Escúchame, no somos nadie”, le había dicho uno de ellos, “ésa es la única verdad que debe meterse en tu cabeza”. Transcurrieron varios meses comerciando bajo el refugio de las sombras y durmiendo a la luz del día.
Hay dos cosas que nunca concede el tiempo: regreso y quietud. Una noche anubarrada Odiseo y sus compañeros, en una reyerta que hacía tiempo se fraguaba, se enredaron a cuchilladas con una mafia rival. El que no quedó muerto sobre charcos de sangre fue herido de gravedad, y el Ulises de la Odisea despertó de este manera en el hospital clínico. De esto hacen semanas, y hasta el pasado domingo permaneció en cama atendido por dos agraciadas asistentes técnico-sanitarias. Entonces fue cuando el joven arquero al que el rey había ayudado lo encontró allí convaleciente. Lo sacó e invitó a una performance en la que cuatro amigos cremarían una vaca de Hiperión. Ulises, el Ulises de la Odisea, no armonizaba con el sentido estético de los jóvenes, y los abandonó antes del acto para huir a lo largo de las callejas estrechas de la ciudad hasta perderse por ellas. Se vio en cierto momento de pie sobre las escaleras de un edificio de mármol verde y le acometió la tentación del suicidio, inevitable culminación de su prolongada decadencia. Pero, a punto de volar hasta el asfalto, quedó sorprendido al entrever a un hombre de igual aspecto que el suyo, reflejo sedentario de su existencia de héroe de cuento o novela.
“¿Cuál es tu nombre?”, le preguntó. “Soy el Ulises de la Ilíada”. En la mano esgrimía un palustre con el que trabajaba una pared. “Pues éste que ante ti tienes es el Ulises de la Odisea. He recorrido el mediterráneo buscando un lugar llamado Ítaca. ¿Sabes por fortuna dónde se encuentra?”. “No”, respondió el otro, “pero la patria nunca está allá donde se pregunta por ella”. El Ulises de la Odisea quedó decepcionado con su gemelo y bajó las escaleras para marcharse del lugar en busca del fin del relato. El otro quedó reflexionando sobre el encuentro, y decidió tras mucho cavilar bautizar con aquél extraño nombre, Ítaca, a su casa recién acabada.