Satán
La visión que el cristianismo tiene de Satán, antagónico de Dios origen de los males y el pecado, no existe en los libros más antiguos del Antiguo Testamento. En él aparecen servidores espirituales de Yahvé a los que éste encomienda tareas desagradables. Tal es el caso del ángel exterminador enviado por Dios sobre Jerusalén en Samuel 24, 15-16; el bene’elohim (hijo de Dios) que acosa con calamidades a Job; o de Azazel, a quien Yahvé pide incluso que se le ofrezcan sacrificios (Lev 16,8). Hasta la época sacerdotal no empieza a formarse un espíritu que actúe por iniciativa propia. El relato del censo del rey David, presentado en el Segundo Libro de Samuel 24, 1 y en el Primer Libro de Crónicas (de la segunda mitad del siglo IV), muestra esta evolución, en la que se pasa a responsabilizar de la incitación de una transgresión de Yahvé a Satán. Un personaje único que encarne el mal no llega al judaísmo sino tardíamente a través de movimientos sectarios derivados del dualismo mazdeísta persa. Se hacen entonces relecturas del Antiguo Testamento que relacionan a la serpiente del Génesis, originalmente (Gen 3,1 y 3, 14) uno más entre los animales, con Leviatán, el dragón al que se enfrentará el Señor con su espada de acero en Isaías 27, 1 (dentro de la parte llamada “Apocalipsis de Isaías”, insertada muy posteriormente al profeta). Esta identificación se observa en textos de los siglos II y I a.C. Así, el relato según el cual Satán es un ángel movido a la traición a su Dios por los celos al hombre y que habla por boca de la serpiente lo encontramos por vez primera en los Libros de Adán, precursores de los movimientos gnósticos.