Rasputín

La noche del 28 al 29 de diciembre de 1916 fue la elegida por el príncipe Yusupov y un grupo de hombres para asesinar a Grigori Yefímovich, más conocido como Rasputin. Celebraron una fiesta en casa del primero, y pasado un rato, lo bajaron al sótano, donde habían preparado bebida envenenada y dulces espolvoreados con cianuro. Rasputín, que había escrito una carta al zar confesándole sus presentimientos de que iba a ser asesinado antes de terminar el año, se hizo al principio de rogar, pero finalmente no pudo resistir la tentación y devoró una cantidad de dulces y vino que hubieran matado a varias personas. Como fuera que no demostraba que el veneno le afectase, Felix Yusupov decidió, como cuenta en su autobiografía “Esplendor perdido”, cortar por lo sano:

“Gregorio Yefimovich,” dije, “sería mejor que mirase al crucifijo y rezara una oración.” Rasputin me arrojó una mirada sorprendida, casi asustada. Leí en ello una expresión que no le había conocido: era a un tiempo apacible y sumisa. Él vino muy cerca de mí y me miró directamente a la cara.Comprendí que la hora había llegado. “Oh, Señor,” recé, “dame fuerzas para rematarlo.” Rasputin se quedó ante mí inmóvil, su cabeza inclinada y sus ojos sobre el crucifijo. Lentamente levanté el crucifijo. Lentamente levanté el revólver. ¿Dónde debía apuntar, a la sien o al corazón? Un estremecimiento me recorrió; mi brazo se puso rígido, apunté a su corazón y apreté el gatillo. Rasputin dio un grito salvaje y se arqueó sobre la piel de oso. Por un momento quedé horrorizado al descubrir cuan fácil era matar a un hombre. Un movimiento rápido de un dedo y lo que había sido una vida, un hombre que respiraba sólo un segundo antes, ahora reposaba en el suelo como un muñeco roto.

Al oír el tiro mis amigos se precipitaron dentro. Rasputin se sentó sobre su trasero. Sus facciones se estiraban en espasmos nerviosos; sus manos apretadas, sus ojos cerrados. Un mancha de sangre se extendía sobre su blusa de seda. Unos minutos más tarde todo el movimiento cesó. Nos inclinamos sobre su cuerpo para examinarlo. El doctor declaró que la bala lo había golpeado en la región del corazón. No había ninguna posibilidad de duda: Rasputin estaba muerto. Apagamos la luz y fuimos hasta mi habitación, después de cerrar la puerta de sótano.

Nuestros corazones estaban llenos de esperanza, ya que estábamos convencidos que lo que acababa de ocurrir salvaría Rusia y la dinastía de la ruina y la deshonra. Mientras hablábamos me asaltó de repente una duda vaga; un impulso irresistible me obligó a bajar al sótano.Rasputin yacía exactamente donde nosotros lo habíamos dejado. Tomé su pulso: ni un latido, estaba muerto. De repente, vi el ojo izquierdo abrirse. Unos segundos más tarde su párpado derecho comenzó a temblar, luego se abrió. Vi entonces ambos ojos -los ojos verdes de una víbora- mirándome fijamente con una expresión de odio diabólico. La sangre corrió fría por mis venas. Mis músculos se volvieron de piedra.

Entonces pasó una cosa terrible: con un violento y repentino esfuerzo Rasputin saltó sobre sus pies, espumeando por la boca. Un rugido salvaje hizo eco por las habitaciones y sus manos golpearon convulsivamente el aire. Se precipitó hacia mí, intentando hacerse con mi garganta, y hundió sus dedos en mi hombro como garras de acero. Sus ojos explotaban fuera de sus cuencas. Con un esfuerzo sobrehumano conseguí librarme de su asimiento.

“¡Rápido, rápido, bajen!”, grité. “Está todavía vivo.” Él avanzaba lentamente a gatas, arañando y rugiendo como un animal herido. Dio un salto desesperado y logró alcanzar la puerta secreta que le condujo al patio. Sabiendo que la puerta estaba cerrada, esperé en el descansillo aferrando mi porra de goma. Con horror vi que la puerta se abría y Rasputin desaparecía. Purishkevich saltó detrás de él. Dos tiros hicieron eco en la noche. Oí un tercer tiro, luego un cuarto. Y vi a Rasputin tambalearme y caer al lado de un montón de nieve.

Después ataron el cuerpo, hicieron un agujero en el hielo que cubría el río Neva, y lo echaron dentro. Por si acaso.

Google
Imprimir Enviar Inicio PDF

Deja una respuesta