Pueblo-valle

Sobre las nubes del valle el mediodía ha parecido siempre una tabla de mármoles grises colgando del vacío cuya luz va adquiriendo formas y gamas irisadas por la gravedad hasta pintar a ras de suelo las gentes y los objetos. En Pueblo-valle no saben nada de ello porque nadie ha cruzado las nubes, ni sabido cruzarlas, a contemplar el frío insulto con que desprecian el mundo sus cielos abiertos. Pero no es cuestión que preocupe a sus habitantes: como dice el más viejo de ellos, que vive en las márgenes, a la izquierda del camino, “las musas no saben de ética; así los hombres no han de entender artes”. Cree que el azul allende las nubes es triste como el sonido tiznoso de las ruecas, como las lavazas que escupen los cubos de fregar a la calle. También que ningún pájaro se atreve a volar tan alto, por temor a no encontrar la vuelta y que sólo rayos alicaídos y sedosos de luz conocen la geografía de las alturas. El viejo no chochea, escucha al aire que desciende de allí: su casa, en la parte superior del valle, es la amante del viento, que la acaricia al nacer la noche, si es clara, y se adormila junto a ella en los mediodías de bochorno. Y cuando se acerca una tormenta se recoge con giros de cuenco y se dispersa a todo alrededor, como hacen los perros antes de tumbarse a dormir.

El anciano hace mucho que olvidó su edad, y nadie mayor que él ha sobrevivido para recordársela. Entretiene los días cultivando una tierra mísera de la que no saca provecho y voceando a los desarrapados que salen del camino a pisarle los tomates. Este año le han brotado mustios. La color la guardan por dentro y el tacto barroso acumula como los diarios lamentaciones de su dueño. Han debido de ser los ocasos los que les han robando el rojo a las hortalizas, pues de un tiempo a esta parte hacen del pueblo un regazo de ascuas visto desde la casa alta. Él los aguarda con la inquietud de una novia cada tarde sentado en la banqueta del porche, masticando con el deseo el pasar del tiempo. Y cuando pierde su virginidad el horizonte es como si un quehacer se hubiese al fin resuelto o una deuda se hubiese zanjado. El sol con un fogonazo se libera de los colores que descargaba sobre la tierra, y los ojos retornan al descanso apesadumbrado de los tonos con que se cocinan los sueños. Entonces el viejo se levanta y entra en casa. Nadie le aguarda. Antes de rendirse a la batalla que a diario mantiene con la vigilia, el viejo ordena una colección de medallas astrosas mil veces permutada sobre la pared, que de tanto roce ha terminado por oxidarse como el metal y precisa un encalado. Se tumba, entrelaza los dedos sobre su pecho con la rigidez de un par de tenedores, y espera horas a ser vencido por el único enemigo al que su edad aún resiste. Antes del alba el sueño le ha abandonado otra vez, y habrá salido al frío acuoso de la madrugada para programar un día sin ocupaciones.

Los recuerdos del viejo están todos engalanados de soledad, y se queja, con razón, de que apenas recibe visitas: “cuando el tiempo acompaña”, comenta, “también los amigos; pero acabarse lo hacen ambos a una sola vez”. Pueblo-valle es así de arisco para los de dentro. Últimamente liman su soledad las llegadas imprevistas del niño del norte, que introduce sus silencios en la casa. Como un ánima bendita que acudiese a saldar una cita pendiente pasa y se desliza atrás en la poltrona del salón para acompañarle con un canto sin sonido. “No hablas”, le había dicho el viejo, consciente de que escondía su voz. Luego pensó que obraba bien si no había qué decir. Ni él le daba conversación. Y el niño observaba mientras con sus ojos violáceos, dos inmensos ojos mosaico de malvas y berenjenas del huerto, tan palpitantes en su cara gris que parecían guindas venenosas esperando a alguien que se acercara a masticarlas y sorber su ponzoña. Llegó el muchacho a la región, aunque nadie lo recordara, hace tiempo, acompañado de siete bueyes, insuflando su aliento de frío al lugar como si su tierra natal colgase más allá de las nubes, entre los hielos de vetas negras y lajas descascarilladas que penden desconocidos sobre Pueblo-valle. Y en él se había detenido a la espera de lo que para un vagabundo es el sentimiento de urgencia, un enjambre de insectos entre el estómago y la ingle que se enfurecen con el brillar del véspero cada día. Los vecinos se habían encariñado con el zagal de pelos mantecosos y andares lacios que aparecía de improvisto en sus casas con prisa de resolver asuntos inexistentes y no querían conocer la fecha de su partida, por que no se tornara triste. De modo que procuraban no preguntarle nada. De hecho él tampoco les habría dado respuesta. Nunca había hablado.”Los dioses no tienen infancia”, decía al vacío el viejo encendiendo su pipa de madera tostada y agria, con los ojos entornados por el sol mohíno de la tarde, “este chico no ha de entender de voces”. Y daba una calada honda como las zanjas que horas antes cavaba en su labor. El anciano se expresaba siempre componiendo aforismos inconexos. Aquél era el resultado de una veteranía bruñida en el forzamiento del ingenio, y le permitía extraer del mundo una sabiduría no evidente. Sus labios en un instante temblaban aprestados a una nueva frase, y un tropel de elefantes trastabillados le llegaba de la cabeza en forma de palabras: “Las verdades son cauces horadados… que han…”, pero podían igual desasistirle las centellas de la lucidez, y los elefantes se hacían gusarapo enrollado sobre su cuerpo mojado. Notó que la tarde le traía esta vez una sensación nueva, de malestar y extrañeza hacia lo que le rodeaba, como si los objetos le hubiesen perdido un respeto que antes tenían. Escudriñó cuanto le rodeaba, en busca de alguna señal. Sentía las vértebras encorvadas por la edad. Todo estaba dispuesto como hacía un instante. Un ramalazo de viento hizo tintinear los cascabeles que colgaban junto a la puerta. Y el atardecer, a la vista menos rojizo, asfixiadas en carbón sus brasas, se desplomó con gran pesadez de sombras y apresurada vergüenza detrás de los riscos del monte. El muchacho de la mirada malva conocía esa advertencia de la naturaleza, pero no habría encontrado palabras para expresarse.

Al mediodía siguiente, cuando el anciano había olvidado ya su escalofrío de extrañamiento y horas hacía que paseaba incordiando a los tomates pochos, el señor Schwach sintió también la repulsa de los objetos. Su casa, de tan descuidada ruinosa, se encontraba hacia la mitad del pueblo, y en ella vivía con su hija huérfana. Desde que Schwach quedase paralítico se veía obligado a entretener el tiempo memorizando las cosas que le rodeaban hasta sus detalles más pequeños. Y así la mañana se le agotó ensuciando con vaho calentorro el cristal de la ventana y recordándose con desgana quiénes habían bajado o subido la calle, las expresiones de sus rostros y la indumentaria que vestían. “¡Niña!”, gritó con un ronquido rebelde en la garganta. El aire líquido engullía como un colchón demasiado mullido la llamada. Schwach esperó paciente a que su hija, al otro lado de la desordenada casa, dejase en el suelo la muñeca despatarrada con los demás juguetes y acudiese a él. Su familia escueta tenía invertida la jerarquía: él dependía por completo de los cuidados de la muchacha y, consciente de ello, no quería sentir sino miseria por sí mismo. Subsistían con una pensión pobre y con el pico que aún daban los dos libros que el señor Schwach publicó antes del accidente. Y gracias a la ayuda de una vecina que dos veces al día cruzaba el dintel de la cochambrosa vivienda para criticar y no mover. Fuera el sol hacía tremolar las imágenes sobre el asfalto como pretendiendo juguetear con los testigos. La vibración cesaba y recomenzaba sin dar tiempo a perseguirla con los ojos.”¡Hija!”, chilló Schwach impaciente. Asomó la niña de cabellos rubios con el rebote de un payaso al comienzo de su espectáculo. “Tardabas mucho. ¿Me llevas a las fotos?”, y la muchacha con pasitos cortos se agazapó tras la silla de ruedas y la empujó lentamente por el salón. Giró con destreza en la esquina de la mesa y enfiló la recta última con la inclinación oblicua precisa para afrontar los portarretratos mal dispuestos en los estantes del armario. Después se oyeron sus pasos alejarse en compañía del eco y escampó la quietud bajo el techo descascarillado. Otra vez se iniciaba el padecimiento del encierro por la materia del señor Schwach. Las paredes inflaban ahora los carrillos de sus caras cianóticas y soplaban una nota continua de flautín. Schwach odiaba ese silbo persistente que le taladraba el cerebro, ese pitido que culebrea entre el silencio hasta llenar la habitación y apropiarse de todo lo que ella contiene. Pronto se haría tan potente que no soportaría no poder atacarlo con otro sonido, o taparse los oídos con las manos, así que se apresuró a fijar su atención en las fotografías para que no creciese en su cabeza corroyéndola. Se zambulló en el universo bien conocido de las imágenes, donde a su antojo visitaba otra vez lugares inexistentes y hablaba con los muertos. Las figuras estáticas no envidiaban a la calle: sabían representar su farsa, y Schwach, testigo de ojos cerrados, eludía con ellas el dinamismo monótono que le ofrecían las cosas. Buceaba alrededor de las formas retratadas y detrás de éstas, se acercaba adonde no se atrevió entonces para escrutar finamente los detalles del pasado y memorizarlos hasta poderlo reconstruir en la imaginación por entero.

La señora Schwach parecía una ensalada demasiado aliñada recién salida del mar. A sus pies, y subiendo por la pantorrilla, la manchaba un emplasto de arena de la playa, y el bañador se le ahogaba pegado a la piel con un escupitajo nutrido de agua y sal. Los cabellos se le metían en los labios y ella intentaba retirarlos con sus manos hermosas mientras sonreía a la cámara. Tras el fotógrafo estaba aparcado el automóvil. Schwach bajaba asiduamente a la playa. Hoy está buena el agua. El sol riela traviesamente en el hombro de ella, velando su contorno. Se difunde el blanco a lo largo del brazo como un descuido de pincel hasta el codo quebrado y, ascendiendo de nuevo, a la mano. Los dedos se pegan en sus extremos táctiles al pelo aplastado, y en el anular se aprieta un anillo dorado contra las carnes. Su circunferencia la bordea una trama de líneas cruzadas ennegrecidas ligeramente en su parte más profunda. Los surcos lo rodean de manera ininterrumpida, sumergiéndose y emergiendo en el interior abierto de la mano. Tras ella los labios salados de la señora Schwach se abrieron para proponerle entrar a recrearse sobre las olas. Rio después. Estaban los dos solos, aunque podía imaginar a la niña oculta en algún rincón de la playa. Estaría enterrando en la arena una muñeca recién comprada para después ahogarla. Su mujer aún le aguardaba. Alzó la vista para recordar su mirada y, sin mediar aviso, algo que le producía aversión comenzó a deformar su rostro. Temeroso sondeó el iris derecho y allí, en el azul, encontró la causa: un pozo de bandas blancas y negras estaba horadando su ojo. En la fotografía y en la memoria de Schwach. Engrosaba alimentándose del círculo, que se iba arrugando poco a poco por la tirantez, hasta dejar a la mujer tuerta, como si pupila, iris, fóvea, párpados y ceja fuesen licuando y la cara rezumase un asqueroso caldo. Con horror gritó. La deformidad se expandía, lenta aunque contumaz. Penetraba en la carne, adentro, y la sangre se iba revolviendo con el rostro, y éste con nervios, músculos y humores blancos. Siguió gritando esperando a que su hija llegase. Una prolongación de la anomalía había saltado a la comisura del labio, y ahora la figura deforme que lo contemplaba agudizó su sonrisa con una mueca sarcástica. Poco a poco las áreas afectadas iban perdiendo su color, resultando un plasma de reflejos vidriosos, sin relieve ni forma. Al fin la muchacha alcanzó la silla e instintivamente la retiró de las fotografías. En su empeño chocó con la mesa e hizo volcar un jarrón vacío que la decoraba. Éste rodó hasta el borde, calló, se quebró y quedó añicos. Schwach seguía chillando horrorizado. Ya no veía el retrato, pero la mancha seguía propagándose por la figura en su memoria.

Cuando el día agonizaba sangrando por la herida del oeste, ningún habitante de Pueblo-valle desconocía ya los actos de rebeldía del entorno, a tal punto continuaron instigando la pequeña población. El alcalde los convocó en la Plaza Mayor. Acudieron todos, salvo Pastor, con gestos de preocupación o incredulidad jocosa que figuraban formas grotescas bajo la luz enfermiza de las antorchas. Un viento tenue azotaba a la par llamas y sombras y coqueteaba con pléyades de chispas que escapaban entre estallidos y quiebros de fuegos de artificio. Se fueron arrastrando serenas las siluetas lúgubres. Igual que penitentes reunidos entre sonidos de cuchicheos y crepitares en el centro de la plaza dispuestos a celebrar una ceremonia de aquelarre. El alcalde, una vez menguó el murmullo, expuso a los aldeanos sus dudas acerca del origen de los fenómenos, y tuvieron ocasión de discutirlas bajo el cielo oscuro. Nada se decidió esa noche primera. Retornaron a sus casas con las articulaciones entumecidas por el viento que llaman bóreas y aguardaron la siguiente mañana.

El amanecer se arrebozó con una sábana de calima que tomaba por cauce calles y esquinas por meandros. Infundía una luz de alabastrina sobre objetos y personas como que quisiera lavar el pecado de la noche. Y cuando para vencerla la vecina de Schwach empujó la hoja del tragaluz, notó desprevenida la percusión que en sus tímpanos el cambio de presión produjo y a continuación un aposentarse en suelo y paredes de esta claridad corrosiva, y su ebullir en el habitáculo. Bajó de la silla medio descoyuntada. Un arcón de madera cuarteada la observaba receloso en guardia de lo que contuvieran sus entrañas. La mujer lo abrió e inició la tarea ímproba de ordenar guiñapos y cachivaches. Parecían recogidas en él todas las piezas de tela sueltas, faldas deshilachadas, sombreros anticuados, libros enmohecidos, cartillas de colegio, mapamundis, piezas metálicas oxidadas, probablemente imposibles de encajar ya en ningún artefacto, bolitas de papel de periódico color manzanilla que contuvieron alcanfor, madejas, alambres, pañuelos y hojalatas que alguna vez reunió el pueblo. Una vez terminó decidió acometer el adecentamiento de un camastro sofocado por cobertores desvaídos y raspados, un armario vacío que olía a secaral y cuatro aperos y latas de pintura. Mientras, la bruma pinchaba con puntos de sudor los barnices de la habitación húmeda. Y tras mucho arreglar, desordenar, recorrer el cuarto cargada de cacharros para arrinconarlos en una esquina diferente, tapar y descubrir legados que el tiempo perdió en su huida, la mujer se fue convenciendo gradualmente de que no era sólo vapor el desteñirse de los objetos antiguos. Las tapas crepitantes del arcón yacían tísicas, sorbido el jugo de la madera hasta quedar una costra de pellejo blanquecino en la superficie, y un polvo de arroz había maquillado la faz de los muebles, tintándolos de un color famélico y desvaído. La vecina de Schwach escrutó con temblor sus brazos y piernas hasta convencerse de que no resultaba afectada sino la madera por aquella enfermedad del aire. Las patas de la cama semejaban la carne de los cangrejos. Continuar poniendo en orden la habitación, fuese por reverencia o desconfianza, le pareció despropósito si los tejidos disecados de ésta pretendían seguir palideciendo entretanto. También limpiar, guisar o conducirse en lo cotidiano mientras algo que en absoluto lo era invadía su casa, así que caminó hacia la cocina pensativa y preparó un café. Y meditaba si la apatía del arco-iris merecía abandonar la rutina o tal no era necesario cuando accidentalmente la vista se le escapó a la ventana y se asombró de ver los rosales y los almendros albinos y macilentos, temblando las hojas como palomas blancas o mariposas ahogadas en un semen de niebla que todo lo emborronaba.

La hija del señor Schwach se preocupaba igual por sus muñecas pinchadas con alfileres. Su plástico comenzó a licuar con el espesarse del aire y éste había deformado sus facciones hasta retorcerlas como muecas de tarados. Componían un campo de batalla en el suelo de la habitación donde los soldados muertos entraban en una descomposición muy acelerada. Uniformes ya rasgados y cabezas cercenadas habían fundido pringando el suelo con un emplasto viscoso del que las huellas de la niña extraían hilachas al correr sobre él. Ella hundía sus dedos en sus cuerpos. Una miel rosa los embadurnaba. Escapó por la puerta trasera al jardín, que había sido tomado por la atmósfera ceniza. Los gorriones clamaban excitados con un revolar agitado. Un humo espeso que cegaba la visión se desplazaba desidiosamente sobre ella. Avanzó en la claridad lechosa. Las manos niñas tanteaban temblequeando sus entrañas. A lo lejos sonaba un mugir de vacas que parecía repetirse cíclicamente. Le dolían los codos y las rodillas por el frío, pero persistió en su caminar. Columbraba una banda alargada oscura. Era el seto. Llegó hasta su pared mojada. “¿Quién se mueve ahí?”, aulló con timbre atiplado la vecina. La muchacha marchó arrastrando su hombro contra las hojas en dirección a la portezuela que separaba los jardines. Los lamentos lejanos de las vacas seguían enturbiando el silencio acompañados por el piar hiriente de los pájaros. Tenía la falda empapada y salpicada de plástico. “¿Quién anda ahí detrás? ¡Que le oigo!”, y la niña aceleró su paso trastabillado. El seto próximo a la puerta resultaba más alicaído. Las hojas habían llorado su clorofila y adquirido un tono sucio por las nerviaciones, similar a la tez rosada de las muñecas. Alcanzó la portezuela y la empujó. Y persistió en su avance azorado. No perdía de vista las plantas, que a este lado eran más claras que sábanas. Como la palidez que había consumido las fotografías ayer. Su patética réplica, la vecina, estaba ante ella paralizada. Sostenía una lata de pintura roja de las relegadas al olvido en el cuarto trasero. Y en la mano derecha una brocha, que le servía para embadurnar, con muy poca habilidad, las rosas del jardín.

“El invierno ha sitiado Pueblo-valle”, explicó el viejo esa noche a las antorchas asfixiadas en las trazas ya más disminuidas de niebla, “hay que dar fuelle a los rescoldos de sus habitantes”. Esta vez el mudo Pastor asistía acodado en la columna de un soportal lóbrego que se oponía al ayuntamiento, contemplando desangeladamente un cuadro que se le repetía antes de cada despedida. El viejo cedió su turno de palabra tras proponer la formación de un ejército que combatiera el mal. Y recordaba al decir esto las monedas emplastadas de orín en que habían degenerado sus medallas, ahora manchas sanguinolentas en el raso de la pared. La concurrencia, abocada a ello por la descomposición y el óbito de los habitantes inertes de la aldea, aclamó la propuesta, e inmediatamente comenzó el acopio de ideas. Se pertrecharían de pigmentos, yeso, vigas y puntales, brochas, martillos, tachuelas y escarpias. Se transformarían edificios para convertirlos en refugios, se levantarían barricadas. Cada puerta o ventana se taponaría con cera para hacerla estanca. Se desempolvarían espadas y adargas, se colmarían graneros. Los aljibes deberían rebosar, los animales protegerse; todo lo valioso, joyas, lienzos, libros, ponerse a recaudo. Nadie quiso esperar al día siguiente. Habría sido una oportunidad para el enemigo. Bajo las luces de sodio de las teas se organizó la resistencia al mal.

Durante las doce horas siguientes nada pasó. En unas pocas viviendas se hacinaron ancianos, mujeres, niños, animales y pertenencias, todo antes de hacerlas herméticas con parafina cuajada entre los resquicios de las aberturas. Quedaron fuera los hombres, aprovisionados de armas cuya función no parecía claramente inteligible para ellos. La noche había despejado el ambiente y sofocado las ralas hebras de neblina que se resistían a abandonar su custodia, y la alborada nacía hoy pulcra y luminosa, manchada de un rubor que muchos objetos habían perdido irremisiblemente. Un silencio tirante de sótano y capilla, suspendido de los cielos, los vigilaba como una comadre apostada tras los visillos de su ventana. Nada se movía, la aurora había estampado desde la lontananza el instante primero que oteó y no lo dejaba emanciparse de su regazo. El sol se encaramó lentamente sobre el horizonte prendiendo la hierba de cristales aquilatados. Rondaba un olor a humus y clara de huevo, a jabón de sosa y cardos empapados. La mañana medró y se burlaba jactanciosa de la noche encalando los pavimentos y fachadas brillantes como colada recién preparada. Las sombras se recogían con vergüenza a los pies de sus casas. Todo palidecía por una luz intensa que doblaba los recodos para cubrir con un palio de plata cualquier oquedad. Y presidía el bautismo de las calles un silencio ubicuo, compuesto de estantes de biblioteca, celosía de confesionario y sillones de hospital en el que prontamente, a falta de susurros y siseos, comenzó a entonarse el fraseo de la nota continua del flautín de las habitaciones nuevas. El silbo provino de la lejanía, apenas audible en el inicio de su visita, y se distribuyó suavemente a través de toda la materia mientras buscaba una frecuencia que resonara por completo en el espacio amplio del valle. Y de repente engrosó ominosamente hasta derramarse por encima de las estribaciones que lo recogían, y su potencia se hizo intolerable a los tímpanos de hombres y bestias, estuviesen a descubierto o a resguardo. El pitido era agudo como el piar de un vencejo que, mantenido indefinidamente, brotase de todos los lugares. Llenaba los espacios desde las alcantarillas a las buhardillas de los caserones, desde los callejones a los trigales. El señor Schwach, recluido con mujeres y niños en una construcción de madera, reconoció de inmediato la llamada áspera a la enajenación que cantan las estancias vacías, pero no disponía ahora de fotos ni memorias con las que aplacar el rechinar estridente de los tubos afilados en su mente. Rogó que le tapasen los oídos, pero todas las manos auxiliaban a sus propios dueños. El viejo, que había quedado fuera merced a su insistencia, decidió escuchar por voluntad propia la melodía de las sirenas, pero no le resultó agradable ni incitaba a seguirla. Sólo una cuerda del violín, monótona y de textura sólida como el pedernal, prolongada hasta la extenuación de la atmósfera, ocupaba la cuenca de Pueblo-valle y crispaba las cortezas de los alcornocales. El anciano se rindió, aunque las palmas de las manos no resultasen muralla eficiente contra el sonido. Duró poco tiempo. En breve otro silencio difícil de distinguir del pitido que lo precedía se esparció como resaca bajo la misma cúpula y un mediodía estival atizó con su llama los cementos del pavimento, y alabeó los metales de los portalones. Había quedado un pueblo bruñido por todas sus superficies que reflejaba una luminiscencia cáustica y cegadora, sumido en un silencio artificial y enfermizo.

La alabarda del viejo se escoraba taciturna como el mástil de una nave encallada. Le dominaba una fatiga enmarañada y borrosa. Los músculos le caían flácidos, los brazos colgaban incapaces de repetir abducción. Con la vista perseguía un suelo difuminado, de harina y yeso y sal. Ninguna sombra contenía, ni la suya, ni la de los alerones de los edificios, ni la de la lanza, tan sensualmente recostada sobre su carne albina. La pudicia de la larga cabellera cana del sol barría el deshonor de sus manchas. Pero esta vez no se asombró ni alborotó su espíritu, encallado igual que sus miembros en una pesadez indolente. Aproximó más la vara de la alabarda a sus pies para comprobar que la ausencia de sombras era absoluta. “Desechadas las taras del pasado…” comenzaron sus labios a musitar, pero la abulia le dominaba a tal punto que le faltaron ganas de encontrar un verbo para no abandonar mutilado el que sería su proverbio último.

Los demás vecinos de Pueblo-valle, excluido Pastor, correteaban expandiéndose, arremolinándose y cruzando sus pasos con sus pasos. La inquietud fermentada por augurios de la siguiente catástrofe les picoteaba sus vísceras hinchadas en un panal de turbaciones. Y su abejorreo se extendía por las plazas y las callejas, abría las puertas lacradas y burbujeaba en los escondrijos. Muchos, reunidas las familias, optaron por abandonar las laderas de aquel valle sin concederle ventajas al tiempo. La mayoría, indecisa, reunió los alimentos corrompidos por un moho blancuzco que consiguieron encontrar y se atrincheraron en sótanos. Hubo que arrastrar a un soldado decrépito que no aparentaba recurrir a su voluntad y la silla de un paralítico que vociferaba malhumorado porque nadie le había tapado antes los oídos. La masa se recluyó bajo una tierra traslúcida ante la luminosidad espectral del día y aguardó a que las horas encarnadas del ocaso degollaran su pulcro vellón. La espera fue muda. No se pronunciaba palabra. El señor Schwach recurrió a su memoria infinita para rescatar algún cuento o historia arcana para la muchacha aterida que le prestaba compaña, pero sus recuerdos habían adquirido textura de papel grueso sin garabatear y no descubrió en ninguno encanto que mereciese el esfuerzo de narrarlo. La partitura descompuesta de sus vivencias no le provocaba en ese instante sino desinterés. Giró el cuello en la dirección de poniente afectado por las expectativas de contemplar la extinción del sol. Y juntos esperaron durante mucho tiempo. Tanto que la ilusión se contaminó primero de recelos al descubrir que aquel resplandor seráfico se concentraba a cada hora y por último, al cabo de lo que pudieran haber sido varias jornadas, derivó en desesperanza sosegada. Las entrañas de la tierra demudaron con lentitud su tibieza por una opacidad gélida y fue menester avituallarse de abrigos y mantas. Escoltaba a la simplificación del espectro una noche boreal adornada de hielos y carámbanos en la cual la ceguera de los reclusos por la evanescencia lechosa de la materia era del todo indiferenciable de una oscura tiniebla. Y aquella situación mezcla de frialdad extrema y anulación de los sentidos fue sumiendo poco a poco sus mentes en un estado de hibernación voluntaria o ausencia de deseo. Los cuerpos más débiles de los enfermos, los robustos de la juventud, cedieron al síndrome de indolencia con que los aires glaciales habían envenenado el poblado. Como el álbum de recuerdos del señor Schwach, todo el pasado de los aldeanos se había desteñido, y con él su actualidad vacía de ambiciones. Y aunque dos personas sobrevivían aún al cataclismo, la inacción aferraba diestramente las riendas de todo lo animado.

Schwach había sido despertado de su indiferencia por el mismo sobrevenir del invierno, que era intenso en tal medida que le hizo percibir cierto sentimiento de urgencia, un enjambre enfurecido de insectos, entre el estómago y la ingle. Supuso correctamente que era el último desapego que sus congéneres padecían de los objetos circundantes, pero para él, que no recibía noticias cuello abajo desde muchos años, tuvo el efecto inverso de extraerle de su letargo. Despertó en una eternidad inerte poblada de capullos de seda congelados, apenas visibles en un universo calizo. Aunque hizo ademán de moverse no logró desplazar ningún miembro. Temía permanecer embrollado en una telaraña de hastío hasta que la inanición lo consumiese cuando divisó dos faros ultramar que le enfocaban con melancolía. Inmediatamente reconoció a Pastor y le preguntó qué sucedía, sin recordar que el chaval nunca había pronunciado sonido, pero adivinó en la paciencia de su mirada que no era ajeno a aquella enfermedad del espíritu de la que había quedado inmunizado a lo largo de su trashumancia por los parajes emplazados más al norte. “Acércate”, le rogó el inválido. Él lo hizo y parpadeó una vez, que pareció una interferencia sobre la pantalla de un televisor, y continuó escrutándolo confiadamente. Schwach le preguntó si quería decir algo, y Pastor afirmó con la cabeza. “Llévame a mi casa, guardo una máquina de escribir”.

Con ardoroso empeño y un esfuerzo que lindaba con sus limitaciones de infante, Pastor pretendió escalar con la silla de ruedas los peldaños que ascendían desde el sótano. Su insistencia acarreó un estrepitoso descalabro y dejó al caballero oxidado en postura supina, aquejándose de dolorosos traumas craneales. Su escudero o lazarillo se detuvo a considerar una alternativa a la mecánica empleada en el izamiento, a la postre arriado, y se esfumó raudo agrediendo con amplios zapatones la escalera de madera hasta la puerta. Abajo, rodeado por un eco turbio y arenoso, le esperó Schwach sin declinar el derecho a maldecir su zozobra en el bajío de la inmovilidad, capaz de contrariarle en su afán de huida de la tumefacción que carcomía ahora la corteza de su tronco. Una desesperación de cadáver de armiño se arrollaba en torno a su garganta abierta. Por fin apareció Pastor con larga soga de esparto, enderezó el trono de su dueño y lo maniató a ella cumpliendo un ritual bien meditado. Tomó el otro cabo del cordel y se escabulló de nuevo con grandes brincos. Pretendía beneficiarse de la potencia de sus reses bovinas uncidas a su carga mediante un sencillo remedo de polea. El artificio les resarció con provecho y el señor Schwach se descubrió de repente en una agitada correría, tirado por siete bueyes del Septentrión, a través de las navidades anticipadas de Pueblo-valle. Un duende con luminaria azul volaba detrás de él jadeante y alborozado. Las bestias debían de estar dotadas de inteligencia, fuese si acaso menuda, o de columbrar las intenciones del dueño, pues se encaminaron por determinación propia hacia la morada del parapléjico. Y su celeridad imprevista les hizo alcanzarla prestamente, aunque para entonces apenas se apreciaban los contornos del purísimo resol de su fachada. Penetraron zagal y carromato y las concisas instrucciones del otrora escritor los guiaron hacia aquel taquígrafo semimágico del pensamiento.

Pastor se acercó renqueando y apocado, tanteando y titubeando felinamente. Estudió, estorbado por el dilatado candor de la atmósfera, entornando los párpados sobre aquel mapa de lenguaje, la distribución de los caracteres. Su demora resultó rentable, puesto que en cuanto avanzó las falanges al teclado, como aquejado por una corea de mecanógrafa epiléptica, inició un teclear acelerado, vertiginoso, con el que golpeaba una a una las letras del relato que había compuesto durante su peregrinar. Las ráfagas de metralleta rescataban las sangres que habían encharcado su vagabundeo, y los lugares, personas y sucesos de éste. Testigo de aquella tormenta enfurecida, apostado tras la cerviz tronchada del joven, Schwach disponía del tiempo justo para percibir cada tipo recién estampado antes de que lo digeriese el hambriento pudor blanco que tornaba los folios de nuevo impolutos. Su retentiva le ayudaba a aunar todo el texto en un largo monólogo barroco de pormenores, que reiteraba continuamente, como una rueca en manos de hilandera, desplazando actores y escenarios, el desastre de la consunción de Pueblo-valle, y multiplicaba por miles las víctimas de la enfermedad. Sin pausa seguía claveteándose la narración con su monótono repiqueteo, expandiendo su alcance de vacío y desinterés a lo largo de regiones remotas, y cuando se hubieron terminado los folios Pastor los utilizó de nuevo, tan aptos como antes para repetir el bautizo. Sus yemas irritadas encallecían progresivamente, protegiéndole con una coraza contra el mal que por sus manos, como el goteo de un alambique, rezumaba en su historia. Todo aquel tiempo Schwach permaneció atento. Al fin, cuando apenas dejaban huella los pasos del muchacho sobre el papel y los legajos estaban ulcerados de tanto empleo, arribó su crónica de andanzas al lugar de Pueblo-valle y, no siendo menester describir la última de las catástrofes, se detuvo para darle alivio a los dedos.

Recompuesto el trineo con que habían desfilado por las callejas, los dos supervivientes abandonaron después la aldea. No se hicieron de ningún recuerdo. Escaparon sin testigos, en silencio. Si los hubiesen vigilado, alguien podría contar que el chico se chupeteaba ininterrumpidamente el meñique de la izquierda como si le picase. Si alguien más pudiera haber sobrevivido y estuviera agraciado con la capacidad de distinguir a las dos personas sobre los campos nubosos, sabría que Schwach contraía su rostro con un gesto de concentración desasosegada. También es cierto que si una persona pudiese volar sobre la neblina que comenzaba a descongestionarse, llegaría a descubrir que los colores que ya alboreaban a ras de tierra enmudecían a altura mayor. Así se comportan los cielos en las regiones colindantes. Igual que en las que hollaron los siete bueyes del norte. Schwach y Pastor marchaban ahora adelante sin guía en su ruta azarosa. Se detendrían de cuando en cuando en algún pueblo o ciudad para un reposo de días, los cabales según los nómadas antes de que las estelas que se van dejando nos alcancen. Y a lo sumo, si el señor Schwach se sintiese tentado al suicidio, meditaba para sí, solamente tendría que retrasarse un tiempo más sin la compañía de su conductor, hasta que el desinterés, ataviado con los ropajes del invierno, le alcanzase para robarle por fin la visión.

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