Panoplia
Es tiempo de entreguerras en Panoplia,
capital de putas y herreros.
Deliberan sabios la técnica
para apagar incendios con metal:
cobre tintineante y relumbrón
alimenta asmáticas máquinas
que fabrican lluvia y granizo,
nubes que el día del apocalipsis
protegerán del fuego la ciudad.
Zarabanda y algarabía
reverbera en calles estrechas,
Panoplia está de fiestas, y sus gentes
disfrutan con promiscuas tradiciones,
disfrazado el rostro con máscaras
y en el alma ocultos los miedos.
Así transcurre el tiempo en la ciudad.
En la muralla,
sobre una puerta,
dos versos hay escritos:
“No se puede quemar el metal,
no se puede doblegar el fuego.”
Se oyen jadeos sin fuelle de dos amantes
una vez cruzado el pórtico,
el aire huele a maíz
y una cuadrilla de cándidos borrachos
serpentea calle abajo.
En una plaza de iglesia
han puesto flores, guirnaldas y faroles,
música, noria, muñecos,
juegos, casetas de feria
donde prueban los jóvenes puntería,
un gran tonel de cerveza
y dos más grandes de vino,
y, retirado, un coche con mujeres.
“Willkommen, das ist Panoplia,
no se pierda el espectáculo.
Un hombre, con la fuerza de sus pulmones,
elevará sin ayuda
una pesa de diez kilos.”
Una armadura hay en mitad de la plaza,
diez borrachos la rodean,
las canciones que vocean
se oyen en los talleres de los herreros.
Trabajan una leyenda para la estatua
en la que orinan los beodos,
una placa que alecciona:
“No se puede quemar el metal,
no intentes doblegar el fuego.”
Son necesarios años de trabajo
para aprender el arte de la fragua,
no es fácil darle forma a los aceros.
El iniciado estudia en sus comienzos
los tipos y colores del metal,
sus grados de torsión y su desgaste.
Más tarde su manejo. Y por último,
cuando haya atesorado habilidades,
se le educa en las pautas del diseño,
para que pueda estructurar la obra
que le conduzca al grado de maestro.
En estas condiciones se pondrá
al servicio exclusivo de los sabios
y éstos le harán encargos de las máquinas
que, dicen, librarán de la batalla
a la ciudad de espíritu incendiado.
Todo herrero tiene un diploma
que contiene una conocida máxima:
“No se puede quemar el metal,
no pretendas doblegar el fuego.”
Los sabios en sus pizarras de inecuaciones y polinomios
escriben con su lenguaje una historia oculta de oros y fuegos,
calculan desde hace tiempo el número mágico de una cábala:
cuánto cuesta Panoplia, por cuánto se vende.
Son ellos quienes encargan a los herreros la maquinaria
que un día, según explican, les librará del apocalipsis.
En medio de los incendios caerán tormentas de lluvia y nieve,
las calles se anegarán, acunarán ríos.
Y mientras, la gruesa cifra se va nutriendo de las canciones,
los bailes, las diversiones, la exaltación de las multitudes.
Panoplia cuesta muy cara, aunque tiene un precio como las putas,
y la venderán sus sabios si les renta.
Existe una ley
basada en la experiencia
que aconseja a los hombres:
“No se puede quemar el metal,
evita doblegar el fuego.”
Tal vez no sea perenne
la entreguerra de Panoplia,
nada es eterno, parecen decir las llamas
ardientes en las farolas de la ciudad en fiestas.
Son catorce mil, ancladas con tornillos al suelo.
Pocas para alumbrar el miedo:
temen los sabios que más que ellos lo sean las putas,
temen las putas que más que ellas lo sean los sabios,
y tal vez por el fuego o el metal
muera la capital que semeja una armadura.
Las máscaras del pánico son la alegría y el pensamiento,
las fiestas de carnaval las más esperadas,
el resto del año una rayuela rota
donde los niños temen encontrar el infierno.
Cómo se puede creer en la ley
donde los herreros calientan continuamente metal
y los sabios someten el fuego sin reposo.
Panoplia se está tasando;
si algo no debe comprarse,
a qué ponerle precio.
Nadie quiere hablar del futuro
porque todos entrevén su aspecto:
sobrevendrá el apocalipsis más cruento concebido.
De algún modo impacientes lo aguardamos.