Pandelirio
Esta tarde he regresado a Pandelirio invitado por la Universidad a pronunciar una conferencia. La visita me ha devuelto a la memoria escenas de días antiguos y arañado el alma hasta sacar nostalgias y a la vez contento. Aunque ni lo uno ni lo otro me han afectado con esa abulia desesperada propia de los sentimentales, sino que ha sucedido lo contrario: me hallo ahora hospedado en la Casa Don Diego de Miranda, antaño refugio de putañerías y haraganeo, y aquí me dispongo a iniciar la redacción de estos textos dispersos con aire de diario. Y como tal, habría yo de guardar un orden cronológico y referir primeramente mi llegada.
Ha sido esta mañana cuando he recibido la notificación de mi querida Fylgia. El reencuentro nos ha entretenido con una larga conversación, en la que me ha dado informes de su familia. Se hallan todos entristecidos por la muerte de su madre hará unos meses debido a las no bienintencionadas artes de un descendiente de fray Mauro Tenda. Yo la conocía: era una mujer alegre y burlona que gustaba de hacer halagos, tanto más si eran obscenos. Nos hemos retrasado tanto charlando que casi perdemos la desocultación de Pandelirio, de modo que he preparado mi equipaje tan rápidamente como me ha sido posible y hemos corrido hacia la Alhambra. Fue en mi infancia, de la voz oxidada de una vecina a la que llamábamos la tita con familiaridad, que supe de las poco conocidas entrañas del palacio árabe. Su subsuelo está entretejido de canales de comunicación, abastecimiento y desagüe que se extienden desde los montes cercanos hasta el cauce del Darro. Y una de sus muchas puertas se abre a veces por un tiempo breve, no más de dos horas, a la ciudad de Pandelirio. Al otro lado me esperaba puntual, a las tres, el amigo Bastida, sentado en una carroza, calesa más bien, bruna como el carbón, con nombre escrito Las Cortes de la Muerte, que consideré homenaje dispuesto por los pandelirienses. A las riendas una mujer muy aerodinámica conversaba con uno de mis más viejos discípulos.
Aunque hemos arribado cansados a la ciudad nos hemos dirigido directamente al Aula Erasmo para no hacer esperar a los allí congregados, con certeza lo más granado de la intelectualidad. He subido raudo al estrado y mientras era introducido he dispuesto cuidadosamente sobre el atril mis notas, que ya una vez confundiese para desgracia mía con las de Bastida. En fin, la conferencia se ha alimentado de la investigación que Raúl y yo estamos realizando acerca de las muertes extravagantes. Apenas he esbozado las líneas generales: suicidios (como los de Íngel Ganivet o Simon Forman, ambos obras de arte del deceso), atropellos (Pierre Curie, Antonio Gaudí), accidentes (Italo Balbo, o la inigualable Isadora Duncan), y algunos óbitos fabulosos (Creso, o Esquilo). No ha habido tiempo para más, pues al cabo de un escaso cuarto de hora me han obligado a concluir para iniciar el baile de clausura del curso académico, que incluye una tradicional danza macabra (todo según uso local) en la que la comunidad universitaria se fustiga enfurecidamente.
Una vez he conseguido escapar, no indemne, he echado a andar hacia Casa Don Diego, y me ha sido posible conversar brevemente con Bastida. Tiene la soledad por compañera desde que abandonó su destino de J. B.: Julia no le dedica más tiempo que a las faenas, y sus varias hipóstasis no están dispuestas a regresar. Le he prometido tomar una tarde café con él, ahora que voy a pasar un tiempo en la ciudad, y aprovechar para pedirle consejo sobre varias dudas sintácticas que me rondan la cabeza.
Reposo ahora en la paz de mi habitación, contemplando los estrambóticos edificios de Pandelirio, sostenidos unos sobre arbotantes apoyados a su vez en columnas dóricas; otros construidos cual una serpiente de hormigón que ascendiese en espiral, como si a las escaleras de una torre le hubiesen quitado la torre; los hay que penden de balones de helio anclados a puentes que saltan de un rascacielos a otro; los menos, por último, miran abajo, se inclinan hasta hacer de techos suelos y de suelos techos. Algún día dedicaré tiempo a describir con detalle este atractivo del lugar, resultado de cultivar la mente de los arquitectos con disciplina y su cuerpo con una dieta rica en alcaloides.