Los Reyes Magos

Las primeras representaciones de los Reyes Magos, halladas en templos del siglo III, muestran dos personajes. En catacumbas romanas del siguiente siglo aparecen dos, tres, cuatro, seis. Para las iglesias siria y armenia eran doce, como prefiguración de los apóstoles o representación de las tribus de Israel. La iglesia copta los consideraba sesenta y citaba los nombres de varios. Orígenes fija tres reyes ya a comienzos del siglo III, en consonancia con el número de dones presentados.

El texto de Mateo habla de magos; el sentido de la palabra es el de astrólogos, y sus prácticas estaban prohibidas por el Antiguo Testamento. En el siglo III el teólogo Quinto Septimio Florencio Tertuliano elude este problema afirmando que “nam et Magos reges habuit fore Oriens” (se ha sostenido que los Magos eran reyes de Oriente), al tiempo que le permite considerar retorcidamente como profecía el texto de Sal 72,10:

“Los reyes de Tarsis y las islas traerán tributo. Los reyes de Sabá y de Seba pagarán impuestos.”

Debido a esto empieza a desaparecer en las representaciones de los magos el gorro frigio de los sacerdotes del dios Mitra, que pasa a sustituirse por una corona. Pese a ello, aún en el siglo VI encontramos en San Apollinare Nuovo (Rávena) mosaicos donde se representan con las vestiduras persas:

http://myweb.lmu.edu/fjust/Photos/Italy99/Ravenna-01.jpg

En el mismo mosaico se puede leer (parte superior, de izquierda a derecha, SCS abrevia “sagradísimo”)

+SCS BALTHASSAR +SCS MELCHIOR + SCS GASPAR

Los cristianos griegos los llamaron Apellicon, Amerim y Serakin; los sirios Kagpha, Badalilma y Badadakharida; los etiopes Ator, Sater y Paratoras… Sus nombres parecen arbitrarios y no son adoptados sino tardíamente, si no aceptamos el evangelio apócrifo de Santiago, redactado desde los siglos II a IV, que describe lo siguiente en 5, 10:

“Y, al mismo tiempo, un ángel se apresuró a ir al país de los persas, para prevenir a los reyes magos, y para ordenarles que fuesen a adorar al niño recién nacido. Y ellos, después de haber sido guiados por una estrella durante nueve meses, llegaron a su destino en el punto y hora en que la Virgen acababa de ser madre. Porque, en aquella época, el reino de los persas dominaba, por su poder y por sus victorias, sobre todos los reyes que existían en los países de Oriente. Y los reyes de los magos eran tres hermanos: el primero, Melkon, que imperaba sobre los persas; el segundo, Baltasar, que prevalecía sobre los indios; y el tercero, Gaspar, que poseía el país de los árabes. Habiéndose reunido por obediencia al mandato de Dios, se presentaron en Judea en el instante en que María había dado a luz. Y, habiendo apresurado su marcha, se encontraron allí en el tiempo preciso del nacimiento de Jesús.”

El las representaciones de las que se ha hablado no aparece ningún rey negro, ni la apariencia física se corresponde con las edades aproximadas que hoy se les asigna. Respecto a lo primero, Beda el Venerable hace moreno a Baltasar a comienzos del siglo VIII: “El primero de los magos fue Melchor, un anciano de larga cabellera blanca y luenga barba (…) fue él quien ofreció el oro, símbolo de la realeza divina. El segundo, llamado Gaspar, joven, imberbe, de tez blanca y rosada, honró a Jesús ofreciéndole el incienso, símbolo de la divinidad. El tercero llamado Baltasar, de tez morena”. Sólo en el siglo XVI se le hace negro completamente, a partir de una identificación de los reyes con los tres hijos de Noé, que a su vez vendrían a representar las razas pobladoras de las tres partes del mundo. Los europeos (herederos de Jafet) ofrececían al niño según esta visión oro, los semitas (Gaspar) le darían incienso de Asia, y los africanos (Cam), mirra. En el siglo XV Petrus de Natalibus había establecido que Melchor debía tener sesenta años, Gaspar cuarenta y Baltasar veinte.

La celebración de la Epifanía el 6 de enero se debe a disposición de la Iglesia en el siglo IV, fecha en la que la iglesia armenia originariamente, y aún hoy las iglesias orientales, fijan el nacimiento de Cristo. Pero esto da para hablar mucho más.

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