El Peje Nicolao

Egregia vanagloria del tataratataranieto por inseminaciones sucesivas de ideas alucinatorias, que los antiguos acaso llamaran posesiones demoníacas, del insigne catalán que ideó gorro castrense era el blasón del sireno. Y para que vosotros sepáis a qué joven mento, digo aquél monje-angelote de la diosa GULNARA, el que en afamada lid marcó con su florete la faz del feroz bárbaro Semideo, el mismo, os recuerdo, que después le robó al monstruo la tiara multiforme del vetusto reino de Trapatiesta y untó sus sienes estribadas con pócima mágica fabricada con unos vegetales irisados que sólo brotan en las inmediaciones de los pantanos putrefactos. Y tal escudo, el del hombre-pez, el sireno barbudo y velludo, el pece Nicolao que refería Pedro Mexía, el anfibio de Liérganes que evocaba la línea cogitanda de Feijoo, la centella subacuática escamada en su espina que llamábase pesce Colá, o el peje, como más llanamente denominábale el tataratatarabuelo de su tataratataranieto el imparangonable autor de bulliciosa fanfarria Ros de Olano, materializaría su figura de cualidades oníricas para que respirase oxígeno, acto que no le era imprescindible para su supervivencia, aunque nadie ha dicho jamás que se le antojara por tanto desagradable, asomados sus labios carnosos a la superficie de un estanque urbano una noche de luna llena. Y sus ojos de semipez vislumbraron los rayos refractados de las farolas en el exterior y con un brinco que únicamente conocen los saltimbanquis por requerimiento de su oficio se irguió sobre el asfalto. Entonces un coro de mozas-lobas entonó en voz grave como los bufidos del motor de un todoterreno con el tubo de escape atorado por un enjambre de abejas que ha decidido desgraciadamente situar dentro de él su colmena:

LAS MOZAS-LOBAS

¡Qué poco tienen los niños

de empeños y de redaños!

Serán la alimentación.

No comen, mi madre, caldos,

ni guisos, ni sopas, ni…

LOS ENANOS

L.S.D.; ácido lisérgico.

LAS MOZAS-LOBAS

¿Habas con jamón?

LOS ENANOS

¡Chilindrón!

Y una horda de pastilleros infló sus carrillos con hojas de laurel y con algarabía comenzaron a destripar a las mozas-lobas y a esparcir sus vísceras en un amplio círculo en torno del estanque. Un chulo inició entretanto unas sevillanas sin pareja, o sin otro acompañante que el aire, que en los pases silbaba con sonido atiplado y penetrante, y los semáforos vecinos le acompañaron con una serie de destellos aparentemente aleatorios, pero que cifraban en realidad una fecha muy próxima que estaban aguardando desde hacía mucho tiempo las almas de todos los engendros vivos allí congregados. El peje observó a su alrededor y se admiró del ejército de pollos avituallados de tripis que con paso atronador, retumbante, ensordecedor, ruidoso, resonante, escandaloso y estruendoso se aproximaba y ponía a resguardo en el círculo de vísceras, y alzó la voz para anunciar:

Haced de valor talante

y escuchad lo que os prevengo

porque a anunciaros vengo

maremagno horripilante.

 

Que yo he buceado estos mares

y conozco sus entrañas,

sus fosas, sus alimañas,

sus secretos y pensares,

 

y me ha dicho su caudal

que pretende el dios Neptuno

que no se salve ninguno

del Gran Diluvio Final.

 

Y empuñará su tridente

e inundará nuestras bocas,

y nos enviará unas focas

que mascan carne corriente.

 

Y no esperéis que le deje

a un humano respirar.

Sólo se habrá de salvar

la descendencia del peje.

¡Oh, prodigio de la naturaleza lo que allí se auguró! ¡Oh, noche que conociste espantos tan espléndidos! ¿Cómo individuo alguno iba a imaginar final para la humanidad tan portentoso y pavoroso a un mismo tiempo? Los adolescentes, exaltados, lanzaron hachas al aire para autocercenarse las cervices, pero ninguno acertó, ya que habían pasado la tarde masticado centeno infectado de cornezuelo. Alegrados repentinamente por su buena fortuna iniciaron una danza con sus meigas de la guarda, y los edificios circundantes se inclinaban con humillación y elevaban con altivez al compás.

¿Y qué fue del peje aeroacuático, ensalzada su victoria de modo tan estentóreo? Se sumergió en el nostálgico recuerdo de una vida pasada en la villa de Bilbao. Y en su memoria se tintaba de colores especiales un ocaso fogoso reflejado en las aguas del río donde con otros mozos había ido a bañarse la víspera de San Juan. ¿Y qué pasó aquella víspera? Que al refugio del agua huyó de las hogueras que los chavales prendían para incendiar los montes de los alrededores. ¿Y qué pasó con las lumbres? Que una lluvia desahogada como el llanto de un niño, constante como el paso de un hombre, serena como el discurso de un anciano, la fue apagando esa misma noche hasta convertirla en un río grisáceo de cenizas empapadas.

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