Coplilla a Paco de Puente de Génave
He encontrado este texto, que debe tener casi diez años. No creo que Paco llegue a leerlo, pero si es así, me perdonará la guasa:
Paco de Puente de Génave
tunante de vil calaña,
la matrona que te trajo
no vio otro romper de aguas.
Temían augures viejos
tu frialdad y mala saña:
se unieron en un infante
baja estofa y alta estafa.
Cuando viniste a la tierra
la luna se desangraba,
Mercurio a ver su pupilo
se entretenía en su marcha,
Marte se apegaba a Antares,
y Algol, falaz, se apagaba.
Aullaban lobos y perros,
corrían las alimañas,
maullaban gatos y linces,
los hombres se acobardaban.
No alcanzó tu boca el llanto,
que aire no necesitabas:
los ladrones nunca piden:
apresan, huyen y callan;
ni aire te diste ni dieron,
que quien presume se engaña,
y en timar, sujeto fuiste
activo sin semejanza.
Embaucaste, bribonzuelo,
sin respetar grey, compaña,
edad, condición ni fuero,
sin piedad ni tolerancia,
a aquél con quien te encontraste
allá donde caminaras.
(¿Por qué no te ajusticiaron
los amigos que hoy te amparan?
¿Quién hay más perjudicado
que el que es estafado en casa!)
Se cuenta que en tu bautizo
te bebiste toda el agua
porque no dijeran luego
que dejaste correr nada,
y tanto escamoteaste
aun en edad tan temprana
que a tu madre le chupaste
las raíces de las mamas.
Asustaste a tus parientes
con tus tretas y artimañas
y a la edad de quince meses
ya nada se te escapaba,
apuntabas las industrias
de vendedor de patrañas:
en suceso en modo infausto
vendiste al Diablo tu alma
con tan buenos regateos
que a lo que ni Dios tasaba
le sacaste un alma y media
en monedas de oro y plata;
vendiste tu madre a un moro
y por eso lengua mala
te trataba a ti de expósito
y otro tanto a ella de blanca;
vendiste fincas ajenas,
antiguallas todas falsas,
inventos inexistentes,
cristal por ricas alhajas;
a un ciego endosaste un cuadro,
a un gobernador tu plaza,
a un monje su campanario,
diste a un sordo su campana,
el aire vendiste a un ruso,
a un italiano la Alhambra
la luna, el sol, las estrellas,
te las comprase una gala.
¡Cuanta mentira dijiste!
Me dicen corazonadas
que no hay imaginación
que genere tanta fábula.
Gran novela habrías creado
si escribieses lo que narras,
pero sabes que el artista
no come por temporadas;
aunque a tu modo lo eras,
sin papel, sin tinta y caña,
sin cinceles ni martillos,
sin pincel, óleos o espátula:
inventaste mucho cuento,
bellos cuadros nos pintabas,
¡ni uno firmaste de ellos,
tu humildad era tan vasta
que terminadas tus obras
te embozabas como capa
una sonrisa escondida,
torva, convulsa y malvada,
y volvías tu cabeza
a la senda más cercana?
pero tu obra más excelsa
la hiciste aquella mañana
en que salido a la calle
con porte altiva y ufana,
tras leer la mano izquierda
de una pícara gitana,
pasaste bajo el dintel
de la puerta de una tasca
y con garbo y parsimonia
te aproximaste a la barra:
«Apuesto estos dos mil duros
a que hoy la tierra se acaba»
«¡Cuidado, que es Paco Cuenca!
¡Nadie le acerque barajas!»
«Que repita lo que ha dicho,
no sea que se haga borrajas.»
«Para quien no me escuchase
lo digo con voz más clara,
que hay término para el mundo,
y que tal final se alcanza.»
«Denle dos copas de vino,
este tipo está majara.»
La concurrencia despierta
y comenta la envidada.
De la calle ciudadanos
se asoman a ver qué pasa,
y su curiosidad sacian
pasando adentro con gana.
«Aclárenos usted cuándo,
no sea que luego nos salga
con que no ha mentado ahora
la fecha, tan señalada.»
«Al entrar ya se lo he dicho:
que de ahora mismo se trata,
y si en este nuestro día
el planeta fin no alcanza
aquí en sus manos entrego
las pesetas que jugaba.
Y a qué ponen tantos peros,
que si yo gano, de nada
les sirven estos dineros;
y si acaso ustedes ganan,
pues suyos son, ¿o no es eso
una apuesta lo que manda?»
Se soltaron al momento
billetes a gran mansalva,
los sueldos de todo un mes,
del negocio las ganancias.
Gran fortuna se reunió
y hasta hubo quien su esperanza
pusiera en don Paco Cuenca,
sospechando una celada.
Éste renovó su apuesta
y una lozana oleada
de rivales codiciosos
le añadiera aun más carnada.
El que narra estaba allí
ahogando penas amargas
con vino malo, que al cabo
ahoga sólo la paga.
Y apostó por Paco, pero
lo hiciera con la esperanza
de que el acabarse el mundo
no fuera noticia falsa.
Aguardaron los presentes
el final de la jornada,
unos con angustia inmensa,
otros con nerviosa ansia.
El reloj daba las horas
con indolencia y galbana.
¿Qué pasaría a la postre?
¿Sería una fanfarronada
la noticia alucinante?
¿O con fasto y algarada
de tambores y trompetas
recibiría a las ánimas
orfeón de ángeles músicos
para entablar la batalla
con demonios en ejército;
y gran sinfín de desgracias
acaecería en la tierra
y las cosas que anunciadas
fueron del Apocalipsis
(hambre, enfermedades, plagas,
muerte, destrucciones, guerra,
jinetes, pueblos en llamas,
sellos rotos, magnos juicios,
y al final dolor o calma)
todo sobrevendría ahora,
a las puertas de la tasca?
Era mucha la inquietud,
un sinnúmero las cábalas.
Las aguja de los minutos
inexorable avanzaba
al encuentro de las doce,
hora de gnomos y hadas,
de brujas, ogros y duendes,
de miedos y de fantasmas.
Hora de imposibles, pero
si es que algo se avecinaba,
solo eran del campanario
previsibles campanadas.
Así dio la medianoche
más sencilla y más mundana,
más limpia, clara y fresquita,
más suave y desengañada,
que pudieran recordar
las memorias más ancianas.
Y «¿Aún no ven que el mundo acaba?»,
dijo Paco. Las miradas
le apuntaron con inquina
y trazas de desconfianza.
«No hemos visto su final.
Aclárenos lo que pasa,
que somos cien contra uno
para no creer su guasa.»
«¡Eso mismo! ¡Mi dinero!
¡Terminemos esta farsa!»
«¡Alto ahí, que no se toque!
Veamos antes quien gana:
yo apostaba honradamente,
sin doblez y sin falacia
que el mundo no era infinito
que la tierra no es tan vasta
que no se termine nunca,
y es verdad bien constatada
que cuantos la navegaron
volvieron luego a sus casas
y que naves espaciales
lograron fotografiarla.
Ustedes me exigieron fecha
y yo, pues cualquiera es válida,
les dije que aquella misma,
a mí nada se me daba.
Y ayer, como un día cualquiera,
la tierra era limitada.»
Armóse gran alboroto,
nadie el discurso aceptaba;
alguien pidió que el dinero
no saliera de la sala,
otro que a don Paco Cuenca
se le diera apaleada,
se oía estruendo y griterío
y el odio se desbordaba
por la puerta hacia la calle,
por la calle hacia la plaza.
«¡Silencio se haga un momento!
¡Se acabó lo que se daba!
Parece que no se acepta
la apuesta, ya terminada.
Pues hagamos una cosa:
ya que no creen mi palabra,
juzgue un juez si es o no justo
que me lleve mi ganancia
según fuera o no verdad
lo que les aseguraba.»
Y el reclamar la justicia
fue idea muy acertada,
porque nada perdía Paco
si deshacían la trampa,
y se llevaba el dinero
sin costillas fracturadas
y todas las de la ley
si la ley se lo aceptaba.
Así fue, y es conocido
que gran fortuna sacara.
Comió servidor al menos
por tiempo de dos semanas.
Y por eso les decía
que don Paco, cuando engaña
artista es en el oficio,
comerciante de gran talla:
pinta sin tinta sus sueños
y cobra por sus palabras.
Demasiado, según veo.
Alguna incierta mañana,
cuando alegre desayune,
habrá veneno en su taza
(tal vez lo ponga un amigo,
el que con ustedes charla,
cansado de que le robe
quien pasa por camarada.
Que si antaño algo le diera,
luego el doble le quitara)
Pero eso quedará lejos,
don Paco no se amilana,
no piensa que exista el día
en que acabe su jarana.