Baile de mandamientos I
Una de las tergiversaciones más asombrosas llevadas a cabo por el cristianismo es la de los Mandamientos. Si no tenemos en cuenta la Renovación de la Alianza, el Decálogo aparece recogido en dos libros del Antiguo Testamento: en Éxodo 20, 2-17 y en Deuteronomio 5, 6-21. Salvo detalles mínimos, casan sus textos. Ahora bien, cuando se comparan con el Catecismo católico se observan diferencias insalvables.
En primer lugar, Éxodo y Deuteronomio comienzan diciendo “No tendrás otros dioses delante de mí. No te harás ninguna escultura y ninguna imagen de lo que hay arriba, en el cielo, o abajo, en la tierra, o debajo de la tierra, en las aguas. No te postrarás ante ellas, ni les rendirás culto; porque yo soy el Señor, tu Dios, un Dios celoso, que castigo la maldad de los padres en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación, si ellos me aborrecen; y tengo misericordia a lo largo de mil generaciones, si me aman y cumplen mis mandamientos”. El mandato, así expresado, prohíbe cualquier imagen religiosa, lo cual judaísmo e islamismo han seguido fielmente. El Catecismo ha traducido esta orden divina por “Amarás a Dios sobre todas las cosas”.
Para soslayar el cambio al domingo del día del Señor, la Iglesia lo reduce a un vago “Santificarás las fiestas”. El Éxodo es mucho más intransigente: “Acuérdate del día sábado para santificarlo. Durante seis días trabajarás y harás todas tus tareas; pero el séptimo es día de descanso en honor del Señor, tu Dios. En él no harán ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tus animales, ni el extranjero que reside en tus ciudades. Porque en seis días el Señor hizo el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, pero el séptimo día descansó. Por eso el Señor bendijo el día sábado y lo declaró santo”. El texto del Deuteronomio es casi idéntico: no menciona la Creación y a cambio justifica la obediencia en la liberación de Egipto.
Los actos impuros a los que se refiere el sexto mandamiento del Catecismo quedan restringidos según el Antiguo Testamento al adulterio.
El último mandamiento,”No codiciarás los bienes ajenos”, muestra en su versión original lo que para la cultura judaica de aquella época constituían las posesiones más comunes: “No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni ninguna otra cosa que le pertenezca”. Pero el catecismo pretende hacernos ver también en dicho texto un noveno mandamiento de nueva factura. Este añadido data de San Agustín que, siguiendo a San Juan, distingue tres tipos de codicia: la concupiscencia de la carne, la de los ojos y la soberbia de la vida (1 Jn 2, 16).
Con todo, los judíos no obedecen nueve mandamientos (la Torá dicta más de 600, pero nos estamos refiriendo sólo al Decálogo). En realidad, el Catecismo inicia mal la cuenta desde el principio, al omitir el versículo anterior al primero de los mencionados, en el que se dice “Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud”. Ni éste ni la prohibición de las imágenes se adaptan al “Amarás a Dios sobre todas las cosas”, y es la desaparición de uno de ellos la que permite añadir otro que repudie más firmemente los deseos carnales.
En cualquier caso, no termina aquí el fraude del Catecismo, pues lo que hemos comentado son los primeros mandamientos dados a Moises. Más adelante hablaremos de la Renovación de la Alianza.