Autores=austero
Cuando Lope de Vega contrae matrimonio en 1598 con Juana de Guardo, lleva ya cinco años mencionando en sus poemas a su amante Micaela Luján. El artificio que emplea el escritor para poder introducirla en sus obras es el de hacer una trasposición algo sucia de las letras de su nombre, que se transforma así en Camila Lucinda. En realidad trataba con Micaela/Camila antes de que muriese su primera esposa, Isabel (alias Belisa en los poemas) de Urbina. Me encantaría extenderme sobre la disparatada vida sentimental de Lope, pero el propósito de este artículo es mostrar uno de los múltiples usos que se ha dado históricamente a los anagramas: el camuflar mensajes breves, en especial nombres. A veces el interés es sarcástico, como cuando André Breton llama a Salvador Dalí con el nombre de Avida Dollars, que el pintor adoptaría sin demasiados remilgos; o al narrar Jonathan Swift en Los viajes de Gulliver los métodos de investigación usados en Tribnia (Britain) o Langden (England):
Con el segundo, trasponiendo las letras del alfabeto en cualquier papel sospechoso, pueden dejar al descubierto los más profundos designios de un partido disgustado. Así, por ejemplo, si yo escribo a un amigo una carta que a nuestro hermano Tom acaban de salirle almorranas, un descifrador hábil descubrirá que las mismas letras que componen esta sentencia pueden analizarse en las palabras siguientes: resistir - hay una conspiración dentro del país - el viaje. [our brother tom has just got the piles y resist - a plot is brought home - the tour]
Otras veces la intención del autor es ocultar su propio nombre: Calvino tuvo que esconder su identidad bajo los pseudónimos de Lucianus y Alcuinus; François Rabelais firmó Gargantúa y Pantagruel como Alcofribas Nasier para evitar problemas con las autoridades; pero quizás el caso más conocido, por haber suplantado el anagrama al apellido verdadero, es el de Voltaire, llamado en realidad Arouet L. J. (Arouet le jeune). En los trueques precedentes, por cierto, se confunden las letras J y U con sus originarias latinas I y V. Otros pseudónimos famosos son los de Marguerite Yourcenar (Crayencour), Bruno Erdía (Rubén Darío), Pauvre Lelian (Paul Verlaine) o Bison Ravi (uno de entre las dos docenas que empleó Boris Vian). El último, por cierto, hace una divertidísima referencia al filósofo Jean-Paul Sartre en La espuma de los días, al que se nombra como Jean-Sol Partre. Blaise Pascal publicó como Louis de Montalte, Amos Dettonville y Salomon de Tultie, que no contienen las letras del científico, pero son anagramas entre sí.
Termino con un juego literario: a Ada o el Ardor añadió su autor un extenso apéndice redactado por una tal Vivian Darkbloom (anagrama de Vladimir Nabokov), personaje también de Lolita. En una de las notas se hace referencia a la segunda novela, pero atribuyéndola a Osberg (Borges), con quien el autor del primer libro habría sido (sic) “cómicamente comparado”.