Yo aquí sólo veo algo marrón

«Yo aquí sólo veo algo marrón», pontifica el tercer personaje, bizco sobre la mesa, como si de una verdad revelada se tratase. Y encima, precisamente encima, una iglesia de pueblo, cercana esfera celeste, finito cielo, cuelga de algún dios aun menos metafísico. «Pero, ¿qué diablos quieres decir con marrón? Ten en cuenta, Carmelo,» y Abraham, ademán de mano a Rafa, pide silencio, «que ya estás usando la palabra marrón». El señor de postura aún desconocida (o sea, Rafa) intenta abrir la boca para definirse. «Pero no necesito la palabra para conocerlo», dice Carmelo. «¡Sí la necesitas!», y los pelos de Abraham se agitan. Rafa trata de meter las narices, pero se le apresura el otro que, de nuevo cara al tablero, asegura que él ve un color antes de asignarle un significante. Los rizos de Abraham se elevan como serpientes y sus ojos, de una esfericidad latente, palpitan ya clamando asesinato. Entiende entonces por fin el confundido Perseo que para el esteta la palabra palabra representa a su concepto concepto. A Rafa se le escapa un «pero…», mas ya Carmelo se apresura a extrapolar física a metafísica. «Yo veo antes que nada una mancha junto a otra…», «Vale, ya estás usando la palabra mancha, y la tienes en la cabeza. Más adelante, si quieres, le asocias sus fonemas correspondientes…». Rafa se ha resignado ya a no intervenir, y tiene su mirada pegada a la iglesia, quién sabe si orando por querer ser orador. «Bien, pero para inventar esa palabra yo tengo que abstraerla de…»

Debo reconocer que la discusión me divertía. La escuché una noche que bajé a las fiestas de Alhendín y, la verdad, nunca hubiese imaginado que iba a encontrar a tres personas, o a dos y media, situando la palabra al principio, en medio o al final del pensamiento. La respuesta, al fin y al cabo, es algo que no ofrece lugar a dudas. Bien saben quienes me conocen que para mí la palabra se encuentra claramente al principio. Pero eso es lo de menos, lo interesante de aquello era más que nada la situación: un periodista, un físico y un filólogo negándose a oír, ver y hablar. Me pareció bastante cómico. Por ello, y precisamente desde aquella noche, bajo todos los sábados por si acaso los volviera a encontrar, aunque siempre está aquello sin un alma. Siempre salvo el Sábado Santo, que viene mucha gente a verme. Pero eso son sólo beatas que no saben nada de religión.

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