Vestidos con largas túnicas

Vestidos con largas túnicas blancas eran tres los que preparaban, con la tutela de Júpiter, el rito iniciático a la intrusa. La conocieron este verano, cuando, tras forzar la entrada a los aposentos interiores del templo, robaba una vasija destinada al culto a la diosa. Intentó huir descubierto su delito, pero el abad de la congregación le asió con agilidad y firmeza los tobillos cuando descendía las escaleras. De la cántara, que poco valor tenía, no quedaron menos de quince pedazos en cada escalón, pero no pareció razón ésta para no hacer justicia, y se condenó a la muchacha a recomponerla. Ella, ladina, arguyó que era imposible. Se insistió en que no se le concedería si no la libertad y lo llevó a cabo.
El rostro de la jovenzuela, blanquecino y difuso todavía, se reflejaba ahora en el agua de la vasija. Manolo y el Arquero la sostenían de cada brazo temerosos de que, arrepentida a la mitad del rito, decidiese emprender otra escapada, y Abad, enfrente, la observaba atento como un escultor ofuscado con el mármol. Debería ser otra efigie a la diosa Gárgara que sostuviese la última esquina del templo, se habían dicho entre ellos. Pero es tan laboriosa la enseñanza de la doctrina a cada nuevo discípulo y esta joven, sagaz y rebelde, les había endilgado esperanzas y desilusiones con tanta pericia, que en el último momento Abad dudó la conveniencia de infundirle el don de la comunicación de gentes.
En ese instante entró un hombre en el templo con aspecto físico de noble germánico que regresase de cien batallas vociferando que aunque estuviera escrito «mi casa será llamada casa de oración», ellos la habían convertido en casa de ladrones. «¿Tienes algo conmigo?», preguntó la chavala, airada por la alusión. «¡María!», díjole él, y ella, volviéndose, le respondió en hebreo: «Rabboni!». Y escaparon juntos hacia la luz del alba. Así fue como quedaron en el monumento los tres angelotes vestidos de blanco, paralizados por la estupefacción, sin saber pronunciar una palabra durante un molesto rato. Hasta que por fin alguno se atrevió a insultar al silencio: «Al próximo nada de reconstruir una cántara. Como mínimo el templo»1.

Granada, 11 de noviembre de 1998.


1 Esta narración ha sido desvirtuada con el tiempo en su transitar junto a demás relatos de las gentes por la tradición oral hasta derivar la frase última en un falso «Venciste, Galileo».

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