Vagaba el Arquero
Vagaba el Arquero tras perseguir en vano un huidizo ciervo al que ensartar quería con sus flechas cuando Diana Cazadora surgió con sus armas de un frondoso arbusto. ¿Pretendes hollar estas tierras vírgenes? No merecen la caricia de mis pies si no me aceptan. Pero no ostentarían su pureza si lo hiciesen en cambio.
—Nada más discutamos.
—Espera un momento.
—Decide: me quedo o me marcho.
—Aguarda tan solo a ver bailar mi sesenta ninfas. No será en balde.
Y florecieron en árboles y hierbas sesenta danzarinas jóvenes que con alegres saltos estiraban sus piernas hasta su tensión y atravesaban aire como colgadas de lianas. Tan pronto un grupo se segregaba y arremolinaba con piruetas como otro con volteretas rodaba bajo sus pies. Todas huyeron de repente y a la de tres, como traídas por el viento, tornaron para formar un pasillo de risas y algazara. Siete jóvenes aparecieron al otro extremo de éste, y a todo correr lo cruzaron para zambullirse en un estanque.
—Éstas son hijas de Atlante.
El Arquero se descalzó para entrar también él al baño, pero por no ser precavido puso el pie sobre la cola de un escorpión. Rápidamente la herida se emponzoñó y volvió negra como la noche. Él cayó en un sueño inquieto y cargado de imágenes vivas. Una paloma volaba entre las copas de los árboles del bosque en el que antes había entrado, y un grupo de turistas excitados la fotografiaban sin descanso. Los flashes esmeralda ardían en las ramas circundantes como estallidos de la Guerra del Golfo, y el animal los esquivaba desesperado. Fijé mi vista en los cazadores, y vi que sus rostros eran los de Manolo, Broti, Chomi, Abad, Raúl y Horacio, así que me uní a ellos. ¿Qué hacemos? El ave iba y venía incapaz de huir y cansada ya de esquivar las ráfagas. Fotografiamos una paloma blanca, ofrenda a la diosa Gárgara. La paloma comenzó el contraataque al descubrir su poder de lanzar excrementos de anhidrita verde, pero los hombres, amantes de las flores de piedra, las iban recogiendo. Un último disparo lanzó el Broti, pero no encuadró sino un arco de luna. La paloma giró e intentó escapar de ellos, pero se estampó muy pronto con una pared.
—Pobre, no sabe que está atrapada en una habitación.
«Pobres», pensó el Arquero, «no sabemos que estamos atrapados en un relato». Se le hicieron las fotografías precisas antes de levantar el cadáver y enviarlo para una autopsia y se decidió que con retoque digital se borrarían las manchas de yeso digerido. No hubo diluvio ni guerra. Ni espíritu ni enamorado.
Granada, día limpio –127.
