Últimamente me encuentro

Últimamente me encuentro como más bonica. No es que yo sea guapa, Dios me perdone, cargo ya con demasiados años, y para ser guapa hay que ser joven. Es algo distinto, una especia de sentimiento. Me siento más aceptable, ésa es la palabra, más aceptable.
Cuando me asomo por las mañanas al espejo y contemplo largo rato esta cara, tan conocida como ninguna, y veo esos ojos, tan de niña, que son lo único que conservo perenne… Cuando me miro, decía, siento a veces vacío, temor incluso. Y me cuesta creer que yo fui un tiempo la moza que acudía a este mismo espejo para arreglarse para la fiesta del pueblo, o la mujer que se apañaba el pelo tras haber peinado a los niños. En este mismo espejo, tan viejo ya, tan roto. Ahora, cuando me asomo por las mañanas a él, no dejo de pasarme los dedos nudosos por las sienes, para palpar mis arrugas, siempre las mismas, como surcos de arado en un bancal. No me parecen feas. Después de tantos años de compañeras son tan cotidianas que no acierto a imaginarme sin ellas. Y cuando algún nieto me trae una foto de cuando no tenía tiempo más que para las faenas de la casa, la miro con tristeza sin poder reconocerme.
Sé que antes me molestaban las arrugas, y cada vez que me surgía una me irritaba, pero ahora ya no me preocupan. Al fin y al cabo soy vieja, qué importa que mi cara lo demuestre. Hasta lo prefiero más, casi; así no tengo que cuidarme de no aparentar mis años. Me he acostumbrado a esta cara, que no será la mejor, pero es mía. Y con eso me conformo: es mía; no hay quien me la quite. Quizás es por eso que me gusta. O vaya usted a saber. Lo cierto es que estos días estoy más feliz, me agrada todo. No importa por qué, el caso es que los huesos han dejado de dolerme, y ha salido el sol. Como si fuera ya verano. Hace frío con todo, pero a la noche. Las macetas ya se estaban atrofiando. A mí también me hacía falta el sol, como ellas yo también me estaba pudriendo. Con los inviernos que ha pasado una, cómo no van a resentírsele los huesos. Artritis me dijo don Julio que era. Y qué es eso, le pregunté yo, y me contó que era de la vejez. Todo lo malo que tiene una se lo achacan siempre a la edad. Hasta que un día la palme y me entierren bajo un puñado de tierra y digan “ahí descansa doña Restituta, Dios la acoja, que vivió muchos años”, y me olviden y ya no haya más de qué preocuparse.

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