Qué estúpido el afán
Qué estúpido el afán del que ser quiere vecino de las musas. Y pobre del que ahonda en la poesía buscando su amistad: no es mar de cristalinas aguas puras, de mágicas sirenas que canten con palabras exultantes; es lodo, oscuros lagos embarrados donde el vate se hunde creyendo componer excelsitudes. Es podre con que se untan, compendio de ñoñeces anticuadas, plagiadas, estudiadas, es charlatanería hecha discurso de castas que en política entienden más de lo que el vulgo opina.
El poeta iniciado es simple si nació sin un padrino, o peca de afectado. Pues bien, puede ponerse de tan fino que inspire a todos grima, puede pensar en verso alejandrino. Le ayudará la rima muy poco cuando busque qué comer. El que nació compuesto, provisto de importantes amistades, previsto ya su puesto (que por fortuna tuvo aquél jurado) excita en su lectura los tiemblos de las tripas más que el alma.
Pero hay otra razón por la que la poesía nos repele. Es algo más profundo, algo que se notaba en cualquier época (no sólo en este siglo, que todos consideran decadente): a la hora de comer a nadie le apetece carne muerta.
Granada, 7 de enero de 1999.
