Nacho tenía sólo cinco años

Nacho tenía sólo cinco años cuando urdió su primera conspiración contra la familia. Lo recuerdo bien, y cuanto más medito sobre ello, más seguro estoy de que mi hermano no era un chaval normal. Aun más, se podría afirmar que poseía un don o una rara habilidad para conocer los defectos de quienes le rodeaban. Parecía penetrar con su mirada en lo más profundo de las almas y robarles sus secretos.
Faltaban unos meses para el otoño cuando sucedió aquello a lo que quería referirme. A su corta edad Nacho era tan consciente como cualquiera de nosotros de todo lo que sucedía a su alrededor. Pedro y yo debíamos de estar peleados con él, aunque ahora no recuerdo el motivo. Su venganza se realizó así: a la noche, al llegar papá del trabajo, descubrió que la botella del whisky estaba casi vacía. A mi hermano y a mí nos costó trabajo defendernos de sus acusaciones; especialmente a mí, que ya había tenido una riña con él por el mismo asunto. Sea como fuere, Pedro le descubrió el ardid, pero Nacho no sólo no se amilanó, sino que acudió a los brazos de mi padre (nuestro padre) testimoniando haberle visto vaciar el whisky en otra botella.
Si todo hubiera quedado ahí carecería de importancia, pero conforme Nacho fue creciendo fue haciéndose también más peligroso. No era malvado, pero sí lo suficientemente astuto como para no permitir que nadie interfiriera en sus intereses. Y no hacía falta estar metido en algo sucio para verse acosado por sus amenazas, mi hermano encontraba pruebas para sus progenitores debajo de las piedras. Incluso a ellos comenzó a dominarles. Estaba yo ya en la universidad cuando un día presencié una escena que nunca olvidaré. Mi padre quería castigarle quitándole la paga y Nacho lo amenazó con la promesa de mostrarle a mamá la grabación de dos llamadas telefónicas de él hablando con su amante. Mi padre se pasó toda la mañana siguiente registrando su habitación, sin encontrar nada. Probablemente la grabación nunca hubiese existido, pero descubrimos una nota, arrugada, que acompañaba al reloj que la amiga de mi padre le regaló a éste por su cumpleaños.
Así hasta que una tarde, estando yo en la oficina, mi esposa abrió la puerta a unos policías que acudían buscando información sobre Nacho. Junto con otras tres personas había dado asalto a un furgón blindado cargado de dinero. Apareció en todos los periódicos como el robo del año. Todo hubiera salido perfecto de no ser porque alguien dio el chivatazo. Se cogió a dos de ellos, y mi hermano (sus restos) apareció calcinado en un coche-bomba. Se le pudo reconocer, qué cosas, por las muelas que tenía empastadas.
Yo siempre me había resistido a creer que aquel robo fuese obra de mi hermano. No porque lo creyese un hombre honrado, no. Lo que me hacía dudar era lo defectuoso del asalto. Mi hermano nunca hubiera, por ejemplo, dado su verdadera identidad a sus cómplices. A no ser que… Ayer, al abrir el buzón, encontré una carta suya. Me desea suerte y me pide ayuda.

Share

Deje una respueta.