Los reinos de Neptuno

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Raúl, Manolo, Susana, Abad y el Arquero se aproximaron a la frontera de los reinos de Neptuno. Allí, lejos, sin ser escuchado por ninguna muchedumbre, proclamaba Josaías Nadie la inminencia de un naufragio trágico. El cielo formaba olas espumosas. Los cinco miraron atentos al horizonte, en busca de las estelas dejadas en la superficie lejana a la costa por las sirenas. El mar es un ser oscuro que embota las almas de quienes escuchan su canto. Pronto los cinco quedaron en un estado de trance por la sal disuelta en sus sangres, que afecta al entendimiento. Una batalla naval se inició. Volaban artefactos de esqueleto de madera y telas desplegadas que colisionaban entre sí sobre los barcos en contienda. Los hombres caían a las aguas, donde eran absorbidos sin tardanza, alimento de nereidas. Los vivos se mataban entre sí, y los azules en todo un tercio del mar se tiñeron de orín. Raúl sintió un peso en la sien, el de un espíritu alimentándose de sus ideas. Josaías continuaba declamando. «Las tierras de nadie son pozos de inmolación», decía ahora. Abad supo que en ese momento se producía el naufragio. E inmediatamente aparecieron madres llorando a sus hijos. La sombra de una nube las abrigaba.

Málaga, 21 de diciembre de 1998.

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