Las gotas de lluvia
Las gotas de lluvia golpeaban con un ruido sordo y constante, como los redobles de un tambor, sobre la tela de la tienda. Rushd las escuchaba, prácticamente hipnotizado, mientras apuraba sin prisas las últimas gotas de la tetera. Un movimiento brusco del hombre de la barba corta lo devolvió al cálido espacio en el que estaban.
—Bueno, ¿para qué decía que había venido a verme? –le preguntó tratando de romper el silencio.
El personaje, cuyo nombre no había querido desvelar, no se apresuró a responder. Tras tomar un trago de té y humedecerse los labios pareció que por fin iba a hablar. Pero no, calló todavía unos segundos para, de repente, decir:
—Aunque le extrañe, vengo a hacer un intercambio.
Verdaderamente parecía extraño, ya que el sujeto no tenía ni mucho menos aspecto de comerciante. Rushd se temió lo peor, que lo que le hubiese traído acá fuera el pedirle la mano de su hija. Por fin el otro se animó a continuar:
— Vengo a traerle una idea a cambio de una palabra.
Continúa por Veamos, dijo Rushd.
