La lluvia había cesado
Viene de Rushd.
La lluvia había cesado fuera. Rushd abrió la tienda para que entrase el aire húmedo.
—Una posibilidad sería que yo le fuese diciendo palabras hasta que alguna coincidiese con su idea.
—No, –dijo seguro de sí el hombre de la barba– imposible. Quiero decir, yo he necesitado años y años para entenderla bien. A no ser que casualmente fuese una de las que primero mencionase usted podríamos morir antes de encontrarle una palabra.
—Sí, tiene razón –respondió Rushd–. Además, el problema es que no conoce el término que expresa la idea, así que, aunque se la dijera yo, usted no podría entenderla.
Aquello pareció dar al traste con todo lo que tuviesen en mente. Se sumieron ambos en una inquietud callada que parecía no terminar nunca. Los posos de té en las tazas se volvieron barro, y después tierra. Pasó un día, y otro, el polvo se asentó en los objetos y los muebles empezaron a agrietarse. Los dos hombres, como dos figuras de cera, inmóviles, con los ojos en un horizonte inexistente, con la mente en un horizonte quizás inexistente, sucumbieron a un eterno silencio.
Un día, un día más de tantos como aquellos, el hombre de las barbas decidió moverse. Se desentumeció, estiró su cuerpo y, por fin, se levantó de su lugar. Después, tranquilamente, se acercó al otro. No dijo una palabra, sólo lo cogió por el brazo, lo miró a los ojos y le ayudó a incorporarse. Después lo sacó de la tienda para llevarle a un río cercano. Ya en su orilla aguardaron pacientemente viendo correr las aguas, con el sol rielando en cada curva. Al poco lo apartó del río para llevarle a un bosque cercano. En él quedaron ambos largo tiempo contemplando el volar de las nubes y los pájaros, recostadas sus alas sobre el viento. Después lo apartó del bosque para llevarle a una montaña cercana. Allí permanecieron largo tiempo viendo caer las hojas, una miríada de hojas en descenso. Y los animales procurándose el alimento, y la hierba crecer. Y el sol ponerse una y otra, y otra vez. Y llegar el invierno.
Rushd entendió entonces. Comprendió, como había hecho el otro, lo que había de común en todo aquello. Y después quiso callar. Porque, aunque bien sabía él que había una torpe denominación para ello, muchas palabras en distintos idiomas que pretendían cercarlo, aunque bien sabía que no existía un pueblo, una tribu, una sola persona que no hubiese intuido esa idea y escogido un conjunto de sonidos para representarla, no sólo era algo innecesario, insuficiente, sino que aquel ridículo sustituto únicamente podía servir para desvirtuarla.
