La belleza es justa

«La belleza es justa. La justicia es bella», divulgaba Ramón Llull mientras observaba con ojos desorbitados y aire de poseso al ocaso llorar un manto sanguinolento sobre las cabezas de los hombres. «Y la justicia es sublime». Y como si las circunstancias pretendiesen simpatizar con él, un extenso cúmulo de farolas se derretía Alhambra abajo y punteaba estructuradamente la cúpula de la vega.
La rueda de la fortuna ha girado un sexto en el juego de la ruleta rusa, pero no llega aún el fin del mundo. Sus engranajes de reloj continúan mientras su movimiento. Todos los actos lo son de inercia, todas las leyes descripciones, toda la hermosura orden. Y lo único que acontece son cambios simples de perspectiva cuando giramos en la noria del tiempo. «Media y media vuelta son una completa», continuó declamando el hombre, «el transcurso de la ira a la justicia y otra vez a la ira». La noche se encorvaba con lentitud en el cielo, o el sol se embozaba con el horizonte acompañado por música de esferas. Llull inició una levitación sobrecogido por el éxtasis, y su lengua se desbocó definitivamente: «A mí planetas y soles, cúpulas, balones de fútbol y partículas elementales. A mí todos los relojeros del mundo…». Y por fin, aunque con retraso, se detuvo a su lado el furgón del loquero y bajaron de él las dos batas blancas encargadas de devolver amordazado al místico a su celda delimitada por cuatro paredes cartesianas.

Granada, 24 ángeles cantan un himno al último año negativo.

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