Hoy el ocaso ha conocido
«Al acercarse al campamento y ver el becerro y las danzas, Moisés, enfurecido, tiró las tablas y las rompió al pie del monte. Después agarró el becerro que habían hecho, lo quemó y lo trituró hasta hacerlo polvo, que echó en agua, haciéndoselo beber a los israelitas.»
Éxodo 32,19-20.

Hoy el ocaso ha conocido la furia de mi pueblo que, como sofocado por la memoria de San Juan, ha querido incendiar la tierra, sus rastrojos, las viviendas y los desechos de las viviendas de esta ciudad. Cuatro hogueras he visto, y cuatro evangelistas en cada una, y un ídolo relumbrante de oro en cada fuego.
Raúl conducía el coche, y en él Manolo, Broti y el Arquero sostenían a modo de lanza contra los molinos el travesaño vertical. Una botella con fluidos que pergeña la alquimia e instrumentación para el sacrificio constituían el resto de los pertrechos. Y allá donde el sol se pone, en las lindes del día, detuvieron la nave. De ella salieron los cuatro y entre los escombros urbanos clavaron su mástil, y a él el trinquete, y a él el becerro dorado. Los caminantes los contemplaban al paso, a la vez escandalizados de la liturgia pagana y apesadumbrados por los hondos mugidos del bóvido. Nadie hizo nada por evitar el sacrilegio. Los apóstoles rindieron con una sonrisa en el alma un postrer homenaje a su víctima: sin quitarse el sombrero alzaron a ella sus manos, murmuraron cabizbajos la desidia de los espíritus laicos cuando defienden convicciones que no poseen y, por predicar dando ejemplo, prendieron fuego al animal envuelto en grasa y gasolina. No fue menester implorar al Bóreas y el Céfiro para encender la pira: las llamas arroparon la cruz velozmente y encendieron una estrella en la noche oscura que muestra por rostro la tierra. Broti grababa memoria de la cremación mientras los caminantes, ruborizados por una indignación lacónica, continuaban su marcha. La carne ennegrecida que era ahora el animal, del que apenas se reconocía ya otra cosa que sus cuernos, restos de una aureola que hace tiempo fue también infundida a una estatua de Moisés, se desprendió patéticamente y quedó colgando de un brazo. La madera carbonizada giró y la llevó a pender sobre un barranco de cascotes y brozas. Y la columna de humo se elevó como una fumata papal seña para todos los habitantes de la ciudad, y estos entrevieron en ella la resurrección de Nerón.
«C’était une vache», dijo el Arquero, y sus compañeros asintieron con la cabeza. Hubo que esperar un poco más hasta que los últimos despojos cayeron humeantes a la tierra. Recibieron entonces inhumación tras la incineración y abandono de su santidad. Y los fieles de una religión nonata montaron en el coche que les había llevado hasta aquel lugar desvanecidos los remanentes el día y retornaron a su patria entre las fogatas exangües de un pueblo enloquecido por el vicio del fuego.
Granada, 18 de octubre de 1998.
