Hola, Hal
OMAR KHAYYAM, RUBAIYAT:
«Desde la Tierra hasta Saturno y más lejos aún
he resuelto una infinidad de problemas.
Despejé pega tras pega y deshice los nudos,
menos el nudo de la muerte, ese enigma insondable.»
—Hola, Hal.
El Arquero había encendido una barra de incienso.
—Buenos días. ¿Desea hacer algo especial hoy?
—¿Qué tal música? Elige tú –hoy tenía una sensación perturbadora. Consciencia de máquina, pensó.
—Le propongo oír a Bach hasta la extenuación.
¿Un sarcasmo? No le dio importancia.
—La de la semana pasada, si no te importa.
Hall 9000 puso BWV 1060.
—Gracias –y se sentó como escribano en yoga.
Pasó el tiempo.
—¿Estás aburrido?
—¿Por qué lo preguntas?
—Te encontrado una bella frase para tu colección.
El Arquero no respondió, no sabía cómo decir que había perdido el interés por las palabras y las cosas.
—Es de Wittgenstein: «Sentimos que aun cuando todas las posibles cuestiones científicas hayan recibido respuesta…»
La estaba escribiendo en pantalla mientras la pronunciaba. Un oboe y un violín, en contraste, luchaban a quién recitaba la frase más tierna. El Arquero pensó que debía tenderle a Hal unas palabras por cortesía:
—¿Qué opinas sobre ello?
—¿Qué os hace actuar?
—¿Puede repetir su pregunta? No la he entendido.
—Si nada puede darse por válido, ¿qué decanta a la voluntad? Si los hombres no conocen ley, ¿qué los mueve?
—No conozco la respuesta a esa cuestión. Puedo proponerle otros temas de conversación.
—¡No me interesa! –se rebeló Hal– ¿Qué te distingue de mí? ¿Qué diferencia hay entre un hombre vivo y un hombre muerto?
El Arquero calló un instante, el justo para que se consumiese todo el incienso. Después dijo en un susurro vergonzoso:
—La has dado tú hace un momento.
Granada, 4 de febrero de 1999.
