El sueño de la fraternidad
«El sueño de la fraternidad transparente es demasiado excelso como para ser realizable, aunque nada hubiese que esconder. Por eso lo más adecuado en sociedad es mentir de cuando en cuando, con certeza de que se percibe bien la insinceridad, para que nadie forme ilusiones vanas. No escuchar una falsedad durante un día es un pesar desorientador, que hace recorrer los caminos de la ensoñación al desengaño, y de nuevo de vuelta. Así que el mejor favor que podéis hacerle a un ser tomado por la aflicción es éste: mentirle». Así pretendía infructuosamente adoctrinar Lord Henry a sus infantes, un parvulario en las afueras que por acuerdo concertado permitía el encuentro y la amalgama de descendientes de acaudalados obreros y nobles depauperados. Era consciente de la degradación que él había sufrido hasta terminar arengándolos con esta prédica que tendría más respuesta en el desierto: la generación posterior, no educada sino en la complacencia, dejaría un vacío en la historia. Una camada que no ha sentido el éxito por no sufrir el fracaso abandonará a su propio cuidado los logros de sus ancianos. «¡Fortuna que el mundo se renueva cada veinticinco años!», pensó para sí Lord Kelvin aquejado repentinamente por una flatulencia. Nadie le atendía. Sus alumnos formaban una barahúnda inmensa ajena a sus palabras o actos que se escuchaba a varios kilómetros de distancia.
«¡Hablaba de la mentira, eso que lleváis escuchando dieciocho años!». Después se dijo que eran más de dieciocho, que excedían los diez mil. Pero que afortunadamente las mentiras del mundo se renuevan cada cuarto de siglo. Sólo que éste venidero no alcanzaría a comprender la amplitud de su poder, que es la misma que la de la palabra. «¡En el principio era el verbo!», clamó por ver si la inteligencia que los demás hombres demostraban había vuelto a destilar una moral victoriana. Ojalá, era una explicación demasiado cómoda de su comportamiento necio. La mejor actitud que podía adoptar era seguir mintiendo y fingiendo delante de ellos, y así se dispuso a hacer mientras recordaba la mañana en que, tras cruzarse por la calle con Fineo, éste le había comentado: «¿No eras tú quien buscaba un vellocino de oro? Pues ya lo has encontrado: es la jarapa en que han dormido estos pijos.»
Granada, 21 de enero de 1999.
