El Arquero entristeció
«Échate hacia atrás, Gilgamés, toma una primera vara
y que las aguas de la muerte no toquen tu mano.
Toma, Gilgamés, una segunda, una tercera, una cuarta vara;
toma, Gilgamés, una quinta, una sexta, una séptima vara;
toma, Gilgamés, una octava, una novena, luego una décima vara;
toma, Gilgamés, una undécima vara, luego una duodécima…»
El Arquero entristeció. Los días que siguieron se emborracharon de grises hasta parecerse a una eterna tarde de domingo. Pero la enfermedad de la indolencia, que se propaga como la peor peste de estos últimos años del milenio, le sirvió de sangradura para que rezumase el caldo negruzco de la repulsión que le estaba envenenando. Un mal cura otro mal, un abismo llama a otro abismo al fragor de sus cascadas. Desde tiempos remotos Jayyam le ofreció una copa de vino y Gilgamés una mujer del gozo, y el Arquero no rehusó ambos deleites. Se embriagó con el alcohol esclarecedor de las palabras en las horas en las que la intranscendencia de la materia enjugaba las últimas pasiones de su espíritu. Y su mano, extendida en una postura ridícula a modo de brazo de alambique, concibió al fin nuevos consuelos para otras épocas.
Granada, 19 de diciembre de 1998.
