El Arquero contempló

El Arquero contempló una vez más los vacíos vertiginosos de la montaña, destripados de la roca por mano de titán en forma de una larga y serpenteante caída hasta las aguas del mar. Y un breve instante percibió también el volumen hueco de la historia en esas tierras. Hay en todo lugar muestra de que no existe relación entre altura y senectud físicas y de espíritu. Sonrió al recordar la vanidosa losa de Kurma que preserva un antiguo alquerque y se le encarnó en ese momento el Señor de las Moscas tomando la forma de un embutido local.
«¿Qué haces aquí solo? ¿No te doy miedo?», y el Arquero creyó ver detrás a Perseo sosteniendo la cabeza con el ojo rojizo y palpitante del Diablo. Dudó de sí, pudiera no ser tal, sino el ojo también rojizo y pacífico de un escorpión cargado de veneno para inyectarlo a la humanidad. «¿Por qué no te vas a jugar con los demás? Creen que estás chiflado». Quizás un corazón rojizo y latiente, que es parte del hombre. Acaso el sol poniente, sereno.
Un auto ruidoso conducido por Leopold Bloom pasó quebrando la alucinación jactanciosa. El Arquero se agachó, tomó una piedra y la lanzó al cristal trasero. No se llegó a romper. El hombre burgués continuó camino de su entierro. Los aires vacíos se enrarecían con el zumbido del tubo de escape, que había saturado las grietas y el instante en que el Señor de la Nada quiso discutir con el Arquero, aunque el ruido no produzca mella en la montaña. Ella, el mar y el cielo continuaron intactos durante generaciones, para hablarle a nadie con unas voces silenciosas y limpias en el examen amplio del tiempo.

Trevélez, 29 de diciembre de 1998.

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