El Arquero apuntaba
El Arquero apuntaba en la noche al centro de un sol orlado de rayos. Jesús, Ana, Fran y Rafa se adiestraban mientras en el juego de la reina de corazones, pero ni barajas ni dados ni piezas de ajedrez sirvieron nunca para atinar en las soluciones. La meta de un arquero no es ensartar la flecha en el centro, sino alcanzar el momento extático en el que se apunta, un instante eterno en que el mundo se ordena y el hombre se extiende a través de él. Toda acción precisa un paso de delirio, una elección infundada cuyas consecuencias anegan la vida entera. Antes del Delirio nada existe que merezca la pena: en el principio fue solo Él. Éste separó del caos los elementos, los ordenó y les dio sentido. Y era un delirio distinto para cada hombre. Sólo quien es capaz de volver atrás, al vacío, y escoger de nuevo una y otra vez su mundo conoce el nombre de su capital. Tal es quien, desinteresado por el rumbo de sus flechas, ha quedado atrapado por las constelaciones a las que apunta.
Granada, 7 de marzo de 1999.
