De la boca del endriago

De la boca del endriago, entre los dientes que rechinaban con saña, escapábanse palabras injuriosas contra los pueblos vasco, catalán, gallego, valenciano, canario, balear, andaluz y etc. También profería burdos insultos a los demás: españoles, franceses, ingleses y alemanes, y a las naciones surgidas de sus colonias, y a las naciones de nacionalidades, y a la Organización de las Naciones Unidas. Daba además silbos y voces roncas. Rosa empuñó su verde espada, se apeó del corcel asustado y le dijo a su hija que se apartase. Se acercó valerosamente a la bestia y la ensartó como un vulgar pincho aprovechando uno de los orificios de la nariz. En el lance el endriago tuvo ocasión de pasarle las uñas por la espalda y rasgarle la carne hasta las entrañas. Ella cogió de nuevo la espada y se la metió por la boca todas las veces que pudo hasta que vio que estaba muerto. Pero antes de entregar el alma salió de su boca el diablo, que huyó por el aire lanzando un trueno que puso espanto a las mujeres que estaban lejos en el castillo.
Restituida ya de sus casi fatales heridas, ha cambiado hoy su nombre Rose por el de Rosa y sus pensamientos han excavado memoria adentro hasta alcanzar una lengua arcana en la que expresarse. Pero sigue sintiendo en francés, como antes de su batalla feroz con el endriago, pese a que sus pies estén pisando España. No se ha transformado una mujer en otra, sino que ahora coexisten dos, y debería de llamarse en correspondencia con un plural; por ejemplo, Rosae (pido disculpas por la simpleza).
Hace casi dos siglos las tropas de Napoleón no conocían las agencias de viajes y tardaron un poco más en completar el mismo camino que ha realizado ella en su vuelta a casa, en una y otra dirección. Pero esto permitió que este país se embriagase bien con le charme de l’ennemi, la conquista tras la conquista, cogorza de un siglo de duración hasta que el whisky ha sustituido a la coñac. Su aureola coronará ahora a ojos de una Europa vieja a su descendencia en el Nuevo Mundo, que tras la lucha con el monstruo había llevado el cuerpo de su madre de vuelta al castillo. Allí dos jóvenes asistentes técnico-sanitarias la trataron con medicinas contra la ponzoña. En algún momento de la historia los hombres han creído sus destinos arrebatados por un endriago que se ha llamado nacionalismo, que finalmente llega a nacer merced a ese sentimiento de expropiación. Y las huevas de su prole son sustento para quienes no reclaman por padres sangre color de tinta.

Granada, 28 de octubre de 1998.

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