En la Estación del Sur de la metrópoli un Racer baila con amplios giros de su aguja roja a través de los segundos para habituar al llegado al nuevo ritmo que debe seguir. La velocidad en la ciudad no es una costumbre, sino una obligación, porque sólo deprisa ha podido ser construida, y sólo gracias a las carreras sin sentido de sus ciudadanos presume gozar de una juventud eterna. Todas las romas se alimentan del tiempo y las fuerzas de crédulos, de la sangre que le aportan las masas convencidas de que sus vidas no se romperán habiendo sido en vano, y ostentan en su anatomía orgullosas las venas que las cruzan construidas para su buena circulación, los huesos y la carne, los nervios, extremidades, lacrimales si se buscan, y crecen y mudan como cualquier bestia. Pero, también como los humanos, mueren cuando les llega la hora en el vacío sordo de la existencia. El reloj de la Estación Sur no marca el tiempo. Su movimiento es el tiempo mismo, igual que el transcurrir del gran reloj de la ciudad.
Las romas son lugares solitarios de tan llenos, desilusionados de tantas esperanzas, gastados y viejos de tanta novedad, y a ellas se dirigen todos los caminos, y por ellos los hombres, y con ellos los pensamientos. Una vez allí se cercioran de que la concentración no eleva sus cualidades. El cebo de la importancia y del futuro, no la ilustración, es lo que ha permitido a las ciudades aprisionar a los humanos y arrebatarles con su consentimiento el destino que no poseen. Fausto se deja si las calles son más anchas, los edificios más altos y los bancos más ricos; y si el comprador es de solera tal que posea título de príncipe, tras haber caído incluso, quizás sacrifique hasta su felicidad mundana. No tienen interés los paraísos, que de puro natural son insoportablemente aburridos, en contraste con los túneles profundos del metro, las calderas de las fábricas y el rojo de los neones. Ni la soledad del que contempla con la agitada compañía de quienes se soportan diariamente entre las sombras de los mismos edificios.
A quien quiera quemar Madrid: no es el primer David, que otros probaron a prender el benceno de sus imprentas, el óleo sobre sus lienzos o las maderas de sus casas. Y purificar así Babilonia, para que sucumba en una noche iluminada de grana por la antorcha de la Torre Picasso. Hacer crepitar las llamas cebadas por los árboles del jardín del Retiro. No es imposible, hay mucho que arde y mucho que prender por tanto, pero el reto es que solamente un nerón lo haga y lo disfrute. Tan complejo como el deseo del que después sería Arquero de dar muerte a los números. Se pueden quemar cien casas, pero no el número cien, porque la forma es anterior y posterior a la materia y no conoce tiempo ni vejez. Los hombres somos pensamiento inalterable, y las ciudades estructura, eternos aunque múltiples bajo ojos que sólo ven instantes de transcursos, como Josaías Nadie mostró esperando en andenes relativistas, y DELENDA DELENDA EST, y la materia tampoco se destruye, sino que cambia. ¿Quién podrá, díselo, Poeta? ¿Quién podrá quemar Madrid?
Madrid, 22 de febrero de 1999.