De tu pecho tomé, tierra,
una piedra (un corazón);
de las aguas de los ríos
un puño blanco;
el mar arrullaba tierno
de una frente la mitad;
pisé con mi pie otro pie
todo de cuarzo.
Compuse un hombre con ellos
altanero y poderoso:
el labio fruncía serio;
su mirar torvo
me asustó, y lo destruí.
(Creía conocer su nombre:
Ozymandias, rey de reyes,
polvo entre el polvo.)
Se hospeda estos días en la fonda, a dos habitaciones, una feliz pareja que sirviera a don Merlín el Mago y con la que guardo cierta amistad a raíz de un viaje que en las mientes se me enquistase hacer a Finisterre para celebrar un aquelarre que a la postre hubo de soslayar mi ausencia, pues por el camino de Quintás se desarticuló la volandera de una rueda de la calesa y fue menester hacer alto. Y nos alojáramos esa noche en el castillo de Belbís de no ser porque el desprendido hechicero nos hizo de su casa posada franca. Pues en fin, sus nombres son don Felipe y doña Manueliña, y les hace compaña un infante, o su espectro, pues al parecer sólo a mí me es manifiesto, que por las descripciones que he pintado me dicen debe ser Ramoncito, hijo difunto de ambos, y moran aquí para dos meses entrada la próxima semana. Cargaban con pocos bártulos, que su estancia no ambicionaba extensión semejante, sino sólo zanjar un papeleo de don Merlín, paisano inconfeso de esta comarca, pero la administración aquí es increíblemente morosa, en parte por el arrinconamiento al que está sometida, en parte por la desvariada burocracia local. Debido pues a lo dilatado de nuestras tardes, solemos darnos cita en su aposento para jugar unas manitas de cartas a la manera cristiana, es decir, no con las del tarot, como aquí es usanza, donde la gente reúne los arcanos mayores y el loco y dan la partida, sin importar de qué juego se hable, por ganada, y durante esas horas desvaídas que hacen de puente entre el té y el crepúsculo charlamos sobre trivialidades. Los tres adultos: Ramoncito juega en una esquina con la montera de su padre. (más…)