Archivo de la categoría ‘Prosa’

Rushd

Jueves, septiembre 17th, 2009

Viene de Veamos, dijo Rushd.

Rushd se encontraba enervado. Este tipo de discusiones, bien lo sabía él, persona de gran cultura, sólo servían para perder el tiempo.
— Si no sabe explicarlo puede que no sepa qué es.
El hombre levantó la barba.
— ¿Sabe usted mi nombre?
Rushd se sintió sorprendido, ¿iría a revelarlo ahora?
— No.
— Que no conozca usted mi nombre no quiere decir que no me conozca.

Continúa por La lluvia había cesado.

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Veamos, dijo Rushd

Domingo, septiembre 13th, 2009

Viene de Las gotas de lluvia.

—Veamos, –dijo Rushd empezándose a plantear el echar al inquilino de la tienda– usted, si no he entendido mal, ha venido a buscarme para referirme una idea, y quiere que yo le encuentre una palabra para expresarla, ¿no?
—Sí –respondió el otro sin apenas dudarlo.
Rushd lo escrutó con la mirada. La situación parecía propia de un cuento, y quizás por eso mismo empezaba a fascinarle. Apuró de un sorbo rápido su vaso e inquirió:
—¿Cuál es entonces ese pensamiento o esa idea?
El visitante cambió de repente la expresión de su rostro. Por un momento parecía haber cruzado un resplandor de satisfacción a su través, como si llevase toda la vida esperando aquel preciso instante. Después se sumió en un abismo de meditación. Transcurrió estando él en este estado todo un largo minuto. Rushd esperaba pacientemente, preguntándose hasta qué punto de compleja sería la idea aquella si necesitaba tanto tiempo para ordenarla en la cabeza. Tras un largo rato el hombre de las barbas se atrevió a decir:
—Verá, el problema es el siguiente. Yo he venido aquí pidiéndole palabras para expresar mis pensamientos. Pero claro, para que usted pueda conocerlos necesita de dichas palabras.

Continúa por Rushd.

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Las gotas de lluvia

Jueves, septiembre 10th, 2009

Las gotas de lluvia golpeaban con un ruido sordo y constante, como los redobles de un tambor, sobre la tela de la tienda. Rushd las escuchaba, prácticamente hipnotizado, mientras apuraba sin prisas las últimas gotas de la tetera. Un movimiento brusco del hombre de la barba corta lo devolvió al cálido espacio en el que estaban.
—Bueno, ¿para qué decía que había venido a verme? –le preguntó tratando de romper el silencio.
El personaje, cuyo nombre no había querido desvelar, no se apresuró a responder. Tras tomar un trago de té y humedecerse los labios pareció que por fin iba a hablar. Pero no, calló todavía unos segundos para, de repente, decir:
—Aunque le extrañe, vengo a hacer un intercambio.
Verdaderamente parecía extraño, ya que el sujeto no tenía ni mucho menos aspecto de comerciante. Rushd se temió lo peor, que lo que le hubiese traído acá fuera el pedirle la mano de su hija. Por fin el otro se animó a continuar:
— Vengo a traerle una idea a cambio de una palabra.

Continúa por Veamos, dijo Rushd.

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Últimamente me encuentro

Sábado, septiembre 5th, 2009

Últimamente me encuentro como más bonica. No es que yo sea guapa, Dios me perdone, cargo ya con demasiados años, y para ser guapa hay que ser joven. Es algo distinto, una especia de sentimiento. Me siento más aceptable, ésa es la palabra, más aceptable.
Cuando me asomo por las mañanas al espejo y contemplo largo rato esta cara, tan conocida como ninguna, y veo esos ojos, tan de niña, que son lo único que conservo perenne… Cuando me miro, decía, siento a veces vacío, temor incluso. Y me cuesta creer que yo fui un tiempo la moza que acudía a este mismo espejo para arreglarse para la fiesta del pueblo, o la mujer que se apañaba el pelo tras haber peinado a los niños. En este mismo espejo, tan viejo ya, tan roto. Ahora, cuando me asomo por las mañanas a él, no dejo de pasarme los dedos nudosos por las sienes, para palpar mis arrugas, siempre las mismas, como surcos de arado en un bancal. No me parecen feas. Después de tantos años de compañeras son tan cotidianas que no acierto a imaginarme sin ellas. Y cuando algún nieto me trae una foto de cuando no tenía tiempo más que para las faenas de la casa, la miro con tristeza sin poder reconocerme.
Sé que antes me molestaban las arrugas, y cada vez que me surgía una me irritaba, pero ahora ya no me preocupan. Al fin y al cabo soy vieja, qué importa que mi cara lo demuestre. Hasta lo prefiero más, casi; así no tengo que cuidarme de no aparentar mis años. Me he acostumbrado a esta cara, que no será la mejor, pero es mía. Y con eso me conformo: es mía; no hay quien me la quite. Quizás es por eso que me gusta. O vaya usted a saber. Lo cierto es que estos días estoy más feliz, me agrada todo. No importa por qué, el caso es que los huesos han dejado de dolerme, y ha salido el sol. Como si fuera ya verano. Hace frío con todo, pero a la noche. Las macetas ya se estaban atrofiando. A mí también me hacía falta el sol, como ellas yo también me estaba pudriendo. Con los inviernos que ha pasado una, cómo no van a resentírsele los huesos. Artritis me dijo don Julio que era. Y qué es eso, le pregunté yo, y me contó que era de la vejez. Todo lo malo que tiene una se lo achacan siempre a la edad. Hasta que un día la palme y me entierren bajo un puñado de tierra y digan “ahí descansa doña Restituta, Dios la acoja, que vivió muchos años”, y me olviden y ya no haya más de qué preocuparse.

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Eduardo salió confiado

Lunes, agosto 31st, 2009

Eduardo salió confiado de la casita. Remordimientos sólo tienen los idiotas. La calle desierta. Tardarían un par de semanas al menos en encontrarla. A partir de ahí… Dudaba si declarar haberla visitado. Qué incrustada la sangre asentada en los baldosines del baño. Quizás sí. No, mejor diría que le telefoneó. Pidiendo auxilio. No, que viniera; diciéndole simplemente que viniera. El coche, ¿dónde había dejado el coche? ¡Ah!, en la siguiente calle, apartado. Él entonces había acudido, no muy deprisa, sin darle demasiada importancia. Al fin y al cabo era sólo su exmujer. ¡Dios!, ¿no es aquél Juan Carlos? ¡Que no me vea! ¿Dónde me escondo? Bueno, bien pensado… No, que me vea, puede servir de coartada. Acércate a saludarle. Le cuentas eso. Que habías llegado y estaba la puerta cerrada. No había nadie. Ahí viene. Me ha reconocido. Pero no te precipites. Su cuerpo enterrado en el bosque… Trae cara… ¿de mofa? Viene riéndose, ¿no? Bueno, ya sabes, tú no has encontrado a nadie.
Buenos días, Juan Carlos. Buenos días, ¡cuánto hace que no te veo!, ¿dónde andas, Edu? En fin, haciendo chapuzas aquí y allá, pero dime, ¿qué te trae por aquí? Pues mira, resulta que es hasta gracioso. Sí, ya se te nota cara de risa, ¿qué es? Pues fíjate, curiosamente había recibido esta mañana, así como temprano, una llamada. Algún bromista, ¿no? Sí, eso pensé en un principio, pero mira tú por donde resultó ser de tu ex. Sudor, Eduardo, que no se note. ¿De Ana? Sí, suya. ¿Y qué te decía? Así, tranquilidad. Pues no sé, no comprendí muy bien. Yo creo que no estaría bien de la cabeza. Me decía, escucha bien, que la iban a matar, que viniese pronto. Yo, por supuesto, no le hice caso. Últimamente anda algo excitada por las transferencias de propiedad. De todos modos, una vez ha amanecido he decidido… No es posible, Eduardo, dime que no estás oyendo lo que oyes. No es posible, ¿cómo iba a saber…? Es absurdo, me ha recibido muy amablemente… Has metido la pata, hasta el fondo. No comprendo cómo, pero… Inventa algo, ¡rápido! …así que aquí estoy, para hacer una visita… Curiosa la historia, que no se te noten los nervios, precisamente a mí me ha pasado lo mismo. ¿Lo mismo? ¿Qué quieres decir? Bueno, lo mismo… También me ha llamado a mí, a eso de las cinco de la madrugada. Y… pues también he venido. Ah, y ¿cómo está? No sé, es decir, no está. Entonces la cosa puede ser grave, ¿no? Bueno, no tiene porqué, podría haberse marchado, pero… que ahí queda la cosa. Yo he estado llamando y no responde nadie. No sé si llamar a la policía o contarlo o… Silencio. Mira a un lado, al suelo, piensa. Parece que ha colado… ¡por los pelos! En fin, a ver si no surge otro contratiempo. ¿Pero cómo podía saber…? Estoy pensando, Eduardo… Verás… Puede que lo de las llamadas fuese algo serio, puede que no… Lo mejor que podemos hacer… Verás, lo mejor, creo, es no armar jaleo… Al fin y al cabo ni tú ni yo sabemos nada de esto, en nada seríamos de utilidad. Así que… Tienes razón, Juan Carlos, ¡Dios, suerte que tengo, bendita suerte!, verdaderamente tienes razón. Así nos dejamos de líos que sólo sirven para volver a uno loco, más como están las cosas. En fin, entonces, ¿hacemos eso? Sí, por supuesto. Me tiende la mano. Apretón. Bueno, nosotros no sabemos nada, ¿entendido? Sí, claro. Sigue adelante. Hasta otra. Adiós. Continúo. Alivio. Puedo respirar. En fin, esto parece increíble, sólo en una pesadilla pasan cosas así. El coche debe de estar en esta calle. Resulta que tiene manchas de barro en las ruedas. Lo tengo que limpiar. Las llaves. ¡Dios! ¿Qué es esto que tengo en las manos? ¿Sangre? Juraría… Sangre fresca, no puede ser… ¿Una herida? Mía no… ¿De Juan Carlos? Sí, eso será. Eso. ¡Basta! ¡A casa ahora mismo!
Por el pasillo entra levemente la luz. Todo sigue igual. Tal y como lo dejé. Bueno, a tomarme algo y lavar el coche. La mesita, tropiezo con ella. Pulsar el botón del contestador. La cocina. Hola, Edu, soy tu madre. Ésa es la llamada de ayer, se me olvidó borrarlo. Y que vengas por las fiestas. Refrigerador. Luz, cerveza. Eso, que no se te olvide. Un ruido áspero. Esto debe ser de esta mañana, no habrá nada. Destapo la lata. Edu, cariño, soy Ana. ¡Cielos, más no! Ya sé que no… que estamos separados, vamos. No te llamaría de no ser porque lo necesito. ¡Está muerta, maldita sea!, ¡que no se complique esto más! Es urgente, tienes que venir pronto. Verás… no espero que te lo creas pero, ¡por lo que más quieras, ven! Tengo el temor… tengo la sospecha de que Juan Carlos quiere matarme. No te pido que confíes en mí, pero, por favor, ven, no tengo a nadie más…

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