Archivo de la categoría ‘Prosa’

Yo aquí sólo veo algo marrón

Domingo, octubre 18th, 2009

«Yo aquí sólo veo algo marrón», pontifica el tercer personaje, bizco sobre la mesa, como si de una verdad revelada se tratase. Y encima, precisamente encima, una iglesia de pueblo, cercana esfera celeste, finito cielo, cuelga de algún dios aun menos metafísico. «Pero, ¿qué diablos quieres decir con marrón? Ten en cuenta, Carmelo,» y Abraham, ademán de mano a Rafa, pide silencio, «que ya estás usando la palabra marrón». El señor de postura aún desconocida (o sea, Rafa) intenta abrir la boca para definirse. «Pero no necesito la palabra para conocerlo», dice Carmelo. «¡Sí la necesitas!», y los pelos de Abraham se agitan. Rafa trata de meter las narices, pero se le apresura el otro que, de nuevo cara al tablero, asegura que él ve un color antes de asignarle un significante. Los rizos de Abraham se elevan como serpientes y sus ojos, de una esfericidad latente, palpitan ya clamando asesinato. Entiende entonces por fin el confundido Perseo que para el esteta la palabra palabra representa a su concepto concepto. A Rafa se le escapa un «pero…», mas ya Carmelo se apresura a extrapolar física a metafísica. «Yo veo antes que nada una mancha junto a otra…», «Vale, ya estás usando la palabra mancha, y la tienes en la cabeza. Más adelante, si quieres, le asocias sus fonemas correspondientes…». Rafa se ha resignado ya a no intervenir, y tiene su mirada pegada a la iglesia, quién sabe si orando por querer ser orador. «Bien, pero para inventar esa palabra yo tengo que abstraerla de…»

Debo reconocer que la discusión me divertía. La escuché una noche que bajé a las fiestas de Alhendín y, la verdad, nunca hubiese imaginado que iba a encontrar a tres personas, o a dos y media, situando la palabra al principio, en medio o al final del pensamiento. La respuesta, al fin y al cabo, es algo que no ofrece lugar a dudas. Bien saben quienes me conocen que para mí la palabra se encuentra claramente al principio. Pero eso es lo de menos, lo interesante de aquello era más que nada la situación: un periodista, un físico y un filólogo negándose a oír, ver y hablar. Me pareció bastante cómico. Por ello, y precisamente desde aquella noche, bajo todos los sábados por si acaso los volviera a encontrar, aunque siempre está aquello sin un alma. Siempre salvo el Sábado Santo, que viene mucha gente a verme. Pero eso son sólo beatas que no saben nada de religión.

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Cuando volvió a casa

Miércoles, octubre 14th, 2009

Cuando volvió a casa traía consigo dos hombres más:
-Ponnos vino y algo de comer.
Gloria se había llegado a la cocina para sacar la garrafa del vino y unos vasos de tubo. Mientras cortaba queso llegaban de la otra habitación las voces ebrias y destempladas, cuyos desvaríos vagamente se alcanzaban a comprender. Había mandado acostar a la niña. El padre le había negado salir esa noche y se había quedado con ella a ver la tele. Cuando oyó el jolgorio en la escalera se apresuró a enviarla a la cama. Gloria entró en el salón con el plato en la mano. Hablaban sin tabús de sexo. Su marido se jactaba del número de veces que hacía el amor a la semana.
-¿No es cierto?
-Sí -asintió Gloria, avergonzada por las miradas de los demás.
Hablaría con él mañana, ése no era el momento de discutir. Al día siguiente se mostraba comprensible y resultaba fácil manejarlo. Volvió por los vasos de vino. Bastaba esperar. Lo había vivido antes, en no más de media hora se marcharían. Después acostaría al marido; como mucho limpiar algún vómito.
-Lo que tienes que hacer es llevártela al huerto -le decía al soltero- y le haces un hijo, para que tenga con qué entretenerse.
Gloria se apartó al rincón tras la puerta sin perder atención, haciendo rodar la alianza sobre su dedo.
-¿Es que te faltan cojones, hombre?
Le hubiese gustado acabar de ver la película: había apagado el televisor cuando debía de estar terminando.
-¡Pues la callas de una bofetada!
Al ir a hacer el gesto cayó el vaso al suelo. Gloria acudió presta a limpiarlo y él la agarró con rudeza del antebrazo.
-Esta noche te follo.
No supo después explicar cómo sucedió todo. Le hundió el cristal roto que sostenía en la cuenca de un ojo. Chilló, y sangre como vino tinto fluyó en abundancia.

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Blues

Viernes, octubre 9th, 2009

Si de fondo dos mujeres se esfuerzan por atravesarnos con sus cuerpos hendidos uno detrás del otro, de este lado del grupo se está más ligero, alejados de la barra, acompañando los golpes de la música con disimulados tamborilleos del pies. La cerveza de R. chispea en su mano con luces de azufre. Después de darle un sorbo violento la abandona con indiferencia a la derecha, entre tubos vacíos y desordenados de deslizantes posos blancos. Le pido entonces con un gesto un cigarro al tiempo que miro detrás de él. Acaban de entrar I. y su amigo, cuyo nombre no puedo recordar. Saludan a la peña; a A., que ha perdido el mutismo con el que estudiaba los focos verdes, rojos, azules de la barra. Mientras fuerza la voz a los oídos circundantes una figura lo tapa y se nos acerca mostrando una sonrisa tendida a H. Avanzando ésta reaparece I., que enarca las cejas hacia acá al localizarnos. R. y yo levantamos la mano en respuesta, con un cigarrillo interpuesto que luego me llevo con pereza a la boca. Tengo que buscar el encendedor; temo que esté en la cazadora vaquera, debajo de todos los abrigos tendidos sobre la silla. La parte del grupo recostada en la barra está dejando paso con pesado constreñimiento a tres que se largan. Finalmente aparece el mechero bajo la carga heterogénea que descansa en mis bolsillos. Antes de que me estalle la llama, demasiado elevada, S. está atendiendo la labia de H., acumulando progresivamente una carcajada en su cara. Tras intentar encender por segunda vez con cuidado de que no pase lo mismo doy una calada suave y rápida y me aproximo a ellos para escucharlos. Habla S. en una lengua ininteligible desde el otro lado de la música. H. agita acompasadamente la cerveza. Todo mudo como en la película que se proyecta en un televisor del otro lado del local, de boxeadores que vizquean cuando les plantan los morros las novias para escapar después gritando hurras yanquis. Debajo del aparato las dos mujeres parlotean sentadas a una mesa, comprimida la delgadez de una de ellas en su vestido negro. R. a mi oído me comenta que existe otra versión en español del Sweet Home Alabama. Sólo entonces advierto que es lo que está sonando. Mientras le escucho me pregunto qué buscará con tanto afán J. L. por los techos. Evidentemente no trata de Alabama, sino de otro lugar. Se estira para recoger la cerveza rodeando en el intento a S., que, entregada hasta entonces a la conversación, le pregunta ahora a R. si usa colonia. H. se apresura a decir cuál, con tono no se sabe si cómico o despectivo. Al cuestionarme si llevo yo hago un mal chiste para no responder. R. termina los dedos que le quedaban en el tubo y lo suelta donde estaba. El aire entero está envuelto en una niebla de tabaco detrás de la cual se puede ver a J. L. y M. C. separados por la grave distancia de un paso. El estribillo, que se repite muy seguidamente, indica que la canción se acaba. Intento con dificultad dar una calada honda y me vuelvo para ver qué pasa con S. (2), que ha permanecido desde que llegamos tirado en una silla. Me levanta la cabeza con los párpados a medio cerrar y adopta una sonrisa que le hace cerrarlos definitivamente por completo. R. me pregunta si nos vamos. Le digo que cuando él quiera, sin prisas, pero antes de que acabe la frase unas notas de Jimi Hendrix han decidido por su parte. Hasta que termine, me dice. Bien, J. L. la tararea. En la pared de enfrente, guardando la puerta de la cocina a la barra, cuelga el cráneo de un animal. Distinto del de búfalo, que está en el lado opuesto. Voy siguiendo el ritmo con la mano izquierda, unida por el dedo pulgar al bolsillo del pantalón. En la disposición espontánea que hemos adoptado, A. e I. conversan en un extremo, separados del grueso del grupo. Escindidos también R., H. y yo aquí, tapando a un S. (2) que duerme a nuestras espaldas la borrachera. Casi. J. L. alza el tubo a R., que ha empezado a agitar con timidez el cuello al entrar el ritmo. En la guitarra eléctrica se suceden ahora las notas con vertiginosidad. Las luces tricolores le dan un brillo falso, teatral, a la barra. Mientras retengo el humo que le he sacado al cigarro me dedico a pasear la vista por las botellas de la pared. Lo expulso alternadamente por la boca y la nariz al ambiente algo cargado. Me paro en una de whisky con reflejos oscuros y el humo pasa raspándome los ojos. S. se ha ido a paso lento con M. C., adelantando por la izquierda a la silla de los abrigos. Después de dudar si prescindir o no de las gafas me las dejos puestas pasándome el dedo con cuidado por el párpado. R. me refiere ahora la variación de Jimi Hendrix sobre el himno de los Estados Unidos. Tras unos segundos de pausa en los que busca a alguien entre las cabezas le echa una ojeada al reloj y me dice que va a avisar a A., que evidentemente se viene, que no ha dormido esta noche pasada. H. se ha puesto a hablar con una mujer que desconozco así que, tras un instante de duda, me vuelvo para intentar mantener una conversación seria con S. (2). La mujer de la mesa mira hacia acá con extrañeza mientras la de negro la desafía verbalmente. S. (2) me pregunta qué pasa, disparando con el mentón a R. Le digo que nos vamos y él gira el cuello estirando un no de desagrado. Se está aquí muy cómodo. Sí, le respondo. Él deja caer el codo derecho como muestra en el respaldo de una silla. A lo lejos la mujer de negro agota el último trago. Sin saber qué hacer tomo una silla con ciertos problemas de coordinación a la hora de aguantar el cigarro para ajustársela a S. (2) bajo el otro brazo. ¿Mejor? Sí, supongo, S. gruñe. Al girarme veo que la gente está recogiendo sus abrigos. Aplasto el cigarro con la bota y me decido entonces a acercarme, para despedirme al menos de I. Tropiezo con el L. en el acto. Con pasos entrecortados me llego entonces hasta donde R. está comentando con A. algo. Debo suponer que ha pagado porque me dice que nos vamos todos y que está fuera. Le pido que me espere retorciéndome a salvar al cazadora vaquera, que doblo sobre el antebrazo. En tanto, pronuncio un hasta otra a I. solapado con el de R., y encaro sin pausa a la puerta. Arriba una pieza sucede a la anterior. Sin mucho atropello porque el local no está ya tan copado lo atravesamos y salgo afuera recolocándome las gafas. El silencioso frío de la calle, que parece contagiar a las luces, me despierta. Respiro hondo y extiendo la cazadora para ponérmela. Dentro las dos mujeres que charlaban bajo el televisor deben de estar pensando también irse. Toman sin dejar de hablar el paquete de tabaco recostado en la mesa y se deciden a hacerlo confirmándolo con un gesto. Mientras se levantan la una saca una agenda del bolso al tiempo que le pregunta a la otra, la de negro, qué noche piensan volver a salir.

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Nacho tenía sólo cinco años

Miércoles, septiembre 30th, 2009

Nacho tenía sólo cinco años cuando urdió su primera conspiración contra la familia. Lo recuerdo bien, y cuanto más medito sobre ello, más seguro estoy de que mi hermano no era un chaval normal. Aun más, se podría afirmar que poseía un don o una rara habilidad para conocer los defectos de quienes le rodeaban. Parecía penetrar con su mirada en lo más profundo de las almas y robarles sus secretos.
Faltaban unos meses para el otoño cuando sucedió aquello a lo que quería referirme. A su corta edad Nacho era tan consciente como cualquiera de nosotros de todo lo que sucedía a su alrededor. Pedro y yo debíamos de estar peleados con él, aunque ahora no recuerdo el motivo. Su venganza se realizó así: a la noche, al llegar papá del trabajo, descubrió que la botella del whisky estaba casi vacía. A mi hermano y a mí nos costó trabajo defendernos de sus acusaciones; especialmente a mí, que ya había tenido una riña con él por el mismo asunto. Sea como fuere, Pedro le descubrió el ardid, pero Nacho no sólo no se amilanó, sino que acudió a los brazos de mi padre (nuestro padre) testimoniando haberle visto vaciar el whisky en otra botella.
Si todo hubiera quedado ahí carecería de importancia, pero conforme Nacho fue creciendo fue haciéndose también más peligroso. No era malvado, pero sí lo suficientemente astuto como para no permitir que nadie interfiriera en sus intereses. Y no hacía falta estar metido en algo sucio para verse acosado por sus amenazas, mi hermano encontraba pruebas para sus progenitores debajo de las piedras. Incluso a ellos comenzó a dominarles. Estaba yo ya en la universidad cuando un día presencié una escena que nunca olvidaré. Mi padre quería castigarle quitándole la paga y Nacho lo amenazó con la promesa de mostrarle a mamá la grabación de dos llamadas telefónicas de él hablando con su amante. Mi padre se pasó toda la mañana siguiente registrando su habitación, sin encontrar nada. Probablemente la grabación nunca hubiese existido, pero descubrimos una nota, arrugada, que acompañaba al reloj que la amiga de mi padre le regaló a éste por su cumpleaños.
Así hasta que una tarde, estando yo en la oficina, mi esposa abrió la puerta a unos policías que acudían buscando información sobre Nacho. Junto con otras tres personas había dado asalto a un furgón blindado cargado de dinero. Apareció en todos los periódicos como el robo del año. Todo hubiera salido perfecto de no ser porque alguien dio el chivatazo. Se cogió a dos de ellos, y mi hermano (sus restos) apareció calcinado en un coche-bomba. Se le pudo reconocer, qué cosas, por las muelas que tenía empastadas.
Yo siempre me había resistido a creer que aquel robo fuese obra de mi hermano. No porque lo creyese un hombre honrado, no. Lo que me hacía dudar era lo defectuoso del asalto. Mi hermano nunca hubiera, por ejemplo, dado su verdadera identidad a sus cómplices. A no ser que… Ayer, al abrir el buzón, encontré una carta suya. Me desea suerte y me pide ayuda.

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La lluvia había cesado

Jueves, septiembre 24th, 2009

Viene de Rushd.

La lluvia había cesado fuera. Rushd abrió la tienda para que entrase el aire húmedo.
—Una posibilidad sería que yo le fuese diciendo palabras hasta que alguna coincidiese con su idea.
—No, –dijo seguro de sí el hombre de la barba– imposible. Quiero decir, yo he necesitado años y años para entenderla bien. A no ser que casualmente fuese una de las que primero mencionase usted podríamos morir antes de encontrarle una palabra.
—Sí, tiene razón –respondió Rushd–. Además, el problema es que no conoce el término que expresa la idea, así que, aunque se la dijera yo, usted no podría entenderla.
Aquello pareció dar al traste con todo lo que tuviesen en mente. Se sumieron ambos en una inquietud callada que parecía no terminar nunca. Los posos de té en las tazas se volvieron barro, y después tierra. Pasó un día, y otro, el polvo se asentó en los objetos y los muebles empezaron a agrietarse. Los dos hombres, como dos figuras de cera, inmóviles, con los ojos en un horizonte inexistente, con la mente en un horizonte quizás inexistente, sucumbieron a un eterno silencio.
Un día, un día más de tantos como aquellos, el hombre de las barbas decidió moverse. Se desentumeció, estiró su cuerpo y, por fin, se levantó de su lugar. Después, tranquilamente, se acercó al otro. No dijo una palabra, sólo lo cogió por el brazo, lo miró a los ojos y le ayudó a incorporarse. Después lo sacó de la tienda para llevarle a un río cercano. Ya en su orilla aguardaron pacientemente viendo correr las aguas, con el sol rielando en cada curva. Al poco lo apartó del río para llevarle a un bosque cercano. En él quedaron ambos largo tiempo contemplando el volar de las nubes y los pájaros, recostadas sus alas sobre el viento. Después lo apartó del bosque para llevarle a una montaña cercana. Allí permanecieron largo tiempo viendo caer las hojas, una miríada de hojas en descenso. Y los animales procurándose el alimento, y la hierba crecer. Y el sol ponerse una y otra, y otra vez. Y llegar el invierno.
Rushd entendió entonces. Comprendió, como había hecho el otro, lo que había de común en todo aquello. Y después quiso callar. Porque, aunque bien sabía él que había una torpe denominación para ello, muchas palabras en distintos idiomas que pretendían cercarlo, aunque bien sabía que no existía un pueblo, una tribu, una sola persona que no hubiese intuido esa idea y escogido un conjunto de sonidos para representarla, no sólo era algo innecesario, insuficiente, sino que aquel ridículo sustituto únicamente podía servir para desvirtuarla.

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Rushd

Jueves, septiembre 17th, 2009

Viene de Veamos, dijo Rushd.

Rushd se encontraba enervado. Este tipo de discusiones, bien lo sabía él, persona de gran cultura, sólo servían para perder el tiempo.
— Si no sabe explicarlo puede que no sepa qué es.
El hombre levantó la barba.
— ¿Sabe usted mi nombre?
Rushd se sintió sorprendido, ¿iría a revelarlo ahora?
— No.
— Que no conozca usted mi nombre no quiere decir que no me conozca.

Continúa por La lluvia había cesado.

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