Si de fondo dos mujeres se esfuerzan por atravesarnos con sus cuerpos hendidos uno detrás del otro, de este lado del grupo se está más ligero, alejados de la barra, acompañando los golpes de la música con disimulados tamborilleos del pies. La cerveza de R. chispea en su mano con luces de azufre. Después de darle un sorbo violento la abandona con indiferencia a la derecha, entre tubos vacíos y desordenados de deslizantes posos blancos. Le pido entonces con un gesto un cigarro al tiempo que miro detrás de él. Acaban de entrar I. y su amigo, cuyo nombre no puedo recordar. Saludan a la peña; a A., que ha perdido el mutismo con el que estudiaba los focos verdes, rojos, azules de la barra. Mientras fuerza la voz a los oídos circundantes una figura lo tapa y se nos acerca mostrando una sonrisa tendida a H. Avanzando ésta reaparece I., que enarca las cejas hacia acá al localizarnos. R. y yo levantamos la mano en respuesta, con un cigarrillo interpuesto que luego me llevo con pereza a la boca. Tengo que buscar el encendedor; temo que esté en la cazadora vaquera, debajo de todos los abrigos tendidos sobre la silla. La parte del grupo recostada en la barra está dejando paso con pesado constreñimiento a tres que se largan. Finalmente aparece el mechero bajo la carga heterogénea que descansa en mis bolsillos. Antes de que me estalle la llama, demasiado elevada, S. está atendiendo la labia de H., acumulando progresivamente una carcajada en su cara. Tras intentar encender por segunda vez con cuidado de que no pase lo mismo doy una calada suave y rápida y me aproximo a ellos para escucharlos. Habla S. en una lengua ininteligible desde el otro lado de la música. H. agita acompasadamente la cerveza. Todo mudo como en la película que se proyecta en un televisor del otro lado del local, de boxeadores que vizquean cuando les plantan los morros las novias para escapar después gritando hurras yanquis. Debajo del aparato las dos mujeres parlotean sentadas a una mesa, comprimida la delgadez de una de ellas en su vestido negro. R. a mi oído me comenta que existe otra versión en español del Sweet Home Alabama. Sólo entonces advierto que es lo que está sonando. Mientras le escucho me pregunto qué buscará con tanto afán J. L. por los techos. Evidentemente no trata de Alabama, sino de otro lugar. Se estira para recoger la cerveza rodeando en el intento a S., que, entregada hasta entonces a la conversación, le pregunta ahora a R. si usa colonia. H. se apresura a decir cuál, con tono no se sabe si cómico o despectivo. Al cuestionarme si llevo yo hago un mal chiste para no responder. R. termina los dedos que le quedaban en el tubo y lo suelta donde estaba. El aire entero está envuelto en una niebla de tabaco detrás de la cual se puede ver a J. L. y M. C. separados por la grave distancia de un paso. El estribillo, que se repite muy seguidamente, indica que la canción se acaba. Intento con dificultad dar una calada honda y me vuelvo para ver qué pasa con S. (2), que ha permanecido desde que llegamos tirado en una silla. Me levanta la cabeza con los párpados a medio cerrar y adopta una sonrisa que le hace cerrarlos definitivamente por completo. R. me pregunta si nos vamos. Le digo que cuando él quiera, sin prisas, pero antes de que acabe la frase unas notas de Jimi Hendrix han decidido por su parte. Hasta que termine, me dice. Bien, J. L. la tararea. En la pared de enfrente, guardando la puerta de la cocina a la barra, cuelga el cráneo de un animal. Distinto del de búfalo, que está en el lado opuesto. Voy siguiendo el ritmo con la mano izquierda, unida por el dedo pulgar al bolsillo del pantalón. En la disposición espontánea que hemos adoptado, A. e I. conversan en un extremo, separados del grueso del grupo. Escindidos también R., H. y yo aquí, tapando a un S. (2) que duerme a nuestras espaldas la borrachera. Casi. J. L. alza el tubo a R., que ha empezado a agitar con timidez el cuello al entrar el ritmo. En la guitarra eléctrica se suceden ahora las notas con vertiginosidad. Las luces tricolores le dan un brillo falso, teatral, a la barra. Mientras retengo el humo que le he sacado al cigarro me dedico a pasear la vista por las botellas de la pared. Lo expulso alternadamente por la boca y la nariz al ambiente algo cargado. Me paro en una de whisky con reflejos oscuros y el humo pasa raspándome los ojos. S. se ha ido a paso lento con M. C., adelantando por la izquierda a la silla de los abrigos. Después de dudar si prescindir o no de las gafas me las dejos puestas pasándome el dedo con cuidado por el párpado. R. me refiere ahora la variación de Jimi Hendrix sobre el himno de los Estados Unidos. Tras unos segundos de pausa en los que busca a alguien entre las cabezas le echa una ojeada al reloj y me dice que va a avisar a A., que evidentemente se viene, que no ha dormido esta noche pasada. H. se ha puesto a hablar con una mujer que desconozco así que, tras un instante de duda, me vuelvo para intentar mantener una conversación seria con S. (2). La mujer de la mesa mira hacia acá con extrañeza mientras la de negro la desafía verbalmente. S. (2) me pregunta qué pasa, disparando con el mentón a R. Le digo que nos vamos y él gira el cuello estirando un no de desagrado. Se está aquí muy cómodo. Sí, le respondo. Él deja caer el codo derecho como muestra en el respaldo de una silla. A lo lejos la mujer de negro agota el último trago. Sin saber qué hacer tomo una silla con ciertos problemas de coordinación a la hora de aguantar el cigarro para ajustársela a S. (2) bajo el otro brazo. ¿Mejor? Sí, supongo, S. gruñe. Al girarme veo que la gente está recogiendo sus abrigos. Aplasto el cigarro con la bota y me decido entonces a acercarme, para despedirme al menos de I. Tropiezo con el L. en el acto. Con pasos entrecortados me llego entonces hasta donde R. está comentando con A. algo. Debo suponer que ha pagado porque me dice que nos vamos todos y que está fuera. Le pido que me espere retorciéndome a salvar al cazadora vaquera, que doblo sobre el antebrazo. En tanto, pronuncio un hasta otra a I. solapado con el de R., y encaro sin pausa a la puerta. Arriba una pieza sucede a la anterior. Sin mucho atropello porque el local no está ya tan copado lo atravesamos y salgo afuera recolocándome las gafas. El silencioso frío de la calle, que parece contagiar a las luces, me despierta. Respiro hondo y extiendo la cazadora para ponérmela. Dentro las dos mujeres que charlaban bajo el televisor deben de estar pensando también irse. Toman sin dejar de hablar el paquete de tabaco recostado en la mesa y se deciden a hacerlo confirmándolo con un gesto. Mientras se levantan la una saca una agenda del bolso al tiempo que le pregunta a la otra, la de negro, qué noche piensan volver a salir.