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Dio Cassius

Jueves, enero 14th, 2010

Dio Cassius Cocceianus, historiador y senador de la Antigua Roma, acometió a comienzos del siglo III la tarea de escribir una Historia de Roma compuesta por 83 libros, que hoy se conserva sólo parcialmente. En el número 37, ya relatando los últimos hechos de la República, se detiene a dar un par de curiosas explicaciones al orden de los días de la semana, que a continuación intento traducir:

La práctica de relacionar los días con las sietes estrellas denominadas planetas fue instituida por los egipcios, pero se ha extendido a todo el mundo, aunque su adopción ha sido comparativamente reciente; al menos los antiguos griegos la desconocían, hasta donde yo sé. Pero puesto que hoy es de uso generalizado incluso entre los romanos, me gustaría anotar algo sobre ello, indicando cómo y de qué forma han sido organizados. He oído dos explicaciones, cuya comprensión es sencilla, cierto, aunque involucran ciertas teorías. Si se aplica el llamado “principio del tetracorde” (que se considera constituye la base de la música) a estas estrellas, por el cual el universo entero se divide en intervalos regulares, en el orden en el que cada una gira, y se comienza por la órbita más externa, asignada a Saturno, se omiten los siguientes dos nombres de dioses hasta la cuarta, y después se saltan otros dos para alcanzar la séptima, y entonces se regresa y se repite el proceso con las órbitas y divinidades que las presiden del mismo modo, asignándolas a cada uno de los días, se descubre que todos éstos se arreglan de acuerdo a cierto tipo de conexión musical con la disposición celeste.
Ésta es una de las explicaciones dadas; la otra es como sigue. Si se comienza en el amanecer a contar las horas del día y de la noche, y se asigna la primera a Saturno, la segunda a Júpiter, la tercera a Marte, la cuarta al Sol, la quinta a Venus, la sexta a Mercurio y la séptima a la Luna, de acuerdo con el orden de los ciclos egipcios, y se repite el proceso, se descubre que la primera hora del siguiente día corresponde al Sol. Y si se continúa con la operación con las siguientes 24 horas del mismo modo, se le dedicará la primera hora del tercer día a la Luna; y si se procede similarmente con el resto, cada día recibirá su dios apropiado.

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Otro fin del mundo

Jueves, septiembre 1st, 2005

Para los descontentos con el decepcionante fin de la humanidad que vivimos en el cambio de milenio, decirles que la siguiente cita apocalíptica es dentro de siete años y nos la brinda con desenfado el calendario maya. Según una de las varias correlaciones existentes entre el perteneciente a esta cultura y el nuestro, la cuenta larga alcanza su final (o inicia un nuevo ciclo) el 23 de diciembre de 2012. Y para quien esté más interesado en conocer qué es la cuenta larga o choltun que en difundir profecías, sigue una explicación.
Los mayas, como es sabido, desarrollaron un interesante sistema de numeración posicional, con dígito para el cero, basado en el número 20. Y, asociado a él hasta el punto de no saber si sus conocimientos matemáticos se subordinaban a los astronómicos o viceversa, un calendario bastante preciso. Aunque habría que decir que usaban en realidad tres sistemas para fijar la fecha. El que poseía un ciclo más breve era el tzolkin, lo que podríamos denominar calendario religioso, pues se usaba para las ceremonias y el pronóstico de las lluvias. Estaba constituido por trece meses de 20 días, lo que hace que se repitiese cada 260 jornadas. Se nombraba a los individuos según su fecha de nacimiento, y no se autorizaba a las parejas a casarse si sus cumpleaños tenían el mismo guarismo.
Además de este calendario, la cultura maya seguía un calendario solar compuesto de cinco meses y cinco días más, el haab. Hay que hacer notar que aunque contaban con base 20, las cifras se componían agregando puntos hasta formar grupos de cinco, número que tenía también cierto significado mágico. Estos 18 meses de 20 días más los cinco adicionales, que se consideraban de mal agüero y no se tenían en cuenta en las cronologías, aunque sí en la fecha, hacen un total de 365. Los dos ciclos mencionados, el sagrado y el impreciso, coincidían cada 18980 días (casi 52 años nuestros), lo que se ha dado en llamar calendario circular.
Como ejemplo de sus preocupaciones astronómicas, comentar su empeño por predecir un hecho para ellos de importancia vital y muy temido: la reaparición de Venus en el horizonte tras un tiempo de invisibilidad. Lograron hacerlo con una precisión el orden de un día en quinientos años, lo que sólo se ha conseguido en la astronomía europea en los tiempos modernos. Las tablas que elaboraron están recogidas en el códice Dresden.
Probablemente la necesidad de realizar cálculos sobre fechas, así como su compulsión a datar los acontecimientos, en un sistema que no poseía fracciones ni números negativos, hizo que a los mayas un periodo como el calendario circular les pareciera insuficiente. Inventaron entonces la cuenta larga. Cada veinte días (kin) constituyen, como se ha dicho, un mes (uinal). Un tun está formado por 18 meses y se aproxima al año; 20 tun componen un katun y 20 katun hacen un baktun. Ese gran ciclo de 144000 días es lo que se denomina choltum o cuenta larga, que comenzaba a contar a partir de un inicio convencional situado, se cree (los historiadores discrepan sobre el inicio y fin de este periodo en un margen de unos 500 años), el 10 de agosto de 3113 a.C.

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Te llamaré Viernes

Lunes, julio 25th, 2005

En este punto de la serie de artículos dedicada a los calendarios puede interesar detenerse a estudiar el origen de los nombres asignados a distintos periodos del nuestro, que proceden en su mayoría, como cabría esperar, del calendario romano o juliano. La mitología lo atribuye a Rómulo, y originalmente constaba de diez meses que se iniciaban con el equinoccio vernal, aproximadamente nuestro 21 de marzo, con la duración de un ciclo lunar. Sobraba un largo periodo entre el último mes, decembris, y el inicio del año siguiente de excaso interés para la agricultura que no contabilizaba el calendario. Se atribuye a Numa Pompilius, en torno al 713 a.C., el añadir los meses de enero y febrero y fijar la duración del mes en 30 días. Circunstancialmente se agregaba un mes adicional para ajustar el inicio del año, llamado mercedinus en referencia a pagos de rentas.
Los nombres de los meses tal y como los conoció Julio César eran:

  • Martius, en honor a Marte.
  • Aprilis, del verbo aperire, en alusión a la apertura de la primavera.
  • Maius, por Maya, diosa de los cultivos, cuyas fiestas aún se celebran en muchos pueblos de Europa el primer día del mes.
  • Iunius, dedicado a Juno; unos pocos autores sostienen que deriva de iuniores, jóvenes, y “mayo” de maiores, mayores.
  • Quintilus, Sextilus, Septembris, Octobris, Novembris, Decembris.
  • Ianuarius, en honor a Jano.
  • Februarius, de las fiestas de purificación denominadas februa, antecesoras de nuestros carnavales.
  • La palabra “mes”, por cierto, deriva de mensis, medida.

    Respecto a la semana, sus nombres son más evidentes: los cinco primeros días se refieren a la Luna, Marte, Mercurio, Júpiter y Venus. Los dos últimos se dedicaban a Saturno y el Sol, pero por influencia cristiana se adoptó “sábado” (sabath) y “domingo” (diem dominium, día del Señor). El orden se debe a una tradición astrológica egipcia que dedicaba cada hora a un planeta conocido según la distancia a la que se entendía que estaban, secuencia que da lugar a un ciclo de siete días iniciados con los nombres por los que se conocen.

    Las denominaciones sajonas de los nombres aún reservan el sábado para saturno y el domingo para el sol. No obstante, “martes”, “miércoles”, “jueves” y “viernes” derivan de Tyr, Woden (Odín, padre de Tyr), Thor y Freyja, correspondientes nórdicos de los dioses romanos.

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