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  • 24Jul

    De El tiempo en la historia, de G.J. Whitrow:
    Antes, los romanos habían intentado sincronizar su calendario civil, que como muchos calendarios antiguos estaba basado en la luna, con el año astronómico basado en el sol, adoptando un sistema que exigía un mes adicional o intercalado cada dos años. Como la duración de este mes no fue determinada por una regla precisa, se dejaba al criterio de los pontífices, quienes con frecuencia abusaban de su poder para fines políticos. Al manipular el número de días del mes que se intercalaba, podían prolongar el plazo de un cargo o adelantar una elección, lo que supuso que en época de Julio César el año civil estuviera unos tres meses desfasado con respecto al año astronómico, en virtud de lo cual los meses de invierno caían en otoño y el equinoccio de primavera tenía lugar en invierno.

    Aconsejado por el astrónomo griego Sosígenes, César ordenó que, para corregir esta anomalía, el año 46 constase de 445 días. Esto hizo que fuera denominado “el año de la confusión”, pero su objeto era poner fin a la confusión. También abolió el año lunar y el mes intercalado, y basó su calendario enteramente en el sol. Fijó el año verdadero en 365 días y 1/4, y al introducir el año bisiesto de 366 cada cuatro años, el año civil ordinario constaba de 365 días. Ordenó que enero, marzo, mayo, julio, septiembre y noviembre debían tener 31 días y el resto de los meses 30, excepto febrero que tendría normalmente 29, aunque 30 los años bisiestos. Por desgracia, el año 7 este correcto arreglo fue alterado por Augusto, al cambiar de nombre el mes sextilis [anteriormente el año comenzaba en marzo] por el suyo (creía que ése era su mes de la suerte) y asignarle el mismo número de días que el mes precedente, cuyo nombre había sido cambiado por el de su asesinado tío abuelo, Marco Antonio [No sé si es un error de traducción: por iniciativa de Marco Antonio se cambió el nombre del mes quintilis por julio, en honor a César]. Así pues, se arrebató un día a febrero y se pasó a agosto. Para evitar que se sucedieran tres meses de 31 días consecutivos, septiembre y noviembre se redujeron a 30 días y octubre y diciembre se aumentaron a 31. Para honrar al más sobresaliente de los emperadores romanos, se redujo un arreglo metódico a un ilógico embrollo que mucha gente encuentra difícil de recordar, pero que en el transcurso de 2000 años se ha impuesto con éxito en la mayor parte del mundo.

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  • 08Jul

    Otto Neugebauer, a propósito de la astronomía egipcia, dice en “The Exact Sciences in Antiquity” lo siguiente:
    Only in one point does the Egyptian tradition show a very beneficial influence, that is, in the use of the Egyptian calendar by the Hellenistic astronomers. This calendar is, indeed, the only intelligent calendar which ever existed in human history

    El año civil egipcio estaba constituido por doce meses de exactamente 30 días más cinco días denominados epagómenos que se agregaban al terminar dicho ciclo. Se distinguían tres estaciones de cuatro meses cada una: Akhet, Peret y Shemú, que se asociaban a época de la inundación, la siembra y la cosecha. El año tenía pues 365 días, lo que hace que cada cuatro años perdiesen aproximadamente un día con respecto al año astronómico (el que corresponde a nuestros años bisiestos). Esta diferencia se observó muy tempranamente, lo que llevó a la introducción el denominado año sotíaco, que comenzaba cuando la última estrella en aparecer sobre el horizonte era Sirio (Sothis, o la estrella perro), momento aproximado en que el Nilo comenzaba su crecida. Es fácil calcular que ambos calendarios coincidían una vez cada 1460 años, lo que se conoce por periodo sotíaco o de Menophres. H.E. Winlock fija el establecimiento de ambos calendarios en el 2773 a.C., época en la que coinciden, por parte de Imhotep, ministro del rey Zóser de la III dinastía, deificado posteriormente como padre de la ciencia egipcia.

    Los egipcios tenían fiestas lunares, móviles por tanto en su calendario solar. Esto los llevó a los sacerdotes a estudiar los ciclos de ambos astros y establecer, como se observa en el papiro Carlsberg 9, que 25 años eran equivalentes a 309 lunaciones.

    Respecto al día, estaba dividido en diez horas, según se desprende de relojes de sol como el obelisco de Seti I, a las que se le agregaban dos para el amanecer y el anochecer. Estas divisiones eran de igual duración tan sólo en los equinocios. También utilizaban clepsidras o un instrumento de función parecida al astrolabio denominado merkhet para calcular las horas nocturnas. Para ello se elegía una estrella distinta cada diez días, periodo denominado decano, y se aguardaba el tránsito de éstas por el meridiano. En verano sólo son visibles doce decanos, lo que llevó a establecer también las mismas divisiones para la noche. Este sistema fue adoptado por helenos y romanos, y la división del día en 24 horas ha llegado a través de ellos hasta nosotros.

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