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El calendario fijo internacional

Domingo, junio 27th, 2010

Cuando hablamos del calendario positivista comentamos que la idea de Comte no tuvo ningún seguimiento inmediato pero que, sin embargo, había influido en propuestas alternativas. Una de ellas es el que se conocería como calendario fijo internacional, una idea que llegó a contar con el favor de la Liga de Naciones y a emplearse en empresas de la talla de Kodak hasta finales de los ochenta.
La idea de efectuar una reforma que simplifique los ciclos temporales de uso cotidiano ha surgido en varias ocasiones en el ámbito empresarial. Se inspira en los supuestos beneficios que aportarían una organización más sencilla de las fechas: desde la computación de plazos a la previsión de festividades. Como en la sociedad urbana moderna los motivos que han inspirado los diferentes ciclos que seguimos (cuyo origen mezcla motivaciones culturales, religiosas, astronómicas, ligadas al campo, etc.) han perdido buena parte de su significado, se ha creído allanado el campo para introducir estas reformas. El calendario fijo internacional fue una idea propuesta por el analista Moses B. Cotsworth, tras su trabajo en la North Eastern Railway Company. Por esta razón se le denomina también plan Cotsworth o plan Eastern, así como calendario fijo internacional, de los trece meses o de los meses iguales. Su planteamiento era el siguiente: establecer divisiones del año conservando el ciclo hebdomadario de modo que fuese sencillo saber a qué día de la semana correspondía una determinada fecha. Como en el calendario gregoriano un año está formado por 52 semanas más uno o dos días sólo es necesario sacar estos últimos fuera para restituir la cuenta. Dicho de otro modo, un día al año (otro más si es bisiesto), no pertenecerían a ningún mes, ni contarían en el avance de la semana. Con esto no se añadía nada nuevo a la propuesta ya apuntada en casi un siglo atrás por Marco Mastrofini. También tomaba de Comte la idea de establecer trece meses de exactamente 28 días cada uno; es decir, de cuatro semanas cabales. La principal diferencia del de Cotsworth, pequeños matices aparte, fue el desbrozarlo de misticismos positivistas y darle un sentido práctico, intención de aplicarlo al ámbito laboral y la fundación de una Liga para su patrocinio en 1923 que fue tomada en serio en el ámbito internacional durante siete años.
Si se hubiese impuesto este calendario, seguiríamos iniciando los años, como ahora, el 1 de enero. Pero este día sería siempre domingo. El mes terminaría el 28, sábado, día al que le seguiría inmediatamente el 1 de febrero, domingo otra vez. Cuatro semanas después estaríamos en 1 de marzo, domingo. La simplicidad de la reforma es evidente, y no la veríamos rota hasta el día posterior al 28 de junio. Dicho día no pertenece a ningún mes ni a ninguna semana, y serían dos extras como se ha comentado los años bisiestos. Después, le seguiría el mes adicional que añadiríamos, al que se llamaría sol, para continuar con julio.
La Liga que Cotsworth dirigió se ganó la atención de la Liga de Naciones durante los años veinte pero, finalmente, la falta de consenso, unida a las presiones desde los estamentos religiosos, hicieron que se abandonasen las actividades en pro de la reforma del calendario.

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El calendario hebreo

Domingo, abril 25th, 2010

A quienes regimos nuestra vida por el preciso tiempo universal coordinado, un calendario como el hebreo nos puede parecer un exotismo cultural algo antojadizo. Y con ello estaríamos ignorando elementos del nuestro que tienen origen o fueron transmitidos por el judaísmo: la semana de siete días, el de descanso, la Pascua. Por otro lado, el tiempo civil que se sigue en la mayor parte del mundo no es sino heredero del calendario gregoriano. Si nos remontamos a sus orígenes encontramos igualmente elementos religiosos y tradiciones aparentemente arbitrarios. Quizás la única diferencia es que la Historia en un caso ha tenido a preservarlos y en el otro los ha sacrificado más o menos conscientemente. Hablemos entonces del calendario hebreo, entendiendo que una comprensión menos superficial debe hacerse con la Torá puesta en una mano.
Los ciclos fundamentales del calendario hebreo derivan del babilónico. El más básico es el día, que se inicia con la puesta del sol; con la visión de tres estrellas en el cielo, para ser más precisos (modernamente cuando cae siete grados bajo el horizonte). Consecuencia de este método es que su duración no sea constante a lo largo del año, pero también que el instante de su inicio difiera según la situación del observador, hasta el punto de necesitar otro juego de reglas en latitudes elevadas, donde el astro puede no ponerse o no asomar durante periodos largos de tiempo. Los días nublados debieran suponer otro problema, especialmente para la identificación del comienzo del mes. Como su inicio estaba determinado por la observación del cuarto creciente de luna por dos testigos, con el tiempo se hizo imprescindible un algoritmo para predecir este fenómeno. Tal labor la llevó a cabo Hilel II, hacia el año 359 d.C. y posiblemente espoleado por la decisión adoptada por los cristianos en el Concilio de Nicea de calcular la fecha de la Pascua en lugar de depender de las observaciones para su celebración. Por este sistema, los meses deberían ser de 29 y 30 días, de forma intercalada. La duración del año lo establece el periodo solar. Originariamente éste comenzaba con la Pascua, la conmemoriación de la huida de Egipto, pero su arranque se ha trasladado a otoño. En principio, debería iniciarse con la primera luna tras el equinoccio, pero existen abundantes reglas que alteran esta fecha (se atrasa si acaece un domingo, un miércoles, o un viernes; o si es un martes entre las nueve de la mañana y las seis de la tarde; o si la luna nueva tiene lugar después de las seis, etc.). La mayoría de estas reglas buscan evitar coincidencias de celebraciones o contradicciones de normas, en las cuales entra también en juego el tercer periodo base del judaísmo, la semana. Por ejemplo, se efectúan alteraciones para evitar que el Yom Kipur acaezca en viernes o domingo; es inconveniente la coincidencia del ayuno que exige éste con la observancia de la prohibición de cocinar el sábado. Otra muestra: tampoco se puede permitir que se inicie el año en lunes si la luna nueva tiene lugar entre las tres y las seis de la tarde y el año siguiente contiene trece meses, pues significaría que el año anterior ya habría retrasado su inicio de martes a jueves y su duración sería demasiado breve. Son varias y complejas las reglas que hay que tener presente para la elaboración del calendario.
Como se ha apuntado, los meses judíos están determinados por las lunaciones, y el año intenta ajustarse al periodo solar. Eso sí, éste debe contener un número entero de meses, lo que obliga a introducir cada cierto tiempo un mes adicional o embolismal. Se lleva a cabo duplicando el de Adar, actualmente sexto del año, aunque antiguamente fuese el último. De esta forma, entre dos festividades de Rosh Hashaná pueden pasar entre 353 y 385 días. Los bisiestos se repetirán según el ciclo metónico cada 19 años. El inicio de su cuenta para anotar la fecha lo sitúan los judíos en el génesis del mundo, el 3761 a. C., de modo que en el momento de redactar esta entrada se encuentran en el año 5770.

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El calendario positivista

Sábado, marzo 6th, 2010

En 1834 el sacerdote y matemático Marco Mastrofini propuso una reforma del calendario gregoriano que inspiraría otras varias, ninguna de las cuales ha sido adoptada oficialmente por una nación, pero sí debatidas por su interesante concepción e incluso usadas en ciertos ámbitos. Puesto que los días del año no son divisibles por siete, la semana se ve desplazada continuamente en el almanaque. La idea de Marco Mastrofini era sacar el día sobrante (o dos días, en los bisiestos) del ciclo hebdomadario. Esto da lugar a una especie de calendario perpetuo en el que fechas idénticas del año corresponden siempre al mismo día de la semana.
Quince años más tarde el filósofo August Comte recogería el guante y sugeriría otro modelo más refinado basado en este principio. Según éste, cuatro semanas compondrían un mes, que habría de tener siempre 28 días, por tanto; y trece meses más un día festivo adicional (dos los bisiestos) harían el año. Con ello el filósofo quería avanzar en la dirección del positivismo sin causar alteraciones en la sociedad tan drásticas como el calendario de la Revolución Francesa, que entre otras cosas quiso fallidamente abolir la semana de siete días. Así, al denominar los meses, decidió usar figuras influyentes en la ciencia, pero también en la historia, la literatura o la religión. El año comenzaría con Moisés, e iría seguido de Homero, Aristóteles, Arquímedes, Julio César, San Pablo… Los días y las semanas también se consagran a personajes de renombre históricos o ficticios: Prometeo, Buda, Praxíteles, Cervantes, Beethoven, Volta… Para facilitar la transición, se iniciaría con el 1 de enero del calendario gregoriano. Ahora bien, la cuenta del año daría comienzo en 1789.
A pesar de la intención de Comte de no ofrecer un calendario definitivo, sino un primer avance provisional para “preparar a Occidente para el culto abstracto”, o quizás en parte por causa de ello, y por razones que al lector no le costará comprender, la aceptación que obtuvo con él fue nula. No obstante, y como se ha apuntado, influiría en la concepción de propuestas posteriores de reforma, ya en el siglo XX.

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