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Semana

Domingo, octubre 25th, 2009

Mientras que otros ciclos del calendario tienen una relación directa con fenómenos astronómicos -el día con el periodo de rotación de la tierra; el año con el de traslación alrededor del sol; el mes, aunque ya muy alterado, con las fases lunares- no podemos decir lo mismo de la semana. Y eso a pesar de su inmutabilidad a lo largo de los siglos y su práctica universalidad. Con dificultad se puede justificar su duración asociándola al ciclo lunar, pues éste está más cerca de los 30 días que de los 28, y parece más bien una elección arbitraria basada en el múmero siete. Ése es su significado etimológico en muchos idiomas: en español proviene del latín septimana, para los árabes es isbu’u, para hebreos shabu’a, haftah para persas, hebdomas para griegos o seachduin en gaélico. Otras civilizaciones, incluida la romana, lo cual heredaría buena parte de Europa, asociaron además el nombre de sus días con los planetas conocidos entonces, Luna y Sol incluidos. No obstante, vestigio de su origen etrusco, la semana romana poseía en su origen ocho días. No se trata de algo anecdótico: para los egipcios, griegos o chinos constaba de diez, las tribus bálticas respetaban un ciclo de nueve, los mayas o aztecas tenían divisiones de 13 o 20, según se interprete y en Java todavía se emplea un grupo de cinco. Modernamente la Revolución Francesa quiso instaurar una semana de diez días, y la soviética una de cinco. Todo ello redunda en el carácter artificial de esta división, concebida quizás para cubrir el vacío que existe entre el periodo de rotación de la Tierra y la duración de un mes.

Nuestra semana hunde sus raíces en la civilización sumeria, para la que el número siete poseía un carácter sagrado. Su calendario celebraba de forma especial los días del mes divisibles por dicho factor. No obstante, para ellos la semana no constituía un ciclo fundamental, pues el mes se reajustaba con cada lunación, lo que introducía uno o dos jornadas extras una vez completa la cuarta semana. Los judíos adoptan este periodo durante su diáspora en Babilonia, otorgándole un carácter continuo que se ha seguido fielmente hasta la actualidad (con la única excepción, como dato anecdótico, de los dos viernes seguidos que vio Alaska en 1867). De los asirios tomaron los hebreos también la observancia del sabbath. Como es de suponer, las grandes religiones monoteístas heredaron de ellos la semana, alterando sólo su día festivo: domingo (dominus dei) para los cristianos y viernes en el caso de los musulmanes.

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Te llamaré Viernes

Lunes, julio 25th, 2005

En este punto de la serie de artículos dedicada a los calendarios puede interesar detenerse a estudiar el origen de los nombres asignados a distintos periodos del nuestro, que proceden en su mayoría, como cabría esperar, del calendario romano o juliano. La mitología lo atribuye a Rómulo, y originalmente constaba de diez meses que se iniciaban con el equinoccio vernal, aproximadamente nuestro 21 de marzo, con la duración de un ciclo lunar. Sobraba un largo periodo entre el último mes, decembris, y el inicio del año siguiente de excaso interés para la agricultura que no contabilizaba el calendario. Se atribuye a Numa Pompilius, en torno al 713 a.C., el añadir los meses de enero y febrero y fijar la duración del mes en 30 días. Circunstancialmente se agregaba un mes adicional para ajustar el inicio del año, llamado mercedinus en referencia a pagos de rentas.
Los nombres de los meses tal y como los conoció Julio César eran:

  • Martius, en honor a Marte.
  • Aprilis, del verbo aperire, en alusión a la apertura de la primavera.
  • Maius, por Maya, diosa de los cultivos, cuyas fiestas aún se celebran en muchos pueblos de Europa el primer día del mes.
  • Iunius, dedicado a Juno; unos pocos autores sostienen que deriva de iuniores, jóvenes, y “mayo” de maiores, mayores.
  • Quintilus, Sextilus, Septembris, Octobris, Novembris, Decembris.
  • Ianuarius, en honor a Jano.
  • Februarius, de las fiestas de purificación denominadas februa, antecesoras de nuestros carnavales.
  • La palabra “mes”, por cierto, deriva de mensis, medida.

    Respecto a la semana, sus nombres son más evidentes: los cinco primeros días se refieren a la Luna, Marte, Mercurio, Júpiter y Venus. Los dos últimos se dedicaban a Saturno y el Sol, pero por influencia cristiana se adoptó “sábado” (sabath) y “domingo” (diem dominium, día del Señor). El orden se debe a una tradición astrológica egipcia que dedicaba cada hora a un planeta conocido según la distancia a la que se entendía que estaban, secuencia que da lugar a un ciclo de siete días iniciados con los nombres por los que se conocen.

    Las denominaciones sajonas de los nombres aún reservan el sábado para saturno y el domingo para el sol. No obstante, “martes”, “miércoles”, “jueves” y “viernes” derivan de Tyr, Woden (Odín, padre de Tyr), Thor y Freyja, correspondientes nórdicos de los dioses romanos.

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