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El reloj de Ajaz

Jueves, mayo 13th, 2010

Entonces Ezequías dijo a Isaías: “¿Cuál es la señal de que el Señor me sanará y que dentro de tres días podré subir a la Casa del Señor?”. Isaías respondió: “Ésta es la señal que te da el Señor para confirmar la palabra que ha pronunciado: ¿La sombra debe avanzar diez grados o retroceder diez grados?”. Ezequías respondió: “Es fácil para la sombra adelantar diez grados, pero no que los retroceda”. El profeta invocó al Señor, y él hizo que la sombra retrocediera los diez grados que había descendido, en el reloj de sol de Ajaz.

2 Reyes 20:8-11

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Los relojes de Alfonso X

Sábado, enero 9th, 2010

Como parte de los Libros del saber de astronomía, Alfonso X encargó a dos toledanos -Samuel el Leví e Isaac Ibn Sid- la elaboración de cinco libros que describiesen la construcción y el uso de los relojes. Los conocimientos de los que hacen uso los autores eran pobiblemente los más avanzados en la época; las fuentes son andalusís, que en buena parte transmiten los principios del griego Herón de Alenjandría. Sus nombres son el Libro del relogio de la piedra de la sombra (que describe un reloj de sol), del agua, del argento vivo (en su principio base una clepsidra que usa mercurio, entonces llamado plata viva), de la candela (hace uso del consumo de una vela) y del palacio de las oras (nuevamente en esencia un reloj de sol, pero del tamaño de un edificio por cuyas doce ventanas va entrando sucesivamente la luz). De este último incluimos un fragmento:

CAPITULO V.
De cuerno se deve complir et acavar el palacio.
Si esto quissieres fazer, faz unos pedazos de madero que entren en la forma del cerco de los zontes, et ponlos entrell un demostrador et ell otro, fata que se cumpla el palacio, que sea semeíanca de torre redonda, et faz en la torre una puerta de la parte de septentrion, et faz sobre la torre so teíado. Et depues toma una sierra muy delgada, et assierra el demostrador de la ora primera de las oras de la cabeza de Capricornio sobre la linna que auies sennalado en aquel demostrador, fata que taíes todo el demostrador, et assí farás con todos los demostradores. Et assierra otrossí lo que cae entrell un demostrador et ell otro sobre aquella desviadura mesma en que taíaste el demostrador que es acerca della, et assí asserrarás lo que es entrell un demostrador et ell otro, fata que se acaven todos, salvo ende que no as de asserrar el demostrador que es en mediol dia. Et sabe que esta asserradura a de venir á manera de figura de cerco. Et esto mesmo farás con los demostradores de la cabeza de cáncer, et verná su serradura en figura de taíadura de pinnonado. Et síguesse su figura.

Reloj del palacio de las horas

Reloj del palacio de las horas

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Hora

Martes, enero 5th, 2010

Estamos tan acostumbrados hoy en día a manejar las horas (en nuestras citas, programaciones, comidas, itinerarios, trabajo…) que cuesta creer que ha sido una de las divisiones temporales más complejas de acuñar. Tanto más habida cuenta de la sencillez de su definición: se trata de la veinticuatroava parte de un día. Pero habría que aclarar muchos matices.
Los primeros relojes que conocemos, bien de sol, bien de agua, proceden del Antiguo Egipto, y en ellos ya podemos observar la división de una jornada en 24 horas. No obstante, estas divisiones son variables, puesto que fraccionaban el periodo diurno, fuese cual fuese la época del año, en doce partes. Ni siquiera éstas eran de igual duración, sino más o menos aproximada, dividiendo el recorrido del sol en ocho o diez partes y distribuyendo las restantes en el amanecer y el atardecer. Las horas nocturnas se organizaron a imitación de éstas. Para determinarlas se ayudaban de clepsidras o de la observación de las estrellas. Sabemos que los sumerios compartían esta misma división del día, que terminaron por heredar las civilizaciones griega y romana. Sólo estos últimos establecen una duración homogénea para las horas tanto a lo largo de la jornada como del año, que se ha mantenido en Europa hasta la actualidad. Y podemos decir que comparte todo el mundo, si bien en algunos lugares se puede compaginar con otros usos, como sucede en el ámbito religioso musulmán. Durante la Revolución Francesa, a título anecdótico, se propuso sin éxito fraccionar el día en diez horas. Modernamente, con la mejora de la precisión de los relojes, la redefinición de la unidad base de tiempo ha afectado a la hora, que hoy se fija como un periodo de 3600 segundos, salvo aquellos casos en que la necesidad de reajustes fuerza a disminuir o aumentar esta cantidad.
Tema aparte es cómo contarlas. Hasta hace poco más de un siglo la vida cotidiana se ha regido por la hora solar local; es decir, se contaba desde la medianoche del núcleo de población más próximo. Pero históricamente se han elegido otros momentos del día: el amanecer, el mediodía, el momento del atardecer en que se podían observar tres estrellas, o cuando no se puede distinguir un hilo blanco de otro negro, por ejemplo. Incluso hoy seguimos distintas horas según nuestro huso, o contamos doblemente alguna (o nos la saltamos) allá donde efectuamos el cambio del horario de verano. Para denominarlas se usan dos métodos: referirse a ellas usando los números del 0 a 23, o bien contarlas desde las 1 a las 12 indicando si nos referimos a aquélla existente antes del mediodía (ante merídiem o a.m.) o después (post merídiem o p.m.). Hacer notar que el cambio de a.m. a p.m. y viceversa se produce al pasar de las 11 a las 12. Esta forma de contarlas ni siquiera ha estado ligada tradicionalmente al inicio del día. Así, vemos que en la Antigua Roma, por ejemplo, éste acababa con la puesta de sol en un primer momento, y con la medianoche posteriormente, pero las horas se contaban desde el amanecer. Costumbre que no se empezó a abandonar hasta la Baja Edad Media (recordemos que las horas canónicas menores eran la prima, tercia, sexta y nona).

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