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Segundo

Jueves, octubre 8th, 2009

El avance de la tecnología moderna ha convertido el tiempo de una de las magnitudes con medidas más imprecisas en una de las mejor definidas. Si previamente a la invención del reloj de péndulo era de difícil determinación sin la asistencia de la astronomía, hoy es el metro el que basa su definición en nuestra unidad temporal. Así, en 1983 se reestableció nuestra unidad patrón de la longitud como la distancia que la luz recorre en el vacío en 299792458 segundos. Es un hito simbólico en un proceso de poco más de tres siglos que ha culminado con el desarrollo de los relojes atómicos. Debido a la precisión de éstos, hoy podemos medir con tal exactitud la duración del día, de la rotación de la Tierra, que es necesario en ocasiones introducir minutos de 59 o 61 segundos de duración para corregir las desviaciones en el Tiempo Universal Coordinado. Son hechos irónicos, si tenemos en cuenta que la unidad temporal nació justamente como una cierta subdivisión del ciclo diurno.
Históricamente el segundo es la sesentava parte de un minuto. Este tipo de fraccionamiento lo debemos a los babilónicos, y está relacionado con las divisiones angulares. Como inciso, señalar que el uso de terminos semejantes no debe hacernos pensar que la Tierra rota un minuto de arco en un minuto de tiempo, ya que hoy dividimos el periodo diurno en 24 horas, mientras que la circunferencia completa comprende 360 grados. El empleo de particiones temporales tan breves como los segundos debió estar restringido al ámbito astronómico hasta el desarrollo de los relojes mecánicos.
Actualmente, nuestras necesidades crecientes de precisión nos han hecho redefinir el segundo empleando como referencia la radiación emitida por el cesio 133 en una transición entre los dos niveles hiperfinos de su estado fundamental, y decimos que es la duración de 9192631770 oscilaciones de esta luz.

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Vendimiaire

Miércoles, septiembre 28th, 2005

Cuando se propuso al poeta Fabre d’Eglantine la elección de los nuevos nombres para los meses decidió lo siguiente: los de otoño habrían de terminar en -aire, que en francés es un sonido grave; los de invierno acabarían en -ôse, pesado y largo; primavera emplearía -al, breve y alegre; y verano, -dor, sonoro y extenso. Hablo de una de las reformas que instauró la Revolución Francesa, la del calendario, con el interés doble de abolir un referente a dioses y costumbres del Antiguo Régimen y de establecer por otro lado un sistema racional para contabilizar el tiempo. Algo así como previamente se había realizado al implantar el primer sistema decimal de medidas, que introdujo el metro entendido como la diez millonésima parte de la distancia entre el polo y el ecuador.
La comisión del diputado Gilbert Romme, profesor de matemáticas, se decantó finalmente por un año dividido en doce meses de 30 días más cinco días adicionales (seis los bisiestos). Tales meses estaban compuestos por tres décadas, el equivalente a nuestras semanas, salvo que duraban diez días. De ellos sólo uno era festivo, y carecían de nombre, por lo que había que distinguirlos numerándolos: primidi, duodi, tridi, quartidi… También eran festivos los añadidos, y se les denominaba Fête de la Vertu, du gene, du Travail, de l’Opinion, de la Recompense y de la Révolution, vulgarmente días sans-culotides. Respecto a los meses, la elección de sus nombres debía hallar inspiración, conscientes del inicio de una nueva era para la humanidad, en un criterio escéptico y universal. Se recurrió al clima y los cultivos de Francia. Y así fueron denominados vendimiaire, brumaire, frimaire, nivôse, pluviôse, ventiôse, germinal, florial, prairial, messidor, thermidor y fructidor. Y su inicio debía coincidir con el día de la proclamación de la República, el 22 de septiembre de 1792. No obstante, ésta había acontecido hacía más de un año, por lo que hubo que esperar al 14 de vendimiario del año II (6 de octubre del 1793) para implantarlo. Hacer notar que a pesar de la pretensión de racionalidad ignoraron el número cero nuevamente para contabilizar los años. En cualquier caso, el nuevo calendario no sobrevivió a Napoleón, que lo abolió el 1 de enero de 1806.
El extremo al que se quiso llegar con las reformas puede ejemplificarse con la existencia en la antedicha comisión de un grupo numeroso de partidarios de extender el sistema métrico a las subdivisiones del día y establecer así un total de diez horas, cada una con 100 minutos, y éstos con 100 segundos. La idea se aprobó sin exigirle rigor, y apenas fue usada en la práctica.

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Los días que nunca existieron 1

Domingo, septiembre 11th, 2005

Envía marthiano un comentario con el texto íntegro de un interesante artículo que la profesora de la Universidad de Salamanca Ana M. Carabias Torres publicó en Tiempos Modernos (número 1, año 2001) con motivo del cambio de milenio. Está repleto de información sobre las evoluciones que ha sufrido nuestro calendario hasta el momento actual, y no lo puedo reproducir por su extensión. Pero me he sentido tentado a añadir algunas notas pintorescas a uno de los hechos que describe: las distintas adopciones por parte de cada país de la adaptación que Gregorio XIII hizo al calendario juliano. Para entender a qué se refiere, hacer notar que el sistema propuesto por César introducía los días bisiestos para aproximar la verdadera duración del año, que es de 365 días y casi un cuarto. Concretamente 365’2422454 (365 días, 5 horas, 48 minutos y 45,5 segundos), pero tal precisión no podía lograrse en aquella época ni sólo con esta mejora, y en el siglo XVI los solsticios arrastraban ya diez días de adelanto. Ana M. Carabias nos sigue contando así:

El retraso astronómico en la celebración de la fecha de la Pascua, era un problema considerado como “intolerabilis” (R. Bacón) y en el que la Iglesia y los intelectuales cristianos empeñaron toda su dedicación en orden a que dicha celebración pudiera llevarse a cabo en la fecha fijada por el Concilio de Nicea. Tras larguísimas y dificultosas investigaciones y negociaciones, se llegó a la Reforma Gregoriana del calendario: En 1582 apareció el sistema que aún hoy rige nuestro tiempo, a través de una bula del papa Gregorio XIII.
Su primera resolución fue, como la de Julio César, drástica: el día 4 de Octubre pasaba a ser, a todos los efectos, el 15 de Octubre de ese año. Los 10 días intermedios no han existido para Roma y su eliminación hizo de ese año 1582 el más corto. Se fijó en 365,2425 días el año, resultando una desviación mínima de exactitud. Y para prevenir futuros desfases, se redefinieron los bisiestos: son los años divisibles por 4, excepto los centenarios, que sólo lo serán si pueden dividirse por 400 (por eso el 2000 tiene 366 días mientras que el 1900 tuvo 365).
La bula papal de reforma del calendario sólo fue adoptada inmediatamente en España, Italia y Portugal. Francia la acató el 9 de Diciembre de ese 1582 (que pasó a ser el 20 de Diciembre), los estados católicos de Alemania y de los Países Bajos el 1 Enero 1583, Hungría en 1587, los estados protestantes alemanes en 1700, los británicos se resistieron hasta 1752 (cuando ya existía un intervalo de 11 días entre su sistema y el gregoriano: por eso allí el 12-Septiembre, pasó a ser día 14 [Se trata de una errata, pretende decir que al 2 de septiembre miércoles siguió el 14]). Los más rezagados, URSS y Japón lo adaptaron respectivamente en 1918 y 1923.

Continúa en Los días que nunca existieron 2

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