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Parapegma

Lunes, agosto 24th, 2009

El parapegma (su plural es parapegmata) es el precursor de nuestros antiguos almanaques. Consistían en tablillas de piedra, o directamente dibujos sobre las paredes, en los que inscripciones dispuestas en forma de círculos o hileras aventuraban predicciones astronómicas, astrológicas o meteorológicas. Al lado de éstas, unos orificios servían de clavijero para hincar un puntero que debía avanzarse cada día. La información que recogen pueden abarcar en lo referente a los ciclos temporales el día de la semana, del mes (el ciclo lunar), el desplazamiento del sol por los signos zodiacales, el día del año acompañado de indicaciones de solsticios o equinoccios, el día nundinal (de mercado), el orto de estrellas, etc.
Los primeros parapegmata son de mediados del siglo III a. C. y se atribuyen a Conon de Samos, aunque tradicionalmente se ha considerado a Metón y Euctemón los inventores de estos instrumentos. Se han encontrado numerosos parapegmata en ruinas griegas y romanas, de los que se conservan unos sesenta en la actualidad.

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El ciclo metónico

Jueves, agosto 20th, 2009

En la invención de todo calendario subyace el interés de las culturas de datar hechos pasados y predecir los futuros. Para ello se recurre a la asistencia de fenómenos repetitivos, de carácter astronómico. El periodo más fácil de deteminar, después de la sucesión de días y noches, es el lunar o sinódico. Y el más útil para las sociedades sedentarias, por su relación con la climatología, es el ciclo solar.
Entre dos lunas nuevas transcurren 29 días y medio. En estos párrafos se redondearán todas las proporciones de las que se habla, ya que ninguna es perfecta: nuestro satélite tarda, por ejemplo, entre 29,27 y 29,83 días en completar una vuelta a la Tierra, y el tiempo medio son 29,5306. Casi todos los calendarios lo han asimilado como un ciclo fundamental, el mes, bien por observación continua (como el calendario griego), bien aproximando su valor (el hebreo) o evolucionando hacia un sistema que desdeña su relación original con el astro (el egipcio). Respecto al sol, requiere algo menos de 365 días y cuarto para completar su evolución anual. Transcurrido ese tiempo, al llegar cualquiera de los solsticios, repite sus posiciones sobre el cielo.
Una primera aproximación conduce a meses de 30 días y años de 365. El siguiente reajuste es también casi inmediato. Fuerza a alternar meses de 29 y 30 días; así como a introducir un año bisiesto cada cuatro, variación que afina ambos periodos con relativo acierto: no obstante, casarlos no es tarea tan sencilla. La proporción entre la duración de ambos es de 12,368. De modo que si se establece que el año está formado por doce meses nos quedamos muy cortos; pero con trece el error sería aun mayor. Nuestro calendario optó hace casi tres milenios por la misma drástica solución que se ha comentado eligieron los egipcios: sacrificar el seguimiento de las fases de la luna. Pero otra alternativa es buscar un ciclo más largo que resuma ambos.
La fracción de mes sobrante al concluir un año es un 0,368 de éste. Transcurridos dos, 0,737; y al cabo de tres, 1,105. Ninguno de estos valores sería aceptable de cara a nuestro objetivo. Sin embargo, si seguimos multiplicando, se observa que al cabo de 19 años obtenemos el asombrosamente ajustado valor de 6,997 meses. Dicho con otras palabras: 19 ciclos solares son casi exactamente 235 ciclos lunares. Esta coincidencia era al parecer ya conocida en Mesopotamia hacia el siglo VI a. C., pero su hallazgo se atribuye al astrónomo ateniense Metón, quien lo descubriese el 432 a. C. con la ayuda de Euctemón.
Por su propia naturaleza, el ciclo metónico, a veces denominado número áureo, sirve para predecir acontecimientos lunisolares, como la determinación de la fecha de la Pascua. Su cercanía a los 255 meses draconíticos permite asimismo predecir los eclipses.

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El calendario ático

Viernes, agosto 14th, 2009

Los calendarios helénicos representan en general un intento de compaginar el ciclo lunar y el solar de forma no sistemática. Tampoco unitaria; al fin y al cabo, aunque relacionadas cultural e idiomáticamente, las polis se organizaban de modo independiente. Así poseían una pléyade de calendarios con ciertos elementos comunes: en particular, meses lunares que se iniciaban con la primera visión de la luna (y que sin criterio predefinido incluían 29 o 30 días, por tanto) y años solares que se reiniciaban tras un solsticio o equinoccio (y que, de la misma manera, podían incluir bien doce, bien trece meses sin que se atendiese a una sucesión reconocida). Aunque astrónomos como Metón descubriesen ciclos que permitían el cálculo de fechas futuras, no hay evidencias de que en la práctica se siguiese otro procedimiento que el de la observación directa de los cielos.
El más conocido de los calendarios helénicos era el que se seguía en el territorio del Ática. Su más destacada particularidad con respecto al de sus vecinos era el comienzo del año en el solsticio de verano (lo usual era iniciarlo en el equinoccio de otoño). Para ser más precisos, con la primera luna nueva, que es decir el comienzo del primer mes, tras dicho momento. Los meses se denominaban hecatombeón, metagitnión, boedromión, pianopsión, memacterión, poseideón, gamelión, antesterión, elafebolión, muniquión, targelión y esciroforión, y hacían referencia a celebraciones (mes de las hecatombes, de las mudanzas…) o divinidades (memacterión es una forma culta para Zeus, por ejemplo, y significa El Impetuoso). Cuando se creía necesario introducir un decimotercer mes como reajuste del calendario se duplicaba uno de ellos (al que se denomina embolístico), usualmente el sexto, dedicado a Poseidón. Los nombres no estaban relacionados en absoluto con los de otras Polis, con excepción de algunas coincidencias con las Islas Jónicas, sobre las que Atenas tenía cierta influencia.
Respecto a los días de los meses, se dividían en tres décadas, la tercera no necesariamente completa. A partir del primero, noumenia o luna nueva, se iba contando en sentido positivo hasta el vigésimo. A continuación, durante la tercera década, la cuenta era retrógrada, y se enunciaba cuántos días restaban hasta la siguiente luna nueva. Tanto el periodo diurno como la noche se dividían en doce horas de igual duración, pero variables según la época del año.
Hay que resaltar que el calendario indicado tenía usos desde la agricultura hasta el establecimiento de las festividades. Acerca de éstas, se puede distinguir entre las comunes a todo el territorio y las segregadas según zona o clan. Pero a la par que este calendario coexistía otro de uso civil con un año exactamente solar, de diez meses de 36 o 37 días. Servía al estado para determinar la rotación de los miembros del Consejo, así como para el cobro de tasas. La referencia a un mes en particular se efectuaba indicando qué tribu presidía en dicho momento. En el 407 a.C. ambos ciclos sincronizaron sus inicios, se cree que alargando los meses del año civil correspondientes a los años de trece meses en el calendario de festividades.

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