Archivo etiquetado como ‘mecanismo’

El mecanismo de escape

Sábado, marzo 27th, 2010

La relojería moderna conoció un cambio cualitativo en torno al siglo XIII con el desarrollo del mecanismo de escape. En esencia se llama así a los sistemas que permiten aprovechar una fuerza para obtener un movimiento continuo, evitando la aceleración que libremente produciría. Esto se consigue usualmente bloqueando y liberando el movimiento en intervalos constantes, lo que da lugar al sonido característico de los relojes. Existen más de doscientos tipos de mecanismos para llevar a cabo la función de escape. Una posible clasificación, de acuerdo a cómo se efectúa la detención de la rueda que dirige el movimiento, los agruparía en:

  • Escape de retroceso: son los más antiguos, y reciben su nombre del hecho de que, tras cada avance, la rueda efectúa un pequeño retroceso por la acción de un elemento moderador.
  • Escape de reposo: el moderador detiene la rueda, sin llevarla atrás.
  • Escapes libres: el elemento regulador no está en contacto directo con el motor, y no detiene el movimiento que produce.

En entradas posteriores desarrollaremos algunos de estos mecanismos; en ésta anticipamos uno de los más sencillos, con objeto de clarificar su funcionamiento. Se trata del escape de Graham, frecuentemente usado en los relojes de péndulo. En las figuras que siguen se muestran dos posiciones de una rueda dentada, que es accionada por pesas colgadas de su eje o muelles. De ellos recibe la fuerza que la hace girar, y su movimiento hará avanzar al mecanismo que hace girar las agujas del reloj. Al conjunto lo acompaña un péndulo, unido en su parte superior a una pieza denominada áncora. Ésta posee dos dientes en sus extremos que bloquean con cada oscilación la rueda a izquierda o derecha. Así se evita que ésta se acelere y las manecillas del reloj puedan avanzar a intervalos regulares de tiempo.

Escape de Graham 1

Escape de Graham 1

Escape de Graham 2

Escape de Graham 2

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El calendario positivista

Sábado, marzo 6th, 2010

En 1834 el sacerdote y matemático Marco Mastrofini propuso una reforma del calendario gregoriano que inspiraría otras varias, ninguna de las cuales ha sido adoptada oficialmente por una nación, pero sí debatidas por su interesante concepción e incluso usadas en ciertos ámbitos. Puesto que los días del año no son divisibles por siete, la semana se ve desplazada continuamente en el almanaque. La idea de Marco Mastrofini era sacar el día sobrante (o dos días, en los bisiestos) del ciclo hebdomadario. Esto da lugar a una especie de calendario perpetuo en el que fechas idénticas del año corresponden siempre al mismo día de la semana.
Quince años más tarde el filósofo August Comte recogería el guante y sugeriría otro modelo más refinado basado en este principio. Según éste, cuatro semanas compondrían un mes, que habría de tener siempre 28 días, por tanto; y trece meses más un día festivo adicional (dos los bisiestos) harían el año. Con ello el filósofo quería avanzar en la dirección del positivismo sin causar alteraciones en la sociedad tan drásticas como el calendario de la Revolución Francesa, que entre otras cosas quiso fallidamente abolir la semana de siete días. Así, al denominar los meses, decidió usar figuras influyentes en la ciencia, pero también en la historia, la literatura o la religión. El año comenzaría con Moisés, e iría seguido de Homero, Aristóteles, Arquímedes, Julio César, San Pablo… Los días y las semanas también se consagran a personajes de renombre históricos o ficticios: Prometeo, Buda, Praxíteles, Cervantes, Beethoven, Volta… Para facilitar la transición, se iniciaría con el 1 de enero del calendario gregoriano. Ahora bien, la cuenta del año daría comienzo en 1789.
A pesar de la intención de Comte de no ofrecer un calendario definitivo, sino un primer avance provisional para “preparar a Occidente para el culto abstracto”, o quizás en parte por causa de ello, y por razones que al lector no le costará comprender, la aceptación que obtuvo con él fue nula. No obstante, y como se ha apuntado, influiría en la concepción de propuestas posteriores de reforma, ya en el siglo XX.

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Dionisio el Exiguo

Miércoles, febrero 24th, 2010

Los antiguos romanos solían datar los años bien indicando los cónsules que gobernaban en dicho momento, bien a partir de la supuesta fundación de la ciudad (ab urbe condita) o el final de la monarquía (post reges exactos). Esta costumbre no se abandonó con la extensión del cristianismo, al menos de inmediato. Ni con el uso por parte los seguidores de esta religión en Alejandría de un método alternativo de datación consistente en contar los años transcurridos desde el comienzo del reinado de Diocleciano. Esto último no deja de ser peculiar, habida cuenta de las cruentas persecuciones organizadas por dicho emperador, razón por la que a este sistema de numeración se conoce como era de los mártires. De seguro debió ser una de las circunstancias que tenía en mente Juan I cuando en el 525 encargó a un monje procedente de Escitia Menor calcular los años transcurridos desde el nacimiento de Cristo. Era conocido como Dionisio el Exiguo, y su erudición le llevaría además a escribir numerosas traducciones, un tratado de matemáticas y una conocida colección de derecho canónico. El sistema de cómputo al que aquí nos referimos se asociaría a la postre al calendario juliano, por extensión al gregoriano, y en la actualidad es universalmente usado en todo el mundo (en convivencia con otros allí donde la religión imperante no es la cristiana). Eso a pesar de que, si algo se tiene claro, es que Dionisio el Exiguo erró sus cálculos por entre cuatro y siete años. Pero este hecho se ha establecido modernamente, al intentar compaginar los acontecimientos históricos con el Evangelio según San Mateo, en particular con el requerimiento de que el nacimiento de Cristo se produjese en vida del rey Herodes.
A pesar del origen papal de la iniciativa para el establecimiento de un cómputo según esta nueva era, no se abandonaron de inmediato las costumbres existentes, y el año del Señor no se empezó a utilizar de facto hasta pasados dos siglos. Hay que pensar que el uso que Dionisio el Exiguo le dio no fue la datación de acontecimientos, sino la elaboración de unas tablas de Pascuas. La propia cancillería papal no adoptó la era cristiana hasta el siglo XV. En su origen se expresaba acompañando a la fecha de la indicación Anno Dómini Nostri Iesu Christi, abreviado A.D., pero con el tiempo se ha traducido frecuentemente a otros idiomas como antes o después de Cristo (a.C. o d.C.). Además de cristiana, a esta era se la denomina también común o simplemente nuestra era y, como se ha comentado, hoy en día es la principalmente usada por organismos internacionales, desprovista de su significado religioso.

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