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Basílica de San Isidoro en León

Domingo, diciembre 13th, 2009
Panteón de los Reyes 1

Panteón de los Reyes 1

Panteón de los Reyes 2

Panteón de los Reyes 2

A los pies de la Basílica de San Isidoro, en León, se encuentra el Panteón de los Reyes, una espléndida joya del románico. Se trata del nártex del antiguo templo, y el visitante puede admirar en él una serie de frescos maravillosamente conservados. El carácter de estas escenas es fundamentalmente religioso. Sin embargo se cierran con una serie de representaciones que hacen si cabe el conjunto aún más excepcional: los doce meses del año, a modo de calendario agrícola. Otros mensarios conocidos, aunque posteriores, pueden encontrarse en San Nicolás en el Frago en Huesca o en la Bóveda de Ardanaz de Navarra.
Cada uno de los meses se precisa aquí por escrito y viene representado por una figura enmarcada en un círculo vestida con atuendos de la época y realizando una actividad propia de dicho momento, con la salvedad de enero, al que personifica un Jano Bifronte, que cierra las puertas del año concluido a la par que abre las del nuevo. Febrero es un anciano sentado al fuego, marzo poda una viña, abril porta dos brotes recién cortados simbolizando la primavera, mayo es un caballero cabalgando (era el mes de la guerra en la Edad Media), junio siega la cebada, y así hasta diciembre, que se muestra en forma de un hombre sentado la mesa junto al fuego.

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Horario de verano

Lunes, marzo 23rd, 2009

Un par de veces al año, en aproximadamente 75 países, sufrimos sendos cambios de hora (en primavera un adelanto de los relojes, en otoño un retraso) que parecen querer engañar el curso de los días. La medida pretende en realidad alterar nuestras costumbres de modo que aprovechemos mejor las horas de luz natural, y así obtener un cierto ahorro energético. Lógicamente, este cambio no tiene ningún sentido en los países cercanos al ecuador terrestre, en los que apenas se da variación estacional en las duraciones diurna y nocturna.
La propuesta del horario de verano es atribuída por algunos a Benjamin Franklin en su Carta a Journal de Paris. Sin embargo, a juzgar por el tono sarcástico del texto -llega a sugerir tañir las campanas de las iglesias, disparar un cañón en cada calle, apostar guardias para detener los carruajes por la noche… todo esto para ahorrar un poco de cera; hay que recordar que hasta un siglo después no se disfrutó de luz eléctrica-, no puede considerarse una exhortación ni remotamente seria a implantar esta medida. El verdadero artífice del horario de verano es entonces el británico William Willet. Éste publicó en 1907 The waste of daylight, donde proponía el ya mencionado cambio de las manecillas de los relojes, alterando su cuenta en 80 minutos. La idea se debatió en el ámbito político durante los siguientes años, sin llegar a aplicarse hasta la Primera Guerra Mundial. La pionera en hacerlo fue Alemania el 30 de abril de 1916. Le siguió rápidamente Reino Unido, y en los siguientes años los Estados Unidos y Rusia.
La medida ha sido siempre, incluso hoy, controvertida, y comúnmente se ha retirado y reimplantado varias veces en cada país. Asimismo, han ido variando las fechas en las que se producían los cambios. Tomemos por ejemplo el caso de España. Hasta el 1 de enero de 1901 cada provincia seguía una hora local correspondiente a su meridiano, si bien la oficial era la de Madrid. Para entendernos, los relojes en Madrid y Barcelona, separadas por un grado y medio, se diferenciarían en seis minutos. El año mencionado se decidió adoptar en todo el territorio peninsular la hora única del meridiano de Greenwich, y fue el 15 de abril de 1918 cuando se comenzó a aplicar el horario de verano. Éste se retiró en 1920, se volvió a implantar con Primo de Rivera, se eliminó durante la Primera República, se reinstauró en la Guerra Civil (pero sin acuerdo de fechas entre los bandos, de modo que podían regir horas diferentes en cada frente)… El 16 de marzo de 1940 se decidió adoptar en el territorio peninsular un nuevo uso horario, el denominado GMT+1, lo que supuso adelantar la hora. Ese año y el siguiente no hubo horario de verano pero el Régimen Franquista volvió a imponerlo y retirarlo alternativamente en los años 47, 48 y 50. Por fin, coincidiendo con la crisis del petróleo en 1973, y a la par que bastantes países, se reintrodujo para no hacer más alteraciones. Otra cosa es la decisión de las fechas en las que se cambiaban las manecillas de los relojes, que se modificaron aún bastantes veces hasta que el Real Decreto 236/2002 de 1 de marzo incorporó la directiva 2000/84/CE de 19 de enero de 2001 del Parlamento Europeo y del Consejo de la Unión, por la cual la hora se cambia en la actualidad los últimos domingos de marzo y octubre, a las dos o las tres, según el caso. Como apunte curioso, mencionar que los trenes internacionales o de largo recorrido que circulan la noche en que se efectúa el retraso se detienen en las vías a la espera de que transcurran 60 minutos para no descuadrar las operativas de circulación.
No habría que escandalizarse por semejante confusión: durante las décadas de los 50 y los 60 cada localidad de los Estados Unidos podía aplicar a su antojo el horario de verano. En Iowa, por ejemplo, se llegaron a emplear 23 pares diferentes de fechas en un solo año, y durante cinco semanas cada año, los pasajeros que tomaban el autobús de ruta desde Ohio a Virginia Oeste, separadas escasamente por 56 kilómetros, debían ajustar sus relojes siete veces. Tampoco todos los adelantos o retrasos son de una hora exacta. La isla de Lord Howe en Australia usa cambios de 30 minutos, y en el pasado se han efectuado de 20 minutos o incluso dos horas.

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Guárdate de los idus de marzo

Domingo, agosto 28th, 2005

En entradas anteriores he hablado del calendario romano, pero me he abstenido de dar ejemplos para no desorientar, ya que para ellos calcular una fecha era tan complicado como realizar operaciones aritméticas en su sistema de numeración. Había que tener presentes tres días señalados en el mes, no necesariamente festivos: las calendas, el día uno; las nonas, que a pesar de su nombre eran el quinto; y los idus, el día trece. En marzo, mayo, julio y octubre, las nonas y las calendas se retrasaban dos días. Con esto en mente, los acontecimientos se databan expresando cuántos días faltaban para la siguiente fecha señalada. Así, por ejemplo, el once de diciembre sería el día tercero antes de los idus (ante diem tertius Idus Decembris); y no me he equivocado al restar: se incluían en la diferencia tanto el día once como el propio trece. Al doce se le mencionaría simplemente como la vigilia de los idus (pridie Idus). Para complicar más la cosa, en los años bisiestos no se añadía un día más, sino que al ante diem sextius Kalendas Martias se le dotaba de 48 horas de duración, y era por ello llamado bissextilis. Los días de fiesta especiales solían denominarse según dicha celebración (Quirinalia, Lupercalia, Saturnalia…).
Respecto al año, y dejando de lado la fecha de inicio, se contaba en los documentos oficiales según la serie de cónsules o emperadores, lo que llevó a largas recopilaciones de epónimos, las fasti consulares o las fasti triumphales. Otra cronología alternativa data los acontecimientos a partir de la creación de Roma, pero no había concordia respecto a su inicio, que podía oscilar desde el 747 a.C. según Fabio Pictor hasta el 752 si seguimos a Terentius Varro, fecha que finalmente se ha impuesto entre los historiadores modernos. Con este panorama presente, en el que he evitado mencionar alteraciones circunstanciales del calendario, resulta tentador suponer que en los idus de marzo César acudió al Senado sin conocer qué día del año era.

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