Archivo etiquetado como ‘hora’

Las horas canónicas

Jueves, mayo 6th, 2010

La Edad Media aportó un sentido nuevo a la medida del tiempo, por razón de su interpretación de cada acto humano desde el cristianismo. Desde un punto de vista técnico no observamos avance, al menos en su inicio, en la construcción de los relojes; antes bien, los de sol reproducen con continuidad los mismos modelos que en Europa se empleaban durante el Imperio Romano. No obstante, sí cobra un nuevo significado su lectura: donde antes se marcaban las horas desiguales o temporales, ahora observamos indicadas las horas canónicas. Si antes el instrumento servía para regular los actos sociales, en la Edad Media fija los momentos para orar. Por eso es conveniente repasar brevemente las horas romanas antes de comentar el Medievo.
En la Antigua Roma el día se dividía en 24 partes, del mismo modo en que se hace hoy, pero no de igual duración. El periodo diurno, desde el amanecer hasta la puesta de sol, se fraccionaba en doce partes iguales, y el nocturno en otras tantas. Esto quiere decir que durante los equinoccios poseían igual longitud, pero no así el resto del año. Las horas diurnas en verano eran sensiblemente más largas que las nocturnas, y en invierno sucedía lo opuesto. Por supuesto, esta duración también dependía de la latitud. Para determinar el tiempo se usaban de día relojes de sol normalmente, y de noche clepsidras. El conteo no se iniciaba, como nosotros hacemos, desde la medianoche, sino a partir del amanecer. Así, se denominaban prima, secunda, tertia, quarta… undecima y duodecima.
Aunque en el contexto de la astronomía se empleaban desde los babilonios lo que se denominan horas iguales, es decir, una división del día completo en 24 partes con la misma duración, las horas desiguales fueron de uso común hasta el siglo XIV (realmente hasta bastante después, su desaparición fue paulatina). En la Edad Media, como comenzábamos diciendo, éste era el uso. Aunque rezos similares se venían haciendo desde al menos el siglo IV, en la primera mitad del VI San Benito recomendó a sus monjes unas serie de oraciones que, distribuídas en distintos momentos del día, permitían completar al cabo de la semana el salterio completo. De ahí deriva la denominación de horas canónicas, pues su origen está ligado a la orden monástica. Atendiendo al Salmo V, en el que se mencionan siete alabanzas a Dios al cabo del día, los oficios diurnos se agrupan en tantas partes. En tres de ellas (las horas mayores) la asistencia a la Iglesia era obligatoria. No ocurría así en las menores, durante el periodo de la jornada, en las que el monje sólo debía detener su labor al oír la campana y orar allí donde se hallase. Los nombres de las horas canónicas son los siguientes:

  • Maitines. Se rezan poco después de la media noche; se trata de la primera oración del día.
  • Laudes. Durante el amanecer.
  • Prima. Hereda su nombre de la denominación en el Imperio Romano. La oración es la tercera según las horas canónicas, pero tiene lugar pasada una hora de haber salido el sol.
  • Tercia.
  • Sexta.
  • Nona.
  • Vísperas. Antes de ponerse el sol. Junto con los maitines y los laudes constituyen las horas mayores.
  • Completas. Surgen como una repetición de las vísperas, y se celebran poco antes de ir a dormir.

Los relojes de la Edad Media con frecuencia marcan las divisiones del día según las horas de rezo. A estos instrumentos se les denomina relojes de misa.

Horas canónicas

Horas canónicas

Share

El Reloj Astronómico de Praga: las horas

Miércoles, abril 7th, 2010

Cada hora punta, la Staromestské námestí de Praga (la plaza del barrio que en el pasado se llamó Ciudad Vieja) se abarrota de turistas ansiosos de contemplar una de las citas que se programan en guías para visitantes. Observan un reloj en la torre del antiguo ayuntamiento adornado por ocho figuras. En un momento dado suenan campanas, se abren dos ventanas y empiezan a desfilar apóstoles. La Muerte agita un reloj de arena, la gente saca sus fotos, aplaude y abandona el lugar precipitadamente hacia otro punto del itinerario o una cervecería. Vamos a quedarnos, lector, rezagados con los pocos que han permanecido enfrente con objeto de comprender el conjunto de ruedas que dan a este elemento el nombre de reloj.

Reloj astronómico de Praga

Reloj astronómico de Praga

Antes de nada, la leyenda según la cual su constructor fue cegado al terminarlo es falsa. La parte más antigua de la maquinaria data de comienzos del siglo XV y es obra de Mikuláš z Kadaně, relojero del Imperio, y Jan Šindel, profesor de astronomía y matemáticas. La historia del relojero ciego la encontramos cuatro siglos más tarde en la obra del escritor checo Alois Jirásek. Tampoco las figuras y el frontal del reloj son los originales, que ardieron en la Segunda Guerra Mundial (prácticamente a la vez que los Aliados proclamaban la victoria; en Praga el final de la batalla se prolongó unos días más). Actualmente se observa una reproducción de las antiguas esculturas, que se agregaron al conjunto durante el siglo XVII.
Hay que anotar que la torre del antiguo ayuntamiento posee varios relojes más situados en la fachada contigua y la parte superior. El astronómico es el elemento central de un conjunto que enmarcan las figuras alegóricas y se encuentra insertado entre las ventanas tras las que circulan los apóstoles, arriba, y una representación de los meses del año, a sus pies. Esta última incluye también cada uno de sus días y los signos zodiacales, y relegaremos su descripción para otro momento.
En el centro del fondo fijo del reloj astronómico se muestra la Tierra dibujada dentro del círculo de color azul. El observador debe situarse imaginariamente sobre ésta para interpretarlo. De inmediato destaca un apuntador dorado que parte de él y que cumpliría una función semejante a la manecilla de las horas de nuestros relojes, con la salvedad de que efectúa una vuelta completa cada 24 horas, en lugar de cada doce. No nos despistemos con el conjunto triple de números que lo rodean: son tres formas diferentes de señalar la hora; de fuera adentro indicarían:

  1. La antigua hora en Bohemia y norte de Italia, apuntada con una mano que recorre una rueda móvil con números góticos. Ésta se contaba como fracciones de día de igual duración a partir del atardecer.
  2. Las horas iguales en números romanos. Coinciden con el tiempo local, el que empleamos habitualmente, si no tenemos en cuenta el horario de verano.
  3. Las horas desiguales, es decir, tal y como se usaban en la Edad Media, referidas con números arabigos. Se cuentan desde el amanecer y dividen el periodo diurno en doce partes iguales. Su duración varía por tanto en el transcurso del año, siendo más largas en verano y más cortas en invierno. Para resolver esto, los constructores han dividido la circunferencia no de forma radial, sino mediante curvas. La manecilla cuenta con la figura de un sol que se desplaza de dentro a fuera según el mes, y la intesección del astro con las líneas doradas indica la hora en que nos encontramos.

Estas últimas curvas a las que nos referíamos y que dividen el reloj desde su centro al borde permiten también superponer una información adicional: puesto que marcan el recorrido del sol sobre el horizonte, es fácil indicar cuándo es de noche (la figura que lo representa se encontrará dentro del círculo negro) o de día; se precisa además la aurora y el crepúsculo en un tono marrón, y el orto y el ocaso en un color grisáceo. Durante del grueso del día el sol recorre la porción de fondo azul cielo.
El reloj indica aún una cuarta hora, la correspondiente al tiempo sideral. Para explicarlo brevemente, éste no viene determinado por el sol, sino por las demás estrellas. La Tierra, además de rotar sobre sí misma, efectúa una vuelta alrededor del Sol al cabo del año; eso hace que observemos 366 veces amanecer cada constelación en ese tiempo, en lugar de 365. Dicho en otras palabras, el día sidéreo dura cuatro minutos menos que el solar. Para leer en el reloj las horas en este tiempo debemos prestar atención no a la figura del sol, sino a otra con forma de estrella de seis puntas, también dorada y más pequeña, en el extremo de otro brazo. Su movimiento sobre las horas marcadas en números romanos indica el tiempo sideral.

Continúa en El Reloj Astronómico de Praga: el cielo

Share

Hora

Martes, enero 5th, 2010

Estamos tan acostumbrados hoy en día a manejar las horas (en nuestras citas, programaciones, comidas, itinerarios, trabajo…) que cuesta creer que ha sido una de las divisiones temporales más complejas de acuñar. Tanto más habida cuenta de la sencillez de su definición: se trata de la veinticuatroava parte de un día. Pero habría que aclarar muchos matices.
Los primeros relojes que conocemos, bien de sol, bien de agua, proceden del Antiguo Egipto, y en ellos ya podemos observar la división de una jornada en 24 horas. No obstante, estas divisiones son variables, puesto que fraccionaban el periodo diurno, fuese cual fuese la época del año, en doce partes. Ni siquiera éstas eran de igual duración, sino más o menos aproximada, dividiendo el recorrido del sol en ocho o diez partes y distribuyendo las restantes en el amanecer y el atardecer. Las horas nocturnas se organizaron a imitación de éstas. Para determinarlas se ayudaban de clepsidras o de la observación de las estrellas. Sabemos que los sumerios compartían esta misma división del día, que terminaron por heredar las civilizaciones griega y romana. Sólo estos últimos establecen una duración homogénea para las horas tanto a lo largo de la jornada como del año, que se ha mantenido en Europa hasta la actualidad. Y podemos decir que comparte todo el mundo, si bien en algunos lugares se puede compaginar con otros usos, como sucede en el ámbito religioso musulmán. Durante la Revolución Francesa, a título anecdótico, se propuso sin éxito fraccionar el día en diez horas. Modernamente, con la mejora de la precisión de los relojes, la redefinición de la unidad base de tiempo ha afectado a la hora, que hoy se fija como un periodo de 3600 segundos, salvo aquellos casos en que la necesidad de reajustes fuerza a disminuir o aumentar esta cantidad.
Tema aparte es cómo contarlas. Hasta hace poco más de un siglo la vida cotidiana se ha regido por la hora solar local; es decir, se contaba desde la medianoche del núcleo de población más próximo. Pero históricamente se han elegido otros momentos del día: el amanecer, el mediodía, el momento del atardecer en que se podían observar tres estrellas, o cuando no se puede distinguir un hilo blanco de otro negro, por ejemplo. Incluso hoy seguimos distintas horas según nuestro huso, o contamos doblemente alguna (o nos la saltamos) allá donde efectuamos el cambio del horario de verano. Para denominarlas se usan dos métodos: referirse a ellas usando los números del 0 a 23, o bien contarlas desde las 1 a las 12 indicando si nos referimos a aquélla existente antes del mediodía (ante merídiem o a.m.) o después (post merídiem o p.m.). Hacer notar que el cambio de a.m. a p.m. y viceversa se produce al pasar de las 11 a las 12. Esta forma de contarlas ni siquiera ha estado ligada tradicionalmente al inicio del día. Así, vemos que en la Antigua Roma, por ejemplo, éste acababa con la puesta de sol en un primer momento, y con la medianoche posteriormente, pero las horas se contaban desde el amanecer. Costumbre que no se empezó a abandonar hasta la Baja Edad Media (recordemos que las horas canónicas menores eran la prima, tercia, sexta y nona).

Share