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La hora zulú

Martes, agosto 11th, 2009

Es frecuente denominar llamar hora zulú (Z Time en inglés) al Tiempo Universal Coordinado (UTC) en contextos de navegación o militares. La expresión no deja de ser otra referencia a la hora de Greenwich, pero tiene un origen curioso que se remonta a principios del siglo XIX, cuando el matemático Nathaniel Bowditch publicó The New American Practical Navigator. En él proponía la división del planeta en franjas horarias de forma similar a como hiciera Sandford Fleming. Hay que hacer notar que en la época los relojes se adaptaban a la hora solar de la ciudad cercana más influyente, lo que daba lugar a diferencias horarias entre capitales fraccionarias. En tal maremágnum, un sistema semejante era más que deseable para los navegantes.
La idea de Bowditch era sencilla. Si se divide la circunferencia de la tierra en 24 partes, una por cada hora, tenemos fragmentos de arco de quince grados en las que se puede aproximar las manecillas del reloj a su hora central sin producir demasiado desconcierto para la población. En realidad Bowditch consideró 25 zonas, ya que situaba Greenwich en el centro de la franja correspondiente al actual GMT0 y la línea de cambio de fecha en la mitad de su franja opuesta, partiéndola en dos zonas con horas iguales referidas a distintos días. A cada una de ellas le asignó una letra, comenzando a contar a partir de lo que hoy llamaríamos GMT1, la siguiente división hacia el Este, hasta llegar a la M (omitió la J, por no existir en varios idiomas), y recomenzando después a partir de la N en dirección Oeste. Terminadas las asignaciones en la franja Y, quedó la Z para denominar la propia zona horaria de Greenwich.
La palabra zulú proviene, como es de suponer, de la designación de la última letra en el alfabeto fonético aeronáutico.

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Deberá adelantar su reloj 21 minutos

Domingo, agosto 2nd, 2009

Un economista en Washington me muestra una guía para turistas americanos en Europa que había pertenecido a su abuela. En los años veinte del siglo XX, las instrucciones decían así: al pasar la frontera de Portugal a España, usted deberá cambiar escudos por pesetas y adelantar su reloj veintiún minutos… Al cruzar a Francia, deberá cambiar pesetas por francos franceses y adelantar su reloj veintitrés minutos… Al llegar a la frontera con Italia, deberá cambiar la moneda por liras y adelantar su reloj treinta y ocho minutos, etcétera. La variedad de los cambios horarios de antaño se debía a que cada Estado había adoptado como oficial la hora solar de la capital y las distancias entre Lisboa, Madrid, París, Roma, etcétera, por supuesto no son uniformes.

Extraído del artículo La hora del euro, publicado en El País el 3 de diciembre de 2001. Se refiere a la época en la que cada zona (cada ciudad de hecho) se regía por su propio calendario solar. En el caso de España se implantó como hora común para todo el territorio la del meridiano de Greenwich el 1 de enero de 1901.

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Horario de verano

Lunes, marzo 23rd, 2009

Un par de veces al año, en aproximadamente 75 países, sufrimos sendos cambios de hora (en primavera un adelanto de los relojes, en otoño un retraso) que parecen querer engañar el curso de los días. La medida pretende en realidad alterar nuestras costumbres de modo que aprovechemos mejor las horas de luz natural, y así obtener un cierto ahorro energético. Lógicamente, este cambio no tiene ningún sentido en los países cercanos al ecuador terrestre, en los que apenas se da variación estacional en las duraciones diurna y nocturna.
La propuesta del horario de verano es atribuída por algunos a Benjamin Franklin en su Carta a Journal de Paris. Sin embargo, a juzgar por el tono sarcástico del texto -llega a sugerir tañir las campanas de las iglesias, disparar un cañón en cada calle, apostar guardias para detener los carruajes por la noche… todo esto para ahorrar un poco de cera; hay que recordar que hasta un siglo después no se disfrutó de luz eléctrica-, no puede considerarse una exhortación ni remotamente seria a implantar esta medida. El verdadero artífice del horario de verano es entonces el británico William Willet. Éste publicó en 1907 The waste of daylight, donde proponía el ya mencionado cambio de las manecillas de los relojes, alterando su cuenta en 80 minutos. La idea se debatió en el ámbito político durante los siguientes años, sin llegar a aplicarse hasta la Primera Guerra Mundial. La pionera en hacerlo fue Alemania el 30 de abril de 1916. Le siguió rápidamente Reino Unido, y en los siguientes años los Estados Unidos y Rusia.
La medida ha sido siempre, incluso hoy, controvertida, y comúnmente se ha retirado y reimplantado varias veces en cada país. Asimismo, han ido variando las fechas en las que se producían los cambios. Tomemos por ejemplo el caso de España. Hasta el 1 de enero de 1901 cada provincia seguía una hora local correspondiente a su meridiano, si bien la oficial era la de Madrid. Para entendernos, los relojes en Madrid y Barcelona, separadas por un grado y medio, se diferenciarían en seis minutos. El año mencionado se decidió adoptar en todo el territorio peninsular la hora única del meridiano de Greenwich, y fue el 15 de abril de 1918 cuando se comenzó a aplicar el horario de verano. Éste se retiró en 1920, se volvió a implantar con Primo de Rivera, se eliminó durante la Primera República, se reinstauró en la Guerra Civil (pero sin acuerdo de fechas entre los bandos, de modo que podían regir horas diferentes en cada frente)… El 16 de marzo de 1940 se decidió adoptar en el territorio peninsular un nuevo uso horario, el denominado GMT+1, lo que supuso adelantar la hora. Ese año y el siguiente no hubo horario de verano pero el Régimen Franquista volvió a imponerlo y retirarlo alternativamente en los años 47, 48 y 50. Por fin, coincidiendo con la crisis del petróleo en 1973, y a la par que bastantes países, se reintrodujo para no hacer más alteraciones. Otra cosa es la decisión de las fechas en las que se cambiaban las manecillas de los relojes, que se modificaron aún bastantes veces hasta que el Real Decreto 236/2002 de 1 de marzo incorporó la directiva 2000/84/CE de 19 de enero de 2001 del Parlamento Europeo y del Consejo de la Unión, por la cual la hora se cambia en la actualidad los últimos domingos de marzo y octubre, a las dos o las tres, según el caso. Como apunte curioso, mencionar que los trenes internacionales o de largo recorrido que circulan la noche en que se efectúa el retraso se detienen en las vías a la espera de que transcurran 60 minutos para no descuadrar las operativas de circulación.
No habría que escandalizarse por semejante confusión: durante las décadas de los 50 y los 60 cada localidad de los Estados Unidos podía aplicar a su antojo el horario de verano. En Iowa, por ejemplo, se llegaron a emplear 23 pares diferentes de fechas en un solo año, y durante cinco semanas cada año, los pasajeros que tomaban el autobús de ruta desde Ohio a Virginia Oeste, separadas escasamente por 56 kilómetros, debían ajustar sus relojes siete veces. Tampoco todos los adelantos o retrasos son de una hora exacta. La isla de Lord Howe en Australia usa cambios de 30 minutos, y en el pasado se han efectuado de 20 minutos o incluso dos horas.

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