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Vendiendo tiempo

Domingo, febrero 20th, 2011

He sabido por Raúl del fantástico empleo que, hasta la Segunda Guerra Mundial, tuvo Ruth Belville, a la que también se llamó la Dama del Tiempo de Greenwich. Allá por 1830 su padre, John Henry Belville, montó un curioso negocio en Londres. Hay que ponerse en situación: el reloj era una herramienta que estaba en pleno auge -se podría decir que acababa de descender de las torres de las iglesias- y reclamaba un importante papel en los negocios, el transporte, la vida cotidiana… Aún era demasiado pronto para soñar con el teléfono o la radio, medios de comunicación en los que nacerían servicios de sincronizacíon de la hora (esos de “al oír la señal serán las seis en punto”). Y en Londres, esta sincronización se debía hacer con el Real Observatorio de Greenwich, a dos horas a pie del centro de la ciudad. En estas circunstancias a John Belville se le ocurrió una original idea de negocio: vender a la gente una mirada a su reloj. El caballero se levantaba cada día temprano, ajustaba la hora de su John Arnold modelo 485/786 con la del observatorio, y partía a recorrer la ciudad, donde visitaba a 200 clientes adscritos a este servicio que podían presumir de esta forma de tener sus relojes bien sincronizados.
A su muerte su familia se hizo cargo de la empresa: primero su viuda y más tarde, en 1892, su hija. El negocio empezó a decaer con la llegada de la telegrafía. John Wynne la acusó públicamente de “usar su femineidad” en los negocios. Lo hizo en una lectura publicada en The Times, donde omitieron publicar que quien acusaba era director de la Standard Time Company (STC), la competencia directa de Ruth Belville. Me llama la atención entre otras cosas porque la dama tenía por aquel entonces -era 1908- casi 60 años. Pese al descenso de su popularidad, continuó manteniendo el negocio hasta su muerte, ya en 1940.

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Día

Domingo, septiembre 20th, 2009

El día es sin duda de la unidad de medida temporal más antigua. En la mayoría de las lenguas se emplea la misma palabra para designar tanto el periodo de 24 horas como sólo su mitad diurna; en muchas, como el chino o el turco, coincide incluso con el vocablo que designa al sol, pues no representa sino su ciclo. Modernamente la definición de día se ha sofisticado en aras de una mayor precisión, pero no podemos hablar de una sino de varias, en función del contexto.
El día solar designa el tiempo que requiere el sol en pasar dos veces sobre el mismo meridiano. Su duración no es constante, principalmente debido al movimiento de rotación elíptico de la Tierra, hasta punto de que entre febrero y octubre se acumula un retraso respecto a la media que suma casi la mitad de una hora, la cual habrá de recuperarse durante el resto del año. Queremos recalcar que hablamos del tiempo que transcurre entre dos mediodías, no a la duración de la fracción de día con luz solar, que obviamente, y debido a la inclinación del eje de la Tierra, presenta diferencias aún más acusadas. Esta variabilidad obliga a adoptar con propósitos civiles el día solar medio, coordinado por el Observatorio Real de Greenwich (es el que se emplea cuando se habla de tiempo medio de Greenwich o GMT). Sirvió en 1900 para fijar el segundo, de modo que el día solar medio tiene casi siempre 84600 segundos, lo que es decir 24 horas. Excepcionalmente es preciso efectuar ajustes mínimos para acomodarlo al tránsito del sol, lo cual se lleva a cabo sumando o restando segundos intercalares. El año dura 365 de estos días más una fracción que representa casi un cuarto y obliga a la introducción de bisiestos: 0,242189.
Las fluctuaciones en la duración del día se reducen si tomamos como referencia no el Sol sino otra estrella. Ésta es la razón de que en astronomía se prefiera hablar de día sidéreo o día sideral. En realidad se define como el tiempo que transcurre entre dos tránsitos del Punto de Aries o del Punto de Libra, que son los extremos de la recta donde se cortan el ecuador celeste y la eclíptica. Fenómenos como la precesión y la nutación hacen que tampoco el día sidéreo posea una duración constante, y nuevamente haya que precisar si nos referimos su valor local, el verdadero o el medio. No obstante, las diferencias entre ellos rebasan poco más de un segundo. Una reflexión breve nos hará descubrir que el año trópico posee un día sidéreo más que que el número de días solares medios, y que por ende dura un poco más de 23 horas y 56 minutos.

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Guía para retornar al día de ayer

Martes, agosto 18th, 2009

No por simple es conocido para la mayoría de la población. Existe un modo extremadamente sencillo de volver al día de ayer; a la fecha de ayer, hay que precisar. Sirvió a Julio Verne para introducir un elemento de suspense en su novela La vuelta al mundo en 80 días. Partamos del supuesto de que tomamos un avión en Greenwich que viaja en dirección este. Conforme vayamos cruzando husos horarios deberemos ir adaptando nuestro reloj a la hora local, próxima a la solar, y eso nos obligará a adelantar sus manecillas. Las aeronaves vuelan a una velocidad cercana a los 1000 km/h, lo que arroja algo más de 24 horas para dar una vuelta al globo en esa latitud. Pero nosotros habremos atrasado el reloj otras tantas veces en ese mismo tiempo. ¿Acaso llegamos a la vez que hemos partido?
Obviamente no es así. No nos limitemos a las velocidades de un avión comercial; virtualmente podemos realizar este trayecto en un tiempo tan reducido como queramos. Veríamos el sol ponerse por el Oeste y amanecer de inmediato, pero eso no implica que haya transcurrido un día. Por otro lado, si queremos adaptarnos a la hora local habrá un punto en que debamos atrasar el reloj un día. Quienes viven en países con más de un huso horario lo comprenden bien. En España, por ejemplo, cuando en Canarias son las doce y media de la noche, en la península son las once y media del día previo. En nuestro viaje imaginario alrededor del mundo nos toparemos con este curioso dilema si no comprendemos adecuadamente el sentido de la hora local.
Como comentábamos al hablar de la hora zulú, si mantenemos un observador en Greenwich y fijamos la hora local de otras ciudades con respecto a ésta, nos vemos forzados a marcar una línea divisoria en que cambiar la fecha. El meridiano opuesto a esta ciudad, es decir el de 180º, es especialmente idóneo, ya que cruza el Estrecho de Bering y atraviesa el Pacífico por zonas poco pobladas. Se denomina línea internacional de cambio de fecha. Al atravesarla de Oeste a Este debemos retroceder también en el almanaque (cosa que no hizo Phileas Fogg, por cierto), y con ello se compensa ese día adicional que hemos ido ganando a costa de adelantar el reloj en nuestro experimento inicial. Si se cruza en sentido opuesto, habrá que avanzar uno. La línea de cambio de fecha no es recta, sino quebrada, ya que los países próximos se han acogido a uno u otro lado según conveniencia. Así, a pesar de que una pequeña parte de Siberia queda al Este del meridiano 180, por ejemplo, el cambio de fecha la bordea.
En realidad es bastante irregular, lo que conduce a situaciones aparentemente paradójicas: tomemos un avión en el ecuador, en las Islas Gilbert, a mediodía del 1 de enero, y volemos hacia el Este. Al pasar sobre la Isla Baker será mediodía del 31 de diciembre del año anterior. Cuando sobrevolemos las Islas Fénix volverá a ser 1 de enero. En la Isla Jarvis estaremos a 31 de diciembre, en la de Navidad a 1 de enero, y un poco más al Este a 31 de diciembre de nuevo; donde tendremos que esperar doce horas para que llegue la Nochevieja.

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