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Segunda controversia de la Pascua

Lunes, enero 10th, 2011

Si la primera controversia de la Pascua concluyó resolviendo que la celebración de la Resurrección tuviese lugar el domingo tras la primera luna llena de primavera, no estableció un método sencillo para el cálculo de dicho evento. Más de un siglo después, en torno al Primer Concilio de Nicea, es el propio emperador Constantino quien escribe a las iglesias encomiándolas a establecer un criterio único. Las regiones conflictivas eran Siria y Mesopotamia, encabezadas por la Iglesia de Antioquía; si bien respetaban la celebración de la Pascua en domingo, tomaban la decisión de cuál era la semana correcta atendiendo a las costumbres judías, con su complejo sistema para reajustar el ciclo solar. Incluso el resto de la cristiandad, aunque mayoritariamente se regía por los cómputos astronómicos efectuados en Alejandría, no celebraba esta festividad en una fecha común.
Por todo esto, el Concilio de Nicea se vio obligado a reafirmar los criterios para el establecimiento de la fecha de la Pascua, y determinó que fuese la Iglesia de Alejandría la encargada de calcular el domingo que había de tener lugar. De ello resultó el abandono definitivo de Antioquía de su dependencia de los judíos en la celebración de esta festividad, pero no logró la uniformidad en todo el territorio cristiano. Pronto se vería que los cálculos que realizaban Alejandría y Roma para determinar la primera luna llena tras el equinoccio, ciudad esta última que probó ciclos diferentes del metónico en una búsqueda de mayor exactitud, no coincidían en una fecha común.

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Primera controversia de la Pascua

Sábado, enero 1st, 2011

La Pascua, fiesta de la resurrección de Cristo y núcleo del calendario festivo cristiano, tiene dos raíces que se remontan a los comienzos de la Iglesia: el domingo, que se celebraba el primer día de cada semana como día de la resurrección y la fiesta de pésaj, que, según la tradición judía, se celebra cada año el día 14 del mes de nisán, el día de la primera luna llena de primavera, para recordar el éxodo de Egipto. Los cristianos no asociaban con esta fiesta sobre todo el recuerdo de la pasión y muerte de Jesús y hasta hacían derivar etimológicamente de forma errónea el nombre de la fiesta (páscha, latín pascha) del verbo “sufrir” (paschein; passio). [...] Los primeros cristianos que provenían del judaísmo asumieron el calendario festivo judío y otorgaron muy pronto un cuño propio al ritmo semanal y anual de las fiestas. Con la celebración del “día del Señor” (domingo) no sólo perdió importancia el shabbat, sino que se modificó también el ritmo semanal. Los días tradicionales de ayuno fueron desplazados: de lunes y jueves a miércoles y viernes. La creciente influencia del pagano-cristianismo contribuyó, además, a que el calendario romano, establecido sobre la base del año solar, adquiriera mayor importancia y reprimiese el ritmo del año lunar.
En el contexto de la creciente separación de los cristianos respecto del judaísmo se produjeron a partir de mediados del siglo II cada vez más conflictos en la relación con la celebración de la fiesta de la Pascua. La denominada “primera controversia” sobre la celebración de la Pascua adquirió ribetes de particular importancia cuando el obispo de Roma, Víctor I (189-198), probablemente en el contexto de disputas internas en la comunidad romana con un grupo de cuartodecimanos liderados por el presbítero Blastus y basándose en la resolución de un sínodo romano, rechazó de forma general la fórmula cuartodecimana como heterodoxa y declaró como única forma válida la celebración de la Pascua en Domingo; al invocar la tradición apostólica de Roma, representada por Pedro y Pablo, al papa Víctor no le importaba solamente imponer una fecha uniforme para que todos los cristianos celebrasen la Pascua, sino sobre todo la separación del calendario festivo cristiano respecto del judío. Sin embargo, el conflicto se agudizó por la excomunión de los obispos y comunidades orientales, como también por el énfasis puesto en la reivindicación de dirección de la Iglesia romana, contra la que se dirigió san Ireneo con sus “Cartas de Paz”.
En el tiempo subsiguiente se fue imponiendo cada vez más la celebración de la Pascua en domingo. Para determinar la fecha de la Pascua se seguía utilizando como orientación la primera luna llena de primavera, pero se calculaba el comienzo de la primavera de forma independiente según el equinoccio de primavera, que, según el calendario romano, caía el 25 de marzo.

Cristianismo, sociedad y cultura en la en la Edad Media: una visión contextual. Gonzalo Balderas Vega.

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Gregorio XIII

Lunes, noviembre 8th, 2010

Se constata que es necesario establecer una regla al mismo tiempo sobre tres puntos para restaurar la celebración de la Pascua de acuerdo a las normas fijadas por los pontífices romanos previos, en particular Pio I y Víctor I, y por los padres de los concilios, notablemente los del gran concilio ecuménico de Nicea. A saber: primero, la fecha precisa del equinoccio vernal, después la fecha exacta del decimocuarto día de la luna que alcanza su edad el mismo día que el equinocio o inmediatamente después, y finalmente el primer domingo que sigue a este día catorce de la luna. También tenemos en cuenta no sólo que el equinoccio vernal se restituya a su fecha original, de la cual se ha desviado aproximadamente diez días desde el Concilio de Nicea, sino que el decimocuarto día de la luna pascual acaezca en su lugar correcto, del cual dista ahora más de cuatro días, pero también que se funde un sistema metódico y racional que asegure en el futuro que el equinoccio y el decimocuarto día de la luna no se desplacen de sus posiciones apropiadas.
Con objeto de que el equinoccio vernal, que fue fijado por los padres del Concilio de Nicea en las duodécimas calendas de abril [21 de marzo], se devuelva a dicha fecha, prescribimos y ordenamos que se eliminen de octubre del año 1582 los diez días que van del tercero después de las nonas [el día cinco] hasta el día previo a los idus [día 14], ambos incluidos. El día que seguirá a las cuartas nonas [el cuatro de octubre], en el que tradicionalmente se celebra San Francisco, serán los idus de octubre [el 15], y se celebrarán las fiestas de los mártires San Dionisio, Rústico y Eleuterio, así como la memoria de San Marco papa y confesor, y de los mártires San Sergio, Baco, Marcelo y Apuleyo.
[...]
Así, con objeto de que el equinoccio no se aleje de las duodécimas calendas de abril en el futuro, establecemos que cada cuatro años sea bisiesto, como es costumbre, excepto en los años seculares, que siempre fueron bisiestos hasta ahora; deseamos que el año 1600 sea todavía bisiesto, pero después de este, aquellos años seculares que le sigan no serán todos bisiestos, sino que por cada 400 años los tres primeros años seculares no serán bisiestos, pero el cuarto sí lo será; de suerte que los años 1700, 1800 y 1900 no serán bisiestos. Pero el año 2000, según nuestra costumbre, tendrá una intercalación bisiesta: febrero contendrá 29 días, y la misma regla para intercalar los bisiestos cada 400 años se preservará por siempre.

Inter Gravissimas, bula de Gregorio XIII.

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