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Minuto

Domingo, septiembre 5th, 2010

Esta unidad de tiempo surge como subdivisión de la hora en 60 partes, por influencia babilónica debido a su sistema numérico sexagesimal. Su nombre deriva de la palabra latina minutus, es decir, pequeño o menudo. A partir de esta división primera se efectuaba otra a la que se denominó minuta secunda y que ha dado lugar al segundo. Como se indicó en esta última entrada, recordar que aunque reciben la misma designación, no deben identificarse minutos de tiempo con minutos de arco, y tal confusión es especialmente factible en astronomía. Así, la Tierra gira aproximadamente quince minutos de arco durante un minuto de tiempo, resultado de dividir los 360º que completan el círculo entre las 24 horas que contiene la jornada. Para complicar algo más las cosas, en textos astronómicos antiguos se habla con frecuencia de un minuto como la sesentava parte del día.
Señalar por último que no siempre los minutos tienen 60 segundos. Modernamente se han introducido los segundos intercalares por los cuales el último minuto del año puede estar compuesto de 59 o 61.

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El calendario hebreo

Domingo, abril 25th, 2010

A quienes regimos nuestra vida por el preciso tiempo universal coordinado, un calendario como el hebreo nos puede parecer un exotismo cultural algo antojadizo. Y con ello estaríamos ignorando elementos del nuestro que tienen origen o fueron transmitidos por el judaísmo: la semana de siete días, el de descanso, la Pascua. Por otro lado, el tiempo civil que se sigue en la mayor parte del mundo no es sino heredero del calendario gregoriano. Si nos remontamos a sus orígenes encontramos igualmente elementos religiosos y tradiciones aparentemente arbitrarios. Quizás la única diferencia es que la Historia en un caso ha tenido a preservarlos y en el otro los ha sacrificado más o menos conscientemente. Hablemos entonces del calendario hebreo, entendiendo que una comprensión menos superficial debe hacerse con la Torá puesta en una mano.
Los ciclos fundamentales del calendario hebreo derivan del babilónico. El más básico es el día, que se inicia con la puesta del sol; con la visión de tres estrellas en el cielo, para ser más precisos (modernamente cuando cae siete grados bajo el horizonte). Consecuencia de este método es que su duración no sea constante a lo largo del año, pero también que el instante de su inicio difiera según la situación del observador, hasta el punto de necesitar otro juego de reglas en latitudes elevadas, donde el astro puede no ponerse o no asomar durante periodos largos de tiempo. Los días nublados debieran suponer otro problema, especialmente para la identificación del comienzo del mes. Como su inicio estaba determinado por la observación del cuarto creciente de luna por dos testigos, con el tiempo se hizo imprescindible un algoritmo para predecir este fenómeno. Tal labor la llevó a cabo Hilel II, hacia el año 359 d.C. y posiblemente espoleado por la decisión adoptada por los cristianos en el Concilio de Nicea de calcular la fecha de la Pascua en lugar de depender de las observaciones para su celebración. Por este sistema, los meses deberían ser de 29 y 30 días, de forma intercalada. La duración del año lo establece el periodo solar. Originariamente éste comenzaba con la Pascua, la conmemoriación de la huida de Egipto, pero su arranque se ha trasladado a otoño. En principio, debería iniciarse con la primera luna tras el equinoccio, pero existen abundantes reglas que alteran esta fecha (se atrasa si acaece un domingo, un miércoles, o un viernes; o si es un martes entre las nueve de la mañana y las seis de la tarde; o si la luna nueva tiene lugar después de las seis, etc.). La mayoría de estas reglas buscan evitar coincidencias de celebraciones o contradicciones de normas, en las cuales entra también en juego el tercer periodo base del judaísmo, la semana. Por ejemplo, se efectúan alteraciones para evitar que el Yom Kipur acaezca en viernes o domingo; es inconveniente la coincidencia del ayuno que exige éste con la observancia de la prohibición de cocinar el sábado. Otra muestra: tampoco se puede permitir que se inicie el año en lunes si la luna nueva tiene lugar entre las tres y las seis de la tarde y el año siguiente contiene trece meses, pues significaría que el año anterior ya habría retrasado su inicio de martes a jueves y su duración sería demasiado breve. Son varias y complejas las reglas que hay que tener presente para la elaboración del calendario.
Como se ha apuntado, los meses judíos están determinados por las lunaciones, y el año intenta ajustarse al periodo solar. Eso sí, éste debe contener un número entero de meses, lo que obliga a introducir cada cierto tiempo un mes adicional o embolismal. Se lleva a cabo duplicando el de Adar, actualmente sexto del año, aunque antiguamente fuese el último. De esta forma, entre dos festividades de Rosh Hashaná pueden pasar entre 353 y 385 días. Los bisiestos se repetirán según el ciclo metónico cada 19 años. El inicio de su cuenta para anotar la fecha lo sitúan los judíos en el génesis del mundo, el 3761 a. C., de modo que en el momento de redactar esta entrada se encuentran en el año 5770.

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Dio Cassius

Jueves, enero 14th, 2010

Dio Cassius Cocceianus, historiador y senador de la Antigua Roma, acometió a comienzos del siglo III la tarea de escribir una Historia de Roma compuesta por 83 libros, que hoy se conserva sólo parcialmente. En el número 37, ya relatando los últimos hechos de la República, se detiene a dar un par de curiosas explicaciones al orden de los días de la semana, que a continuación intento traducir:

La práctica de relacionar los días con las sietes estrellas denominadas planetas fue instituida por los egipcios, pero se ha extendido a todo el mundo, aunque su adopción ha sido comparativamente reciente; al menos los antiguos griegos la desconocían, hasta donde yo sé. Pero puesto que hoy es de uso generalizado incluso entre los romanos, me gustaría anotar algo sobre ello, indicando cómo y de qué forma han sido organizados. He oído dos explicaciones, cuya comprensión es sencilla, cierto, aunque involucran ciertas teorías. Si se aplica el llamado “principio del tetracorde” (que se considera constituye la base de la música) a estas estrellas, por el cual el universo entero se divide en intervalos regulares, en el orden en el que cada una gira, y se comienza por la órbita más externa, asignada a Saturno, se omiten los siguientes dos nombres de dioses hasta la cuarta, y después se saltan otros dos para alcanzar la séptima, y entonces se regresa y se repite el proceso con las órbitas y divinidades que las presiden del mismo modo, asignándolas a cada uno de los días, se descubre que todos éstos se arreglan de acuerdo a cierto tipo de conexión musical con la disposición celeste.
Ésta es una de las explicaciones dadas; la otra es como sigue. Si se comienza en el amanecer a contar las horas del día y de la noche, y se asigna la primera a Saturno, la segunda a Júpiter, la tercera a Marte, la cuarta al Sol, la quinta a Venus, la sexta a Mercurio y la séptima a la Luna, de acuerdo con el orden de los ciclos egipcios, y se repite el proceso, se descubre que la primera hora del siguiente día corresponde al Sol. Y si se continúa con la operación con las siguientes 24 horas del mismo modo, se le dedicará la primera hora del tercer día a la Luna; y si se procede similarmente con el resto, cada día recibirá su dios apropiado.

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