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El calendario ático

Viernes, agosto 14th, 2009

Los calendarios helénicos representan en general un intento de compaginar el ciclo lunar y el solar de forma no sistemática. Tampoco unitaria; al fin y al cabo, aunque relacionadas cultural e idiomáticamente, las polis se organizaban de modo independiente. Así poseían una pléyade de calendarios con ciertos elementos comunes: en particular, meses lunares que se iniciaban con la primera visión de la luna (y que sin criterio predefinido incluían 29 o 30 días, por tanto) y años solares que se reiniciaban tras un solsticio o equinoccio (y que, de la misma manera, podían incluir bien doce, bien trece meses sin que se atendiese a una sucesión reconocida). Aunque astrónomos como Metón descubriesen ciclos que permitían el cálculo de fechas futuras, no hay evidencias de que en la práctica se siguiese otro procedimiento que el de la observación directa de los cielos.
El más conocido de los calendarios helénicos era el que se seguía en el territorio del Ática. Su más destacada particularidad con respecto al de sus vecinos era el comienzo del año en el solsticio de verano (lo usual era iniciarlo en el equinoccio de otoño). Para ser más precisos, con la primera luna nueva, que es decir el comienzo del primer mes, tras dicho momento. Los meses se denominaban hecatombeón, metagitnión, boedromión, pianopsión, memacterión, poseideón, gamelión, antesterión, elafebolión, muniquión, targelión y esciroforión, y hacían referencia a celebraciones (mes de las hecatombes, de las mudanzas…) o divinidades (memacterión es una forma culta para Zeus, por ejemplo, y significa El Impetuoso). Cuando se creía necesario introducir un decimotercer mes como reajuste del calendario se duplicaba uno de ellos (al que se denomina embolístico), usualmente el sexto, dedicado a Poseidón. Los nombres no estaban relacionados en absoluto con los de otras Polis, con excepción de algunas coincidencias con las Islas Jónicas, sobre las que Atenas tenía cierta influencia.
Respecto a los días de los meses, se dividían en tres décadas, la tercera no necesariamente completa. A partir del primero, noumenia o luna nueva, se iba contando en sentido positivo hasta el vigésimo. A continuación, durante la tercera década, la cuenta era retrógrada, y se enunciaba cuántos días restaban hasta la siguiente luna nueva. Tanto el periodo diurno como la noche se dividían en doce horas de igual duración, pero variables según la época del año.
Hay que resaltar que el calendario indicado tenía usos desde la agricultura hasta el establecimiento de las festividades. Acerca de éstas, se puede distinguir entre las comunes a todo el territorio y las segregadas según zona o clan. Pero a la par que este calendario coexistía otro de uso civil con un año exactamente solar, de diez meses de 36 o 37 días. Servía al estado para determinar la rotación de los miembros del Consejo, así como para el cobro de tasas. La referencia a un mes en particular se efectuaba indicando qué tribu presidía en dicho momento. En el 407 a.C. ambos ciclos sincronizaron sus inicios, se cree que alargando los meses del año civil correspondientes a los años de trece meses en el calendario de festividades.

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El mecanismo de Anticitera

Jueves, septiembre 4th, 2008

En el año 1900, entre los restos de un naufragio junto a la isla de Anticitera, se descubrió el más complejo mecanismo que conservamos de la antigüedad. Se considera que fue construido en torno a la segunda mitad del siglo segundo antes de Cristo, y actualmente se guarda en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas. Se trata de un mecanismo del que se conservan 30 engranajes, pero algunos especialistas suponen que debió de contener más del doble, que permitía realizar varios cálculos astronómicos, entre ellos la posición del Sol, de la Luna, su fase, quizás la situación de planetas, aparición de estrellas sobre el horizonte y las fechas de los juegos olímpicos.

Mecanismo de Anticitera

Mecanismo de Anticitera

El mecanismo de Anticitera estaba construido en bronce y guardado en una caja de madera de aproximadamente 30x20x10 cm (sería posiblemente un dispositivo portátil) cuyas puertas frontal y trasera podían abrirse y contenían inscripciones a modo de manual de uso. En su parte delantera poseía dos diales concéntricos: el interno para representar el zodiaco con sus 360 divisiones y el externo un calendario solar con 365 días que incluía los nombres de los meses egipcios y los días epagómenos. La corrección del día extra cada cuatro años se efectuaba desplazando las ruedas una respecto de otra y bloqueándolas de nuevo, para lo que disponían de unos agujeros. También en esta parte frontal se indicaban las posiciones del Sol y la Luna sobre el cielo por medio de dos punteros. La palabra Venus entre las inscripciones apunta a que podría mostrar posiciones de planetas, aunque de esta parte sólo ha sobrevivido un engranaje. En la trasera el mecanismo disponía de dos espirales, cada una de ellas con un dial principal que la recorría y otro subsidiario. El indicador superior se usaba para determinar el ciclo metónico, y la rueda subsidiaria para el calípico, cuatro veces mayor; el inferior representaba el ciclo de Saros, que predice los eclipses, junto con el de Exeligmos, el triple de largo.
Los engranajes que determinaban el movimiento de la Luna hacían que ésta cambiase de velocidad, aproximando en buena medida su trayectoria real. Este comportamiento simulaba la entonces reciente teoría de Hiparcos. El experto Michael Wright opina que las fases del satélite se mostraban gracias a un mecanismo diferencial, elemento que no volvemos a ver en Europa hasta la Edad Moderna. Respecto a la posición de planetas, no hay pruebas concluyentes de que pudiese calcularse, pero se han creado reconstrucciones que los incorporaban con sistemas de engranajes similares y según los cálculos de Apolonio de Perga.
La función del mecanismo de Anticitera sigue siendo discutida. Su complejidad sobrepasa las necesidades de la navegación y hay que apuntar a usos relacionados con cálculos de calendario, como determinación de festividades, fechas de Juegos Olímpicos (que se celebraban durante la luna llena previa al solsticio de verano cada cuatro años), eclipses, previsiones astrológicas, etc.

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El día juliano

Jueves, diciembre 28th, 2006

A pesar de que se debe a los astrónomos el diseño de prácticamente cualquier calendario usado actualmente o en la antigüedad, ninguno de ellos ha satisfecho sus necesidades. No nos referimos a las incorrecciones que con sucesivas mejoras se han ido subsanando, sino a otra cuestión: cuando más ligadas han estado sus divisiones a los ciclos del sol y la luna, y han sido por tanto de mayor utilidad para predecir sus movimientos, más difícil han sido de manejar para realizar cálculos. Por ejemplo, el calendario civil egipcio, con su año de exactamente 365 días, permitía fácilmente calcular cuántos días habían transcurrido entre dos fechas cualesquiera. La introducción de días bisiestos complica algo más la tarea, ya que exige contabilizar los veintinueves de febrero intermedios. Y la reforma del papa Gregorio añade un elemento de complejidad adicional. A lo que hay que sumar un sinfín de detalles más: los saltos con cada cambio de calendario, los desacuerdos (países o regiones con distinto calendario, o distinta fecha de inicio del año), la no existencia de año cero, las divisiones no decimales (el día tiene 24 horas, cada hora 60 minutos…), el cambio de hora -e incluso de fecha- según la longitud terrestre, los segundos adicionales que se agregan al final de algunos años, el cambio de hora en verano en algunos países de Europa, etcétera. Todo esto produciría importantes quebraderos de cabeza a los astrónomos modernos de no ser porque hace mucho decidieron crear un sistema propio lo más simple y exento de incoherencias posible.

El inventor fue Joseph Justus Scaliger. En 1583, recién estrenado el calendario gregoriano, este autor francés convertido al protestantismo publicó su Opus de Emendatione Tempore, en la que exponía un sistema sumamente simple para datar acontecimientos: contar los días a partir de una fecha. La elección de ésta es una cuestión que hoy carece de interés, pero en en sus cálculos buscó la coincidencia del ciclo lunar o metónico, el solar y el periodo de recaudación de impuestos en la antigua Roma. Esto le dio como fecha de inicio de su cuenta el lunes 24 de enero del año 4183 antes de Cristo según el calendario juliano (24 de noviembre en el gregoriano). Los días se referirían a dicho momento. Así, diríamos que el 1 de enero de 2000 acaeció el 2451544. Scaliger decidió llamar día juliano a tal datación en honor a su padre, Julius Cesar -el nombre no tiene por tanto nada que ver con el calendario juliano-. La cuenta comienza por cero y a mediodía (de Greenwich). Posteriormente se introdujeron periodos menores como divisiones decimales del día. Por tanto, para ser precisos deberíamos haber dicho que el uno de enero de 2000 fue el día juliano 2451544,5. Obvia decir lo útil que un sistema semejante ha resultado para la astronomía desde la época de su invención hasta la actualidad, en la que el instrumental y los registros están controlados por computadoras. Como curiosidad, los ciclos que Scaliger utilizó se repiten cada 7890 años, lo que denominó año juliano.

A partir del día juliano se pueden calcular fácilmente dos fechas más relacionadas con él: el día juliano modificado, que pretende hacer menos engorroso su uso, y que son las cinco cifras menos significativas; y el día lidiano, número de días transcurrido desde la entrada en vigor del calendario gregoriano, el 14 de octubre de 1582. El nombre del último deriva de Luigi Lilio Ghiraldi, como reconocimiento a su aportación a dicho sistema. Existen numerosas aplicaciones para calcular el día juliano disponibles en la red a partir de nuestra fecha. De hecho, la mejor forma de traducir una fecha de un calendario a otro es emplear como intermediario el día juliano.

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