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El calendario hebreo

Domingo, abril 25th, 2010

A quienes regimos nuestra vida por el preciso tiempo universal coordinado, un calendario como el hebreo nos puede parecer un exotismo cultural algo antojadizo. Y con ello estaríamos ignorando elementos del nuestro que tienen origen o fueron transmitidos por el judaísmo: la semana de siete días, el de descanso, la Pascua. Por otro lado, el tiempo civil que se sigue en la mayor parte del mundo no es sino heredero del calendario gregoriano. Si nos remontamos a sus orígenes encontramos igualmente elementos religiosos y tradiciones aparentemente arbitrarios. Quizás la única diferencia es que la Historia en un caso ha tenido a preservarlos y en el otro los ha sacrificado más o menos conscientemente. Hablemos entonces del calendario hebreo, entendiendo que una comprensión menos superficial debe hacerse con la Torá puesta en una mano.
Los ciclos fundamentales del calendario hebreo derivan del babilónico. El más básico es el día, que se inicia con la puesta del sol; con la visión de tres estrellas en el cielo, para ser más precisos (modernamente cuando cae siete grados bajo el horizonte). Consecuencia de este método es que su duración no sea constante a lo largo del año, pero también que el instante de su inicio difiera según la situación del observador, hasta el punto de necesitar otro juego de reglas en latitudes elevadas, donde el astro puede no ponerse o no asomar durante periodos largos de tiempo. Los días nublados debieran suponer otro problema, especialmente para la identificación del comienzo del mes. Como su inicio estaba determinado por la observación del cuarto creciente de luna por dos testigos, con el tiempo se hizo imprescindible un algoritmo para predecir este fenómeno. Tal labor la llevó a cabo Hilel II, hacia el año 359 d.C. y posiblemente espoleado por la decisión adoptada por los cristianos en el Concilio de Nicea de calcular la fecha de la Pascua en lugar de depender de las observaciones para su celebración. Por este sistema, los meses deberían ser de 29 y 30 días, de forma intercalada. La duración del año lo establece el periodo solar. Originariamente éste comenzaba con la Pascua, la conmemoriación de la huida de Egipto, pero su arranque se ha trasladado a otoño. En principio, debería iniciarse con la primera luna tras el equinoccio, pero existen abundantes reglas que alteran esta fecha (se atrasa si acaece un domingo, un miércoles, o un viernes; o si es un martes entre las nueve de la mañana y las seis de la tarde; o si la luna nueva tiene lugar después de las seis, etc.). La mayoría de estas reglas buscan evitar coincidencias de celebraciones o contradicciones de normas, en las cuales entra también en juego el tercer periodo base del judaísmo, la semana. Por ejemplo, se efectúan alteraciones para evitar que el Yom Kipur acaezca en viernes o domingo; es inconveniente la coincidencia del ayuno que exige éste con la observancia de la prohibición de cocinar el sábado. Otra muestra: tampoco se puede permitir que se inicie el año en lunes si la luna nueva tiene lugar entre las tres y las seis de la tarde y el año siguiente contiene trece meses, pues significaría que el año anterior ya habría retrasado su inicio de martes a jueves y su duración sería demasiado breve. Son varias y complejas las reglas que hay que tener presente para la elaboración del calendario.
Como se ha apuntado, los meses judíos están determinados por las lunaciones, y el año intenta ajustarse al periodo solar. Eso sí, éste debe contener un número entero de meses, lo que obliga a introducir cada cierto tiempo un mes adicional o embolismal. Se lleva a cabo duplicando el de Adar, actualmente sexto del año, aunque antiguamente fuese el último. De esta forma, entre dos festividades de Rosh Hashaná pueden pasar entre 353 y 385 días. Los bisiestos se repetirán según el ciclo metónico cada 19 años. El inicio de su cuenta para anotar la fecha lo sitúan los judíos en el génesis del mundo, el 3761 a. C., de modo que en el momento de redactar esta entrada se encuentran en el año 5770.

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Semana

Domingo, octubre 25th, 2009

Mientras que otros ciclos del calendario tienen una relación directa con fenómenos astronómicos -el día con el periodo de rotación de la tierra; el año con el de traslación alrededor del sol; el mes, aunque ya muy alterado, con las fases lunares- no podemos decir lo mismo de la semana. Y eso a pesar de su inmutabilidad a lo largo de los siglos y su práctica universalidad. Con dificultad se puede justificar su duración asociándola al ciclo lunar, pues éste está más cerca de los 30 días que de los 28, y parece más bien una elección arbitraria basada en el múmero siete. Ése es su significado etimológico en muchos idiomas: en español proviene del latín septimana, para los árabes es isbu’u, para hebreos shabu’a, haftah para persas, hebdomas para griegos o seachduin en gaélico. Otras civilizaciones, incluida la romana, lo cual heredaría buena parte de Europa, asociaron además el nombre de sus días con los planetas conocidos entonces, Luna y Sol incluidos. No obstante, vestigio de su origen etrusco, la semana romana poseía en su origen ocho días. No se trata de algo anecdótico: para los egipcios, griegos o chinos constaba de diez, las tribus bálticas respetaban un ciclo de nueve, los mayas o aztecas tenían divisiones de 13 o 20, según se interprete y en Java todavía se emplea un grupo de cinco. Modernamente la Revolución Francesa quiso instaurar una semana de diez días, y la soviética una de cinco. Todo ello redunda en el carácter artificial de esta división, concebida quizás para cubrir el vacío que existe entre el periodo de rotación de la Tierra y la duración de un mes.

Nuestra semana hunde sus raíces en la civilización sumeria, para la que el número siete poseía un carácter sagrado. Su calendario celebraba de forma especial los días del mes divisibles por dicho factor. No obstante, para ellos la semana no constituía un ciclo fundamental, pues el mes se reajustaba con cada lunación, lo que introducía uno o dos jornadas extras una vez completa la cuarta semana. Los judíos adoptan este periodo durante su diáspora en Babilonia, otorgándole un carácter continuo que se ha seguido fielmente hasta la actualidad (con la única excepción, como dato anecdótico, de los dos viernes seguidos que vio Alaska en 1867). De los asirios tomaron los hebreos también la observancia del sabbath. Como es de suponer, las grandes religiones monoteístas heredaron de ellos la semana, alterando sólo su día festivo: domingo (dominus dei) para los cristianos y viernes en el caso de los musulmanes.

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¿Cuándo comienza el día?

Domingo, octubre 18th, 2009

En la entrada dedicada al día no se trató la cuestión de cuándo da comienzo dicho periodo temporal. Hoy efectuamos el cambio de fecha a medianoche, entendida ésta no como el momento opuesto al mediodía solar, sino según rige por el tiempo civil vigente según la franja horaria que nos corresponda. Pero en otras épocas u otras culturas el criterio ha diferido.
Para los babilonios comenzaba al atardecer, y así sigue siendo (en un contexto religioso) entre judíos y musulmanes, cuyos calendarios de tipo lunar son herederos del de éstos. Así al comienzo del Génesis leemos repetidas veces “así hubo una tarde y una mañana: este fue el primer día”. Para el calendario hebreo de daba inicio tradicionalmente cuando podían observarse tres estrellas. Modernamente se ha establecido cuando el centro del sol se encuentra siete grados bajo el horizonte geométrico. Para los musulmanes la primera oración del día, el inicio del ramadán, etc. dan comienzo, textualmente, cuando no se puede distinguir un hilo blanco de uno negro.
Los antiguos egipcios optaron por cambiar de fecha justo al amanecer, como también se hizo en parte de Europa hasta la invención del reloj de péndulo. Cualquiera de estos sistemas presenta el inconveniente de que, puesto que los periodos diurno y nocturno varían notablemente con el transcurso de las estaciones, durante seis meses estamos robándole minutos a los días para concedérselos a la otra mitad del año. La Antigua Roma, que inicialmente avanzaba en el calendario con las puestas de sol, había resuelto este dilema previamente trasladando el cambio de fecha a la media noche. Aunque para ser justos habría que mencionar que los astrónomos griegos ya usaban a tal efecto el mediodía, costumbre que han mantenido (véase el día juliano) hasta una época tan tardía como el siglo XX.

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