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El calendario positivista

Sábado, marzo 6th, 2010

En 1834 el sacerdote y matemático Marco Mastrofini propuso una reforma del calendario gregoriano que inspiraría otras varias, ninguna de las cuales ha sido adoptada oficialmente por una nación, pero sí debatidas por su interesante concepción e incluso usadas en ciertos ámbitos. Puesto que los días del año no son divisibles por siete, la semana se ve desplazada continuamente en el almanaque. La idea de Marco Mastrofini era sacar el día sobrante (o dos días, en los bisiestos) del ciclo hebdomadario. Esto da lugar a una especie de calendario perpetuo en el que fechas idénticas del año corresponden siempre al mismo día de la semana.
Quince años más tarde el filósofo August Comte recogería el guante y sugeriría otro modelo más refinado basado en este principio. Según éste, cuatro semanas compondrían un mes, que habría de tener siempre 28 días, por tanto; y trece meses más un día festivo adicional (dos los bisiestos) harían el año. Con ello el filósofo quería avanzar en la dirección del positivismo sin causar alteraciones en la sociedad tan drásticas como el calendario de la Revolución Francesa, que entre otras cosas quiso fallidamente abolir la semana de siete días. Así, al denominar los meses, decidió usar figuras influyentes en la ciencia, pero también en la historia, la literatura o la religión. El año comenzaría con Moisés, e iría seguido de Homero, Aristóteles, Arquímedes, Julio César, San Pablo… Los días y las semanas también se consagran a personajes de renombre históricos o ficticios: Prometeo, Buda, Praxíteles, Cervantes, Beethoven, Volta… Para facilitar la transición, se iniciaría con el 1 de enero del calendario gregoriano. Ahora bien, la cuenta del año daría comienzo en 1789.
A pesar de la intención de Comte de no ofrecer un calendario definitivo, sino un primer avance provisional para “preparar a Occidente para el culto abstracto”, o quizás en parte por causa de ello, y por razones que al lector no le costará comprender, la aceptación que obtuvo con él fue nula. No obstante, y como se ha apuntado, influiría en la concepción de propuestas posteriores de reforma, ya en el siglo XX.

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El día juliano

Jueves, diciembre 28th, 2006

A pesar de que se debe a los astrónomos el diseño de prácticamente cualquier calendario usado actualmente o en la antigüedad, ninguno de ellos ha satisfecho sus necesidades. No nos referimos a las incorrecciones que con sucesivas mejoras se han ido subsanando, sino a otra cuestión: cuando más ligadas han estado sus divisiones a los ciclos del sol y la luna, y han sido por tanto de mayor utilidad para predecir sus movimientos, más difícil han sido de manejar para realizar cálculos. Por ejemplo, el calendario civil egipcio, con su año de exactamente 365 días, permitía fácilmente calcular cuántos días habían transcurrido entre dos fechas cualesquiera. La introducción de días bisiestos complica algo más la tarea, ya que exige contabilizar los veintinueves de febrero intermedios. Y la reforma del papa Gregorio añade un elemento de complejidad adicional. A lo que hay que sumar un sinfín de detalles más: los saltos con cada cambio de calendario, los desacuerdos (países o regiones con distinto calendario, o distinta fecha de inicio del año), la no existencia de año cero, las divisiones no decimales (el día tiene 24 horas, cada hora 60 minutos…), el cambio de hora -e incluso de fecha- según la longitud terrestre, los segundos adicionales que se agregan al final de algunos años, el cambio de hora en verano en algunos países de Europa, etcétera. Todo esto produciría importantes quebraderos de cabeza a los astrónomos modernos de no ser porque hace mucho decidieron crear un sistema propio lo más simple y exento de incoherencias posible.

El inventor fue Joseph Justus Scaliger. En 1583, recién estrenado el calendario gregoriano, este autor francés convertido al protestantismo publicó su Opus de Emendatione Tempore, en la que exponía un sistema sumamente simple para datar acontecimientos: contar los días a partir de una fecha. La elección de ésta es una cuestión que hoy carece de interés, pero en en sus cálculos buscó la coincidencia del ciclo lunar o metónico, el solar y el periodo de recaudación de impuestos en la antigua Roma. Esto le dio como fecha de inicio de su cuenta el lunes 24 de enero del año 4183 antes de Cristo según el calendario juliano (24 de noviembre en el gregoriano). Los días se referirían a dicho momento. Así, diríamos que el 1 de enero de 2000 acaeció el 2451544. Scaliger decidió llamar día juliano a tal datación en honor a su padre, Julius Cesar -el nombre no tiene por tanto nada que ver con el calendario juliano-. La cuenta comienza por cero y a mediodía (de Greenwich). Posteriormente se introdujeron periodos menores como divisiones decimales del día. Por tanto, para ser precisos deberíamos haber dicho que el uno de enero de 2000 fue el día juliano 2451544,5. Obvia decir lo útil que un sistema semejante ha resultado para la astronomía desde la época de su invención hasta la actualidad, en la que el instrumental y los registros están controlados por computadoras. Como curiosidad, los ciclos que Scaliger utilizó se repiten cada 7890 años, lo que denominó año juliano.

A partir del día juliano se pueden calcular fácilmente dos fechas más relacionadas con él: el día juliano modificado, que pretende hacer menos engorroso su uso, y que son las cinco cifras menos significativas; y el día lidiano, número de días transcurrido desde la entrada en vigor del calendario gregoriano, el 14 de octubre de 1582. El nombre del último deriva de Luigi Lilio Ghiraldi, como reconocimiento a su aportación a dicho sistema. Existen numerosas aplicaciones para calcular el día juliano disponibles en la red a partir de nuestra fecha. De hecho, la mejor forma de traducir una fecha de un calendario a otro es emplear como intermediario el día juliano.

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Agosto

Domingo, julio 24th, 2005

De El tiempo en la historia, de G.J. Whitrow:

Antes, los romanos habían intentado sincronizar su calendario civil, que como muchos calendarios antiguos estaba basado en la luna, con el año astronómico basado en el sol, adoptando un sistema que exigía un mes adicional o intercalado cada dos años. Como la duración de este mes no fue determinada por una regla precisa, se dejaba al criterio de los pontífices, quienes con frecuencia abusaban de su poder para fines políticos. Al manipular el número de días del mes que se intercalaba, podían prolongar el plazo de un cargo o adelantar una elección, lo que supuso que en época de Julio César el año civil estuviera unos tres meses desfasado con respecto al año astronómico, en virtud de lo cual los meses de invierno caían en otoño y el equinoccio de primavera tenía lugar en invierno.
Aconsejado por el astrónomo griego Sosígenes, César ordenó que, para corregir esta anomalía, el año 46 constase de 445 días. Esto hizo que fuera denominado “el año de la confusión”, pero su objeto era poner fin a la confusión. También abolió el año lunar y el mes intercalado, y basó su calendario enteramente en el sol. Fijó el año verdadero en 365 días y 1/4, y al introducir el año bisiesto de 366 cada cuatro años, el año civil ordinario constaba de 365 días. Ordenó que enero, marzo, mayo, julio, septiembre y noviembre debían tener 31 días y el resto de los meses 30, excepto febrero que tendría normalmente 29, aunque 30 los años bisiestos. Por desgracia, el año 7 este correcto arreglo fue alterado por Augusto, al cambiar de nombre el mes sextilis [anteriormente el año comenzaba en marzo] por el suyo (creía que ése era su mes de la suerte) y asignarle el mismo número de días que el mes precedente, cuyo nombre había sido cambiado por el de su asesinado tío abuelo, Marco Antonio [No sé si es un error de traducción: por iniciativa de Marco Antonio se cambió el nombre del mes quintilis por julio, en honor a César]. Así pues, se arrebató un día a febrero y se pasó a agosto. Para evitar que se sucedieran tres meses de 31 días consecutivos, septiembre y noviembre se redujeron a 30 días y octubre y diciembre se aumentaron a 31. Para honrar al más sobresaliente de los emperadores romanos, se redujo un arreglo metódico a un ilógico embrollo que mucha gente encuentra difícil de recordar, pero que en el transcurso de 2000 años se ha impuesto con éxito en la mayor parte del mundo.

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