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El calendario etíope

Domingo, enero 24th, 2010

La cuenta de los años en el calendario etíope arranca con la vida de Jesús, como cabe esperar en una región de mayoría cristiana. No obstante, la Iglesia copta no lo fija cuando el resto, y ello hace que su fecha esté algo más de siete años desfasada respecto de la nuestra. Así, cuando esta entrada se escribe Etiopía se encuentra en el año 2002; ha entrado recientemente en el segundo milenio. Las discrepancias en esta cuenta se deben a las diferencias en los cálculos efectuados por Dionisio el Exiguo para determinar la fecha del advenimiento de Jesucristo, tablas que habría de seguir Roma, frente a los de Anianus de Alejandría, patriarca de la Iglesia Ortodoxa Copta. La era diocleciana, además, se inicia con el Nacimiento, mientras que la segunda pretende datar la Encarnación.
El año etíope posee 365 días agrupados en doce meses de 30, más cinco días adicionales denominados epagómenos. Heredan claramente esta distribución del calendario egicio, con la única alteración de añadir a los epagómenos una jornada adicional los años bisiestos, también llamados de Lucas. Los otros tres años se dedican cada uno a un evangelista. Hay que hacer notar que ni en el inicio de éstos ni el de los meses casan con el calendario gregoriano. El año tiene comienzo en nuestro 11 o 12 de septiempre, lo que para los etíopes sería el primer día de meskerem. Le siguen los meses de tikimt, jidar, tajisas, tir, yekatit, megabit, miazilla, ginbot, sene, jamile y nejase, todos ellos en lengua ge’ez.
Tampoco coinciden con el resto de cristianos en la forma de contar las horas. En lugar de pretender ajustarlo a la mitad de la noche se intenta hacer con el amanecer, de forma que presentan un desfase de seis horas con el huso que les corresponde. En el ámbito de los negocios rige el sistema occidental, en cambio.

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Hora

Martes, enero 5th, 2010

Estamos tan acostumbrados hoy en día a manejar las horas (en nuestras citas, programaciones, comidas, itinerarios, trabajo…) que cuesta creer que ha sido una de las divisiones temporales más complejas de acuñar. Tanto más habida cuenta de la sencillez de su definición: se trata de la veinticuatroava parte de un día. Pero habría que aclarar muchos matices.
Los primeros relojes que conocemos, bien de sol, bien de agua, proceden del Antiguo Egipto, y en ellos ya podemos observar la división de una jornada en 24 horas. No obstante, estas divisiones son variables, puesto que fraccionaban el periodo diurno, fuese cual fuese la época del año, en doce partes. Ni siquiera éstas eran de igual duración, sino más o menos aproximada, dividiendo el recorrido del sol en ocho o diez partes y distribuyendo las restantes en el amanecer y el atardecer. Las horas nocturnas se organizaron a imitación de éstas. Para determinarlas se ayudaban de clepsidras o de la observación de las estrellas. Sabemos que los sumerios compartían esta misma división del día, que terminaron por heredar las civilizaciones griega y romana. Sólo estos últimos establecen una duración homogénea para las horas tanto a lo largo de la jornada como del año, que se ha mantenido en Europa hasta la actualidad. Y podemos decir que comparte todo el mundo, si bien en algunos lugares se puede compaginar con otros usos, como sucede en el ámbito religioso musulmán. Durante la Revolución Francesa, a título anecdótico, se propuso sin éxito fraccionar el día en diez horas. Modernamente, con la mejora de la precisión de los relojes, la redefinición de la unidad base de tiempo ha afectado a la hora, que hoy se fija como un periodo de 3600 segundos, salvo aquellos casos en que la necesidad de reajustes fuerza a disminuir o aumentar esta cantidad.
Tema aparte es cómo contarlas. Hasta hace poco más de un siglo la vida cotidiana se ha regido por la hora solar local; es decir, se contaba desde la medianoche del núcleo de población más próximo. Pero históricamente se han elegido otros momentos del día: el amanecer, el mediodía, el momento del atardecer en que se podían observar tres estrellas, o cuando no se puede distinguir un hilo blanco de otro negro, por ejemplo. Incluso hoy seguimos distintas horas según nuestro huso, o contamos doblemente alguna (o nos la saltamos) allá donde efectuamos el cambio del horario de verano. Para denominarlas se usan dos métodos: referirse a ellas usando los números del 0 a 23, o bien contarlas desde las 1 a las 12 indicando si nos referimos a aquélla existente antes del mediodía (ante merídiem o a.m.) o después (post merídiem o p.m.). Hacer notar que el cambio de a.m. a p.m. y viceversa se produce al pasar de las 11 a las 12. Esta forma de contarlas ni siquiera ha estado ligada tradicionalmente al inicio del día. Así, vemos que en la Antigua Roma, por ejemplo, éste acababa con la puesta de sol en un primer momento, y con la medianoche posteriormente, pero las horas se contaban desde el amanecer. Costumbre que no se empezó a abandonar hasta la Baja Edad Media (recordemos que las horas canónicas menores eran la prima, tercia, sexta y nona).

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¿Cuándo comienza el día?

Domingo, octubre 18th, 2009

En la entrada dedicada al día no se trató la cuestión de cuándo da comienzo dicho periodo temporal. Hoy efectuamos el cambio de fecha a medianoche, entendida ésta no como el momento opuesto al mediodía solar, sino según rige por el tiempo civil vigente según la franja horaria que nos corresponda. Pero en otras épocas u otras culturas el criterio ha diferido.
Para los babilonios comenzaba al atardecer, y así sigue siendo (en un contexto religioso) entre judíos y musulmanes, cuyos calendarios de tipo lunar son herederos del de éstos. Así al comienzo del Génesis leemos repetidas veces “así hubo una tarde y una mañana: este fue el primer día”. Para el calendario hebreo de daba inicio tradicionalmente cuando podían observarse tres estrellas. Modernamente se ha establecido cuando el centro del sol se encuentra siete grados bajo el horizonte geométrico. Para los musulmanes la primera oración del día, el inicio del ramadán, etc. dan comienzo, textualmente, cuando no se puede distinguir un hilo blanco de uno negro.
Los antiguos egipcios optaron por cambiar de fecha justo al amanecer, como también se hizo en parte de Europa hasta la invención del reloj de péndulo. Cualquiera de estos sistemas presenta el inconveniente de que, puesto que los periodos diurno y nocturno varían notablemente con el transcurso de las estaciones, durante seis meses estamos robándole minutos a los días para concedérselos a la otra mitad del año. La Antigua Roma, que inicialmente avanzaba en el calendario con las puestas de sol, había resuelto este dilema previamente trasladando el cambio de fecha a la media noche. Aunque para ser justos habría que mencionar que los astrónomos griegos ya usaban a tal efecto el mediodía, costumbre que han mantenido (véase el día juliano) hasta una época tan tardía como el siglo XX.

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